Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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sábado, 28 de agosto de 2010

TALLER LITERARIO: Siguiendo el consejo de los Maestros: Apuntes sobre el arte de escribir cuentos por Juan Bosch

Antes de empezar a escribir un cuento tengamos muy presentes estos consejos simples pero geniales que nos regala Juan Bosch. Sepamos que si cuando estamos pensando un cuento lo hacemos considerando una serie de elementos (como estos que se nos sugieren aquí), la escritura fluirá al igual que el relato y disfrutaremos a lo grande. Yo remarqué con negritas aquellas partes que considero fundamentales pero ustedes lean atentamente y marquen aquellas que les son de mayor utilidad.

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos
por Juan Bosch

1 Comenzar bien un cuento y llevarlo hacia su final sin una digresión, sin una debilidad, sin un desvío: he ahí, en pocas palabras, el núcleo de la técnica del cuento. Quien sepa hacer eso tiene el oficio de cuentista, conoce la techné del género. El oficio es la parte formal de la tarea, pero quien no domine ese lado formal no llegará a ser buen cuentista. Sólo el que lo domine podrá transformar el cuento, mejorarlo con una nueva modalidad, iluminarlo con el toque de su personalidad creadora.


2 La primera tarea que el cuentista debe imponerse es la de aprender a distinguir con precisión cuál hecho puede ser tema de un cuento. Habiendo dado con un hecho, debe saber aislarlo, limpiarlo de apariencias hasta dejarlo libre de todo cuanto no sea expresión legítima de su sustancia; estudiarlo con minuciosidad y responsabilidad, pues cuando el cuentista tiene ante sí un hecho en su ser más auténtico, se halla frente a un verdadero tema. El hecho es el tema, y en el cuento no hay lugar sino para un tema.

3 El cuento debe iniciarse con el protagonista en acción, física o psicológica, pero en acción; el principio no debe hallarse a mucha distancia del meollo mismo del cuento, a fin de evitar que el lector se canse.

4 Una sola frase, aun siendo de tres palabras, que no esté lógica y entrañablemente justificada por ese destino manchará el cuento y le quitará esplendor y fuerza. Kipling refiere que para él era más importante lo que tachaba que lo que dejaba; Quiroga afirma que un cuento es una flecha disparada hacia un blanco, y ya se sabe que la flecha que se desvía no llega al blanco.

5 Cuando el cuentista esconde el hecho a la atención del lector, lo va sustrayendo frase a frase de la visión de quien lo lee, pero lo mantiene presente en el fondo de la narración y no lo muestra sino sorpresivamente en las cinco o seis palabras finales del cuento, ha construido el cuento según la mejor tradición del género.

6 Si bien el cuentista tiene que tomar un hecho y aislarlo de sus apariencias para construir sobre él su obra, no basta para el caso un hecho cualquiera; debe ser un hecho humano o que conmueva a los hombres, y debe tener categoría universal. De esa especie de hechos está hecho el mundo; están llenos los días y las horas, y adonde quiera que el cuentista vuelva los ojos hallará hechos que son buenos temas.

7 Los personajes de una novela pueden dedicar diez minutos a hablar de un cuadro que no tiene función en la trama de la novela; en un cuento no debe mencionarse siquiera un cuadro si él no es parte importante en el curso de la acción.

8 Cada cuento es un universo en sí mismo, que demanda el don creador en quien lo realiza. El escritor de cuentos es un artista; y para el artista (sea cuentista, novelista, poeta, escultor, pintor, músico) las reglas son leyes misteriosas, escritas para él por un senado sagrado que nadie conoce; y esas leyes son ineludibles. La primera ley es la ley de la afluencia constante. La segunda ley es la de que el cuentista debe usar sólo las palabras indispensables para expresar acción.

9 El cuento es breve porque se halla limitado a relatar un hecho y nada más que uno. El cuento puede ser largo, y hasta muy largo, si se mantiene como relato de un solo hecho. No importa que un cuento esté escrito en cuarenta páginas, en sesenta, en ciento diez; siempre conservará sus características si es el relato de un solo acontecimiento, así como no las tendrá si se dedica a relatar más de uno, aunque lo haga en una sola página.

10 En la naturaleza activa del cuento reside su poder de atracción, que alcanza a todos los hombres de todas las razas en todos los tiempos.

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viernes, 27 de agosto de 2010

Taller literario - Pecados de principiante

Estos son los errores en los que caemos habitualmente al empezar a escribir:


CACOFONÍAS:
Son sonidos repetidos que maltratan los oídos. Para remediar estos sonsonetes, basta releer el texto en VOZ ALTA y buscar sinónimos a las palabras con un mismo final.

USO DEL GERUNDIO:
Hay que prestar atención especial al uso del gerundio ya que, empleado con exceso, produce un ritmo pesado y lento.
-No es correcto el uso del gerundio de posterioridad, es decir, aquel que indica una acción posterior a la del verbo principal.
"El profesor salió de la clase encontrándose al director."
-Es también incorrecto el uso del gerundio cuando acompaña al complemento directo de cosas, e indica acción o cambio:
"Observé un balón girando velozmente.
-Tampoco es correcto el uso del gerundio con nombres en función de complemento indirecto o circunstancial.
"Compré flores a mi madre celebrando su santo"
-El gerundio tampoco debe emplearse:
a) Como adjetivo especificativo referido a cosas:
"Este es el orden determinando la estructura"
b) Como modelo que signifique cualidad o estado.
"Ofrezco perro sabiendo cazar"

VOCABULARIO ABSTRACTO:
Cuando se empieza a escribir, el recurso del lenguaje abstracto es casi inevitable. Sin embargo, hay que prescindir de las grandes palabras: Verdad, Libertad, Destino... En un relato están de más. No ayudan a la comprensión de la historia, no explican el trasfondo del argumento, o no lo explican, más bien, tal como debe hacerse, en que los personajes se ven envueltos.
En este mismo sentido, conviene prescindir del vocabulario psicológico: depresión, no encontraba motivaciones, era una familia tensional... De un lado se trata de eso, de palabras más o menos técnicas que no complican la emoción del lector. De otra parte, decir de un personaje que está deprimido es un resumen demasiado pálido: qué hace ese personaje, qué piensa, qué recuerda, qué intenta olvidar... todo eso es lo que el texto debe darnos, en lugar de un diagnóstico clínico.
También es un error muy común el contar las cosas en abstracto. Por ejemplo:
"Aquella mañana, Pedro se sentía equilibrado, optimista, seguro de sí mismo"
"Aquella mañana, Pedro cerró su casa con un portazo, sin preocuparse de echar la llave, y bajó las escaleras bailando claqué"
En la primera frase se le pide al lector que procese tres conceptos: equilibrio, optimismo, seguridad.
En la segunda, se le invita a que observe a un personaje, se le describe en una escena.
Todos los conceptos de la primera frase están presentes, como acciones en la segunda. Al observar lo que hace el personaje, el lector induce, además, cómo siente. La primera frase aburre. La segunda entretiene los ojos, le da quehacer a los oídos, y despierta curiosidad. La primera es sumaria y abstracta, mientras que la segunda frase es descriptiva y concreta.
Por lo tanto, conviene "ver" la historia antes de ponerse a escribirla. Cerrar los ojos y proyectar en la imaginación, escena por escena, la película que filmaríamos con ese argumento. Abordar el relato como una descripción, lo más detallada posible, de esas imágenes que han desfilado ante nosotros.
P.D.
Fijaos lo que hacéis en la vida verbal, si tenéis que decirle a vuestro cónyuge que vuestro hijo se ha portado mal, no le comentáis: este niño es malo. Le comentáis algún hecho: Esta mañana no ha querido lavarse, ni ha desayunado y me ha tirado la colada por la ventana y ha mordido al gato.

ESTILO ASERTIVO:
Al lado de este abuso de lo abstracto, es corriente que el estilo de los relatos peque de asertivo. Y a veces, sí es preciso afirmar o negar, sin más melindre ni más rodeo.
Pero en general los matices, los casi, quizás, un aire de indecisión en la voz del narrador, contribuyen en mucho a la verosimilitud de la historia. "Casi, a veces, un poco, quizá, parecía, como si fuera, ..." mejor que esos: "siempre, todo, sin duda, era..."
Si cuento la historia de un personaje bondadoso es probable que acabe relatando eso: las desdichas de una virtud a prueba de balas. Y a lo mejor, si soy hábil, consigo que cuele. Pero es difícil. Una historia así -el bueno, el malo, el tonto, el listo- se ajusta poco a nuestra experiencia. Un personaje bondadoso que tiene, en cambio, un punto débil, es mucho más creíble y de paso aviva la narración. Un relato que viene a confirmarnos lo que ya sabíamos -"X es un santo"- cae en lo monótono. Pero si partimos de "X es casi un santo" , "parece santo" ... si planteamos la historia a partir del casi, de lo que viene a poner a prueba su santidad, ya tenemos un núcleo dramático, un foco de acción y de interés.

ESTILO ENFÁTICO:
Otro fallo muy corriente es el estilo enfático. Y aunque se trata de un error con cierto pedigree -por lo común denota riqueza de vocabulario y capacidad verbal- conviene evitarlo a toda costa. Nos referimos principalmente a la exageración. Por ejemplo:
"Aquel grito le sobresaltó"
"Sus entrañas se estremecieron ante aquel alarido sobrecogedor que desgarraba sus tímpanos."
Cuando se busque algún efecto de relieve habrá que trabajar a partir del contraste. Para que el lector escuche ese grito, por ejemplo, conviene jugar, desde unas frases antes, con sonidos muy leves: el roce del visillo en una ventana, el tic-tac apagado de un reloj...

IRONÍA:
Es el recurso más firme para destacar algo, un gesto, una acción, una idea.
Algunos temas pueden requerir un tratamiento grave. Pero una nota de humor, un toque irónico, le dan vivacidad a cualquier relato. Y además apoyan su verosimilitud. Sin un contrapunto de distancia, sin esa burla entre bastidores que es la ironía, los relatos, por más que conmuevan, cargan un poco.

CONGRUENCIA DEL TEXTO:
La anáfora, la catáfora y el motivo son recursos esenciales, no hay relato sin ellos, y en general se emplean muy poco. Porque tal vez parece lógico que una historia empiece por el principio y acabe por el final. Sin embargo, en un texto artístico esa lógica no importa. En el relato, más que lo lineal, interesa lo orgánico. Y un organismo es eso, un conjunto de elementos interrelacionados.
Anáfora y catáfora son recursos sencillos. Llamamos anafóricas a todas las frases que repiten, recuerdan, aluden, pasajes anteriores de una misma historia. Son catafóricas las que anticipan, de un modo más o menos explícito, los hechos que vendrán después.
Por otro lado, y como otro recurso de primer orden, aunque más difícil de captar es el motivo. Los motivos no son conceptos que deban aparecer a lo largo del relato. No son ideas, sino cosas. Son, podríamos decir, unos cuantos objetos que situamos, estratégicamente, en el decorado de la historia.
Un ejemplo: supongamos que se trata de escribir un relato sobre un divorcio. Bien, el argumento podrá tomar cualquier rumbo, pero nosotros vamos a hacer que aparezcan, en el curso de la narración, una calle cortada, unas tijeras de podar, un puente que amenaza derrumbarse, unos días de sol a mediados de enero, un guante desparejado, un sueño interrumpido a media noche, una carta devuelta que no ha llegado a su destino, una canción cuyo final ha olvidado alguno de los personajes...
Todo esto son motivos. Cosas y acciones concretas que van reforzando la idea principal del relato.
Sin la anáfora y la catáfora, sin los motivos, el relato progresa en el vacío. Conviene construir la historia narrativa según aquella vieja consista leninista: dos pasos hacia delante, un paso hacia atrás. Hay que señalar que los motivos son importantes porque la información que proporciona el texto tiende a perderse, a disiparse, y el motivo es una alusión, una señal indirecta, un efecto de redundancia, que está recordándole constantemente al lector de qué se trata allí.

EL RELATO ARCHIPIÉLAGO:
La acción aflora en unos cuantos islotes, sin un nexo visible que los una, y es como si la historia se hubiese quedado dentro, ahogada en la intención del autor. Este fallo sólo puede abordarse con el texto delante, persiguiendo los hilos de la trama, pero obedece a un error de perspectiva que se da también entre los cantantes noveles: cuando más se escucha uno a sí mismo, cuanto mejor resuena dentro la propia voz, menos se oye desde fuera. La técnica del canto, como la del cuento, consiste en proyectar el sonido. Hay que cantar como si se estuviera sentado entre el público.
Hay que escribir desde el lugar del lector.
Muchas veces resulta difícil tomar distancia ante un texto propio, enfocar esa historia como si fuera ajena, y hacerse las preguntas que se haría el lector. Pero en esto consiste el oficio.

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jueves, 26 de agosto de 2010

La trama

De Jorge Luis Borges

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

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miércoles, 25 de agosto de 2010

Taller literario - El Cuento: El primer trayecto de nuestro viaje literario

TEORÍA LITERARIA
Algunos tips para quien ingresa en el arte de escribir cuentos.

El cuento es uno de los estilos literarios que, por su simpleza y reducido tamaño, nos brinda una interesante puerta de entrada para iniciarnos en la escritura.

Veamos cual es la definición de cuento y sus características:

Definición
El cuento es una narración breve de hechos imaginarios o reales, protagonizada por un grupo reducido de personajes y con un argumento sencillo. No obstante, la frontera entre un cuento largo y una novela corta no es fácil de trazarse.

Tipos
Hay dos grandes tipos de cuentos: el cuento popular y el cuento literario.
El cuento popular: es una narración tradicional de transmisión oral. Se presenta en múltiples versiones, que coinciden en la estructura pero discrepan en los detalles. Tiene tres subtipos: los cuentos de hadas o cuentos maravillosos, los cuentos de animales y los cuentos de costumbres. El mito y la leyenda son también narraciones tradicionales, pero suelen considerarse géneros autónomos. Las mil y una noches es la recopilación más conocida de cuentos populares orientales que se conoce.
El cuento literario: es el cuento concebido y trasmitido mediante la escritura. El autor suele ser conocido. El texto, fijado por escrito, se presenta generalmente en una sola versión, sin el juego de variantes característico del cuento popular. Se conserva un corpus importante de cuentos del Antiguo Egipto, que constituyen la primera muestra conocida del género. Una de las primeras manifestaciones en la lengua castellana fue El conde Lucanor, que reúne 51 cuentos de diferentes orígenes, escrito por el infante Don Juan Manuel en el siglo XIV.

Características del cuento
Un cuento no es sólo una narración breve. Presenta varias características que lo diferencian de otros géneros narrativos breves (como, por ejemplo, la noticia periodística o el Relato).
* Narrativo: Una narración es el relato de hechos reales o imaginarios que les suceden a unos personajes en un lugar. Cuando contamos algo que nos ha sucedido o que hemos soñado o cuando contamos un cuento, estamos haciendo una narración.
* Ficción: aunque en algunos casos puede basarse en hechos reales o ser una ficción de un marcado realismo, un cuento debe, para funcionar, recortarse de la realidad.
* Argumental: tiene una estructura de hechos entrelazados (acción – consecuencias) en un formato de : introducción – nudo – desenlace.
* Única línea argumental: a diferencia de la novela, en el cuento todos los hechos se encadenan en una sola sucesión de hechos.
* Estructura centrípeta: todos los elementos que se mencionan en la narración del cuento están relacionados y funcionan como indicios del argumento.
* Un solo personaje principal: aunque puede haber otros personajes, la historia hablará de uno en particular, que es a quien le ocurren los hechos.
* Unidad de efecto: comparte esta característica con la poesía: está escrito para ser leído de corrido de principio a fin. Si uno corta la lectura, es muy probable que se pierda el efecto narrativo. La estructura de la novela permite leerla por partes.
* Brevedad: por y para cumplir con todas las demás características, el cuento debe ser breve.
* Prosa: el cuento debe estar escrito en prosa, o sea con párrafos, sangrías y punto y aparte.
(Hasta aquí Wikipedia)

Para empezar a escribir es importante tener en cuenta algunas consideraciones sobre el "esqueleto" que soporta la narrativa del cuento.Como habrán visto en las características, que nos contaran nuestros amigos Wiki, encontramos dos importantes consideraciones de orden general que nos permitirán armar nuestros cuentos: El argumento y la estructura.

El argumento: Hay distintas formas de llegar a definir un argumento. La primera sería sobre una idea preexistente sobre algún tema sea de ficción o narración de algún hecho real o histórico (En este caso un ejemplo sería La Cananea, que yo la definiría como novela sobre la historia sagrada). En este primer caso nos será de mucha utilidad pensar de la manera más precisa posible la trama, esto nos permitirá darle fluidez al relato. Otra técnica sería la de escribir “a ciegas” o sea ir elaborando el argumento con el correr de las palabras. Esta última es una técnica muy agradable porque nos permite un libre ejercicio de nuestra imaginación, que es bastante más amplia de lo que sospechamos.

La estructura: es muy importante poner el foco en que el cuento debe tener una única línea argumental que nos lleve “de las narices” hasta el final, sin que aparezcan historias intermedias que ensucian o distraen la atención del lector pues caería el interés por la resolución de la historia y correríamos el riesgo de aburrirlo. Por ello la brevedad para contar la historia es importante. Para esto el escritor debe evaluar el grado de descripción contextual de la historia (Lugares, personajes, etc.), si lo más importante que se quiere contar son los acontecimientos que se van desarrollando pues las descripciones deberán ser menores si por el contrario la historia no estaría completa sin un buen contexto deberemos poner un acento mayor en la “pintura” de los lugares y personajes.

Para cerrar este Post les dejo algunas interesantes reflexiones:

De Daniel Paredes (mi profe):
En un cuento no hay espacio para irse por las ramas innecesariamente; cada frase, cada palabra, es un pequeño engranaje que debe estar en función de esta máquina perfecta llamada Cuento. Cortázar decía que un cuento es comparable a una esfera, algo perfectamente redondo, donde todo fleco que se sale de esta geometría, sobra. En este sentido, el cuento funciona a la inversa que la novela. La novela sí se mete por mil y un vericuetos colaterales. ¿Y por qué a un lector lo va a aburrir un cuento que se va por las ramas, si no lo aburre una novela? Bueno, porque el lector que se sienta a leer una novela, sabe que se encontrará con esos mil vericuetos y está preparado para disfrutarlos. Del mismo modo, el lector que se sienta a leer un cuento, está preparado para que la narración no se detenga, se sienta para que la historia lo deje sin aliento, lo lleve enganchado de la nariz de principio a fin.
Para que tu cuento mantenga al lector expectante de principio a fin, debes recortar todos esos flecos que sobran, eliminar todo camino colateral que no conduzca al centro de la historia. Ojo: hay muchos puntos que, aunque no se relacionen directamente con el nudo del cuento, sirven para crear la atmósfera necesaria.

De Ariel Mazzeo:
¿De qué hablamos cuando hablamos de cuentos?
Ante la lectura de un texto escrito por alguno de los asistentes a un taller literario, es habitual escuchar frases como estas:
—No es un cuento. Esto es una anécdota, un relato. ¡Qué sé yo! Es cualquier cosa menos un cuento.
—Creo que la historia que se está planteando da más para una novela que para un cuento.
—¡Maldita sea! Por lo menos, que el lector no se desmaye del aburrimiento. Acá no hay tiempo para largas descripciones: ¡intentemos hacer un cuento!
Algunas veces estas observaciones generan fogosos debates, en los que se exponen elaboradas Teorías-Acerca-de-la-Naturaleza-del-Cuento. Si todo sale bien, nadie resulta herido y los participantes se vuelven a casa con una sonrisa de satisfacción: han pasado un agradable rato entre amigos. Pero convengamos que con esto solo no se aprende sobre literatura.
Otras veces, talleristas y coordinador hacen lo que más conviene: se serenan, respiran hondo y van a la biblioteca a ver qué tienen para decir al respecto los maestros del género. Algo de esto es lo que vamos a intentar en esta nota.

La soportable brevedad del ser
Pero antes de seguir hagamos una salvedad. No es intención de este humilde artículo lograr una precisa definición del género "cuento", ni sintetizar todo lo escrito sobre el asunto. Nada de eso. Sencillamente, se trata de exponer algunos conceptos interesantes, nacidos de la pluma de verdaderos maestros. Conceptos que toda persona interesada en escribir cuentos debería tener siempre a mano.
Ahora sí, hecha esta pequeña aclaración, ¡allá vamos!
Muy renombrados críticos han fracasado en el intento de encontrar una única definición del género "cuento". También hubo otros, más astutos, que han preferido la vía indirecta de la comparación o incluso la metáfora para acercarse por la puerta de atrás a esta definición tan escurridiza. Supongamos que alguien menciona estas dos palabras: "cuento" y "novela". La primera idea que vincula estas dos palabritas es la idea de la extensión: cualquiera puede asegurar que la "novela" es más larga que el "cuento". Bien. Hemos llegado a una primera característica, un tanto obvia: el cuento es breve. O al menos más breve que la novela.
Sin embargo, si alguna vez estuvieron en un acto público y escucharon que algún funcionario presente va a "dirigir al auditorio unas breves palabras", entenderán que "breve" puede tener significados muy diferentes para distintas personas.
Indudablemente, "breve" por sí solo no nos dice mucho. Y preguntarse ¿qué tan breve es "breve"? es, a todas luces, un camino sin salida. Hay que ir más allá. Y, para eso, conviene mejor preguntarse ¿por qué debe ser "breve" un cuento, aun cuando llene treinta páginas? Es ahí donde la cosa comienza a tomar otro color.

Efectos especiales
Edgar Allan Poe, ese gigante que prácticamente inventó el cuento tal como lo conocemos hoy, escribió en 1842 una reseña crítica a un libro de relatos de Nathaniel Hawthorne. Ese artículo se ha convertido en el ensayo fundante: Poe nos muestra en él, nítidamente, su particular visión de la estética del cuento.
El concepto central que aquí vuelca el maestro del cuento moderno es el de la unidad de efecto:
"Un hábil artista literario ha construido un relato. Si es prudente, no habrá elaborado sus pensamientos para ubicar los incidentes, sino que, después de concebir cuidadosamente cierto efecto único y singular, inventará los incidentes, combinándolos de la manera que mejor lo ayuden a lograr el efecto preconcebido".
Absolutamente todos los elementos que aparezcan en un buen cuento deben colaborar para el logro de ese efecto preconcebido. Cualquier palabra, frase, incidente o personaje que no ayude a lograr ese efecto preconcebido, ¡no sirve!
Ahora bien, pensémoslo desde el lado del lector. Uno se encuentra leyendo, digamos, Moby Dick. Por más fascinado que esté con los demonios que habitan el alma del oscuro capitán Ahab, llega un momento en que no se puede seguir leyendo: tenemos que apagar la luz y dormir sin terminar de recorrer las setecientas páginas de esa maravillosa novela de Melville. A la mañana siguiente uno tendrá que levantarse, ir a trabajar, atender asuntos diversos. Y tal vez pase más de un día antes de que pueda subirse otra vez al Pequod y seguir la persecución de la ballena asesina. Todas estas interrupciones no anulan ni contrarrestan las impresiones de la historia, ya que la novela es, más bien, una vida (con todo lo que la vida tiene de marchas y contramarchas). Pero, en el caso del cuento, esas mismas interrupciones resultarían fatales: destruirían el efecto que cuidadosamente ideó el autor de la narración.
Entonces, la brevedad no es una característica esencial del cuento, sino un requisito necesario para lograr esa unidad de efecto. Las dos, brevedad y unidad de efecto, son una amalgama, un aspecto estructural indispensable.
Refiriéndose a la extensión física del cuento, Poe aclara rotundamente:
"Aludo a la breve narración cuya lectura insume entre media hora y dos".
Convengamos, para terminar de definir "brevedad", que hay cuentos aburridísimos de apenas tres páginas y cuentos apasionantes cuya lectura excede las dos horas prescriptas por Poe.

Duelo de titanes
A su modo, Julio Cortázar, no sólo gigantesco cuentista si-no también traductor de la obra de Poe, no es menos brillante que el norteamericano al explicarnos que la intensidad es otro de los aspectos fundamentales del cuento:
"Lo que yo llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o frases de transición que la novela permite e incluso exige".
Al hablar de los cuentos de Poe agrega:
"...comprendió [Poe] que la eficacia de un cuento depende de su intensidad como acaecimiento puro, es decir, que todo comentario al acaecimiento en sí debe ser radicalmente suprimido".
Pero este criterio de economía que exige el cuento no sólo se refiere al tema, a los episodios o a la trama en sí, sino también a la forma en que el lenguaje se ajusta a lo narrado. Sigue don Julio hablándonos de don Edgar:
"En sus mejores cuentos, el método es francamente poético: fondo y forma dejan de tener sentido como tales; se nos pone en el drama, se nos hace leer el cuento como si estuviésemos dentro."
Entonces, la brevedad, la intensidad, la economía y el rigor en el lenguaje son todos elementos que apuntan a lo mismo: unidad de efecto. Que es lo que importa.

Pasando en limpio
A esta altura creo conveniente que hagamos una pausa para recordar algo que puede parecer una obviedad: el cuento debe narrar un acontecimiento. En el cuento debe suceder alguna cosa, una secuencia de acciones realizada por uno o más personajes, en un determinado ámbito de tiempo y espacio.
Ahora sí, estamos en condiciones de entender por qué don Enrique Anderson Imbert, cuentista y brillante crítico, autor de Teoría y técnica del cuento, mezcla todos estos elementos para regalarnos esta maravillosa definición:
"El cuento vendría a ser una narración breve en prosa que, por mucho que se apoye en un suceder real, revela siempre la imaginación de un narrador individual. La acción —cuyos agentes son hombres, animales humanizados o cosas animadas— consta de una serie de acontecimientos entretejidos en una trama donde las tensiones y distensiones, graduadas para mantener en suspenso el ánimo del lector, terminan por resolverse en un desenlace estéticamente satisfactorio."

Del dicho al hecho...
Es cierto que para responder qué es un cuento no es suficiente un artículo como este. Incluso, puede que ni siquiera sea necesario: bastaría con leer con ojos críticos al Poe de "El entierro prematuro" o "Berenice", al Chejov de "Tristeza". O "Los asesinos" de Hemingway, o "Casa tomada" de Cortázar.
¡Esos son Cuentos! (la mayúscula no es un error de edición).
Sin embargo, querido ciberlector, abrigo la esperanza de que al releer cualquiera de estas obras monumentales puedas acercarte a descubrir los elementos que sus autores, con mano maestra, fueron disponiendo para lograr un único efecto, cómo fueron quedándose sólo con lo esencial e indispensable, cómo acompañaron con el estilo adecuado, ese que nos hace respirar la atmósfera de la historia.
Si logramos vislumbrar esto, entonces habremos dado un paso.
Ya lo creo que habremos dado un paso.

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Demasiado caro

Relato verídico inspirado en Maupassant
de León Tolstoi


Existe un reino pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande. La superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de tierra por persona. Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecito, con su palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.

Este es poco numeroso, en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército. El reyecito tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el tabaco, el vino y el alcohol y existe la decapitación. Aunque se bebe y se fuma, el reyecito no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus funcionarios ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial. Ese recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. La gente juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios. Y paga buenas cantidades al reyecito. Las paga, porque no queda ya en toda Europa una sola casa de juego de este tipo. Antes las hubo en los pequeños principados alemanes; pero hace cosa de diez años, las prohibieron porque traían muchas desgracias. Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se arrojaba al agua o se pegaba un tiro. Los alemanes prohibieron a sus príncipes que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecito de Mónaco: por eso sólo allí queda una ruleta.
Desde entonces, todos los aficionados al juego van a Mónaco, pierden su dinero y el beneficio es para el rey. Por medio de un trabajo honrado no puede uno construirse palacios. El reyecito de Mónaco sabe que eso no está bien, pero ¿qué hacer? Es necesario vivir. No es mejor mantenerse de los impuestos sobre el alcohol o el tabaco. Así es como vive ese reyecito. Reina, amasa dinero y gobierna, desde su palacio, lo mismo que los grandes reyes. Lo mismo que ellos, se corona, organiza desfiles y paradas, concede recompensas, ajusticia, indulta, celebra consejos, decreta y juzga. Gobierna como los auténticos reyes. La única diferencia es que en Mónaco todo es pequeño.
Una vez, hace cosa de cinco años, hubo un crimen en el reino. El pueblo de Mónaco es pacífico; y nunca había allí sucedido tal cosa. Se reunieron los jueces para juzgar al asesino. En el tribunal había jueces, fiscales, abogados y jurados. Después de juzgarlo, lo condenaron, según la ley, a la última pena, a la decapitación. Presentaron la sentencia al rey. Este la confirmó. No había más remedio que ajusticiar al criminal. La única desgracia es que no hubiese en el reino guillotina ni verdugo. Después de pensarlo mucho, los ministros decidieron escribir al Gobierno francés, preguntándole si podía mandarles la máquina y el verdugo para cortar la cabeza al criminal. Al mismo tiempo, pidieron que los informase, a ser posible, de los gastos que esto supondría. Al cabo de una semana recibieron la contestación: podían enviar la máquina y el verdugo: los gastos ascendían a dieciséis mil francos. Se lo comunicaron al reyecito. Éste meditó largo rato. ¡Dieciséis mil francos!
-¡Ese bribón no vale tanto dinero! ¿No se podría arreglar el asunto más económicamente? Para obtener esa cantidad, todos los habitantes del reino tendrían que pagar dos francos de impuesto. Les parecería mucho. Podrían sublevarse -dijo.
Celebraron consejo. ¿Cómo solucionar el problema? Se les ocurrió preguntar lo mismo al rey de Italia. Francia es una República, no respeta a los reyes; en cambio, como en Italia hay un rey, tal vez cobraría menos. Escribieron. No tardaron en recibir contestación. El gobierno italiano les decía que con mucho gusto mandaría la máquina y el verdugo. El total de los gastos, con el viaje incluido, ascendería a doce mil francos. Era más barato; pero no dejaba de ser una cantidad elevada. Aquel canalla no varía tanto dinero. Cada habitante tendría que pagar casi dos francos de impuesto. Volvió a reunirse el Consejo. Pensaron en la manera de arreglar esto de una manera más económica. Quizá algún soldado quisiera cortar la cabeza al criminal, de un modo rudimentario. Llamaron al general.
-¿No habrá algún soldado que quiera decapitar al asesino? Sea como sea, cuando van a la guerra matan; y eso es lo que se les enseña.
El general habló con sus soldados. ¿Quería alguno cortar la cabeza al criminal? Todos se negaron. “No, no sabemos hacer esto; no lo hemos aprendido”, dijeron.
¿Qué hacer? Meditaron mucho, nombraron un comité, una Comisión y una Subcomisión. Por fin hallaron el medio de arreglar el asunto. Había que conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua. De este modo, el rey demostraría su misericordia y al mismo tiempo habría menos gasto. El reyecito se mostró de acuerdo; y resolvieron adoptar esa solución. La única desgracia era que no hubiese una prisión especial donde encerrar al criminal para toda la vida. Había pequeños calabozos en los que se encerraba temporalmente a los culpables; pero se carecía de una buena prisión. Finalmente, encontraron un lugar. Encerraron al criminal y le pusieron un guardián.
Éste vigilaba al delincuente y le traía la comida de la cocina de palacio. Así transcurrieron doce meses. A fin de año, el reyecito hizo el balance de los gastos y de los ingresos. Y se dio cuenta de que el criminal constituía un gasto bastante considerable. En un año había ascendido a seiscientos francos su comida y el sueldo del guardián. El criminal era joven y sano; tal vez viviera aún cincuenta años. No era posible seguir así. El reyecito llamó a sus ministros:
-Busquen el medio de que este canalla nos cueste menos dinero. Así nos resulta demasiado caro -les dijo.
Los ministros se reunieron en Consejo y meditaron largo rato. Uno de ellos dijo:
-Señores, creo que hay que suprimir el guardián.
-El criminal se escaparía -replicó otro.
-Si se escapa, ¡al diablo!
Informaron al rey. Éste se mostró de acuerdo. Suprimieron al guardián y esperaron a ver qué pasaría.
Al llegar la hora de comer el criminal buscó al guardián; y, al no encontrarlo, se dirigió en persona a la cocina de palacio en solicitud de la comida. Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión y cerró la puerta tras de sí. Salía a buscar la comida, pero no se escapaba. ¿Qué hacer? Pensaron que debían decirle que no se le necesitaba para nada, que podía irse. El ministro de Justicia lo llamó.
-¿Por qué no se va usted? Nadie lo vigila, puede marcharse libremente: al rey no le parecerá mal.
-Pero yo no tengo adónde ir. ¿Dónde quiere que vaya? Me han cubierto de oprobio con la sentencia; ahora nadie querrá tratarme. Me he apartado de todo. Ustedes proceden injustamente conmigo. Eso no se puede hacer. En primer lugar, si me han condenado a muerte, tenían que haberme matado. Aunque no lo han hecho, no he protestado. En segundo lugar, me condenaron a cadena perpetua y me pusieron un guardián para que me trajera la comida; pero no han tardado en quitármelo. Tampoco he protestado. He ido a buscarme la comida personalmente. Ahora me dicen que me vaya; pero esta vez, arréglenselas como quieran; no pienso irme -replicó el criminal.
De nuevo celebraron Consejo. ¿Qué hacer? ¿Qué solución tomar? El criminal no se iba. Después de pensarlo mucho, decidieron asignarle una pensión. Era la única manera de librarse de él. Informaron al reyecito.
-¡Qué le hemos de hacer! Hay que terminar como sea -dijo éste.
Asignaron al criminal una pensión de seiscientos francos y así se lo comunicaron.
-Bueno; si me pagan puntualmente, me iré.
Así se decidió la cosa. Entregaron al criminal la tercera parte de la pensión por adelantado. Este se despidió de todos y abandonó el dominio del reyecito. Viajó sólo un cuarto de hora por ferrocarril. Se instaló cerca del reino, compró una parcela de tierra, puso una huerta y un jardín y vive muy feliz.
En fechas determinadas, va a Mónaco a percibir su pensión. Después de cobrar, entra en la casa de juego y pone dos o tres francos. Algunas veces gana; otras pierde y vuelve a su casa. Vive apaciblemente.
Menos mal que no delinquió en un lugar donde no se repara en gastos para decapitar a un hombre ni para mantenerlo en la cárcel toda la vida.

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domingo, 22 de agosto de 2010

La Huída



Corrió sin detenerse ni mirar hacia atrás al menos durante diez minutos. Su corazón latía con tanta violencia que parecía que su pecho estallaría irremediablemente. Cuando el aire que llegaba a sus pulmones ya no era el suficiente debió detenerse. Lo hizo en medio de dos sauces que derramaban sobre su cabeza un siniestro follaje ondulante. Reclinado hacia adelante, con sus manos apoyadas en ambas rodillas, respiró con desesperación. Tal era el ahogo y el agotamiento que por un segundo olvidó a su perseguidor. El ruido de una rama seca quebrada con violencia que escuchó a sus espaldas lo devolvieron a la realidad. Se incorporó con un movimiento violentó y volteó su cabeza tratando de ver entre la brumosa frialdad de la noche.

La luna, llena de plateada luminosidad, alcanzaba a iluminar la oscuridad asfixiante de la noche a pesar que la niebla se empecinaba en ocultarlo todo.
Cerró los ojos tratando de agudizar su vista, una figura amenazante se recortó entre dos troncos de pino. Su corazón, que había recuperado el ritmo normal, volvió a batir con fuerza. No había tiempo que perder, sin embargo no tenía una idea clara de por dónde debía seguir. Giró su cabeza con desesperación en todas direcciones, hacia su derecha y unos quinientos metros ladera abajo se divisaban las luces de un pequeño pueblo. Descartó ese destino de inmediato, ese lugar, seguramente, estaría lleno de esas extrañas criaturas que no podría sino empeorar su situación. Hacia adelante podía oírse el trepidar incesante de las aguas del río golpeando con fiereza las rocas, sería muy arriesgado intentar el cruce con tan poca luz, además podría ser un blanco fácil e indefenso. Entonces decidió zambullirse en las profundidades del bosque.
Aunque ese lugar le era familiar y se movía con soltura dentro de él, al recorrer los primeros metros sintió que las ramas que rozaban su cuerpo eran miles de brazos de un monstruo espantoso que trataba de impedirle el paso. La agilidad innata de sus pies y manos le permitió, sin embargo, moverse con velocidad y precisión. Luego de un largo rato de travesía a través del corazón del bosque creía haber logrado deshacerse de la amenaza que lo acechaba, aunque debía ser cuidadoso, esas malignas criaturas eran extremadamente inteligentes y siempre le había sido dificultoso desembarazarse de ellas. En una de las tantas paradas, a la que sus pulmones y corazón le obligaban, levantó la vista, y entre la oscura densidad del follaje apareció ese disco plateado que lo hipnotizaba pero que a la vez le generaba un odio intenso. Invariablemente cuando la luna brillaba en el cielo debía vérselas con esos seres que querían matarlo.
Otra vez el sonido de ramas quebradas, otra vez la carrera angustiosa. Las piernas empezaban a sentir el cansancio de toda una noche de persecución. Ahora, los sonidos del bosque, que en otro momento le hubiesen resultado normales, eran una tortura. De un momento a otro lo alcanzaría, aunque pudiera sacar fuerzas de su interior, ya no tenía lugar a donde escapar. La respiración se había tornado entrecortada, se le hacía dificultoso pensar, el miedo le endurecía los músculos fatigados y le helaba la sangre.
Las hojas secas crujieron pisoteadas por una silueta que se movió a veinte metros detrás de él y desapareció tan rápido como había aparecido. Con movimientos frenéticos, girando hacia todas las direcciones, ya se daba cuenta que no podría escapar. Eso lo enfurecía y lo paralizaba a la vez. Sin embargo, considerándose ya perdido, surgió, ardiendo en sus entrañas el instinto de supervivencia. Cuando vio la figura frente a él, apuntándole con un arma, lanzó un feroz rugido que rompió el frío silencio de la madrugada.
—No intentes nada —dijo el extraño— no puedes escapar. No sé si me entiendes, pero sería mejor que reces una plegaria, hoy dormirás en el infierno.
Nunca supo si habría entendido sus palabras. Volvió a rugir mostrando sus colmillos afilados y largando vapor por la nariz. Las manos se crisparon y las uñas relampaguearon a la luz de la luna. Todos los músculos se tensaron. El combate era de vida o muerte. Por un instante, en medio de un silencio angustioso, se miraron desafiantes e inmóviles. El fuego que le mantenía la esperanza de sobrevivir inflamó su corazón y olvidándose del cansancio y de sus remotas posibilidades arremetió, con la rapidez de una liebre y la furia de un toro, contra el hombre que sostenía el arma con el cañón apuntado directo a su cabeza. Corrió furioso unos diez metros y cuando ya estaba a su alcance, con un salto titánico y un aullido ensordecedor, se abalanzó sobre su oponente. Un disparó resonó en la noche y el eco del estrépito se replicó infinitas veces entre los árboles del bosque. El gigante de cuerpo peludo y orejas puntiagudas cayó inerte frente al hombre del rifle.
Un segundo hombre, alertado por el ruido del disparo, llegó corriendo apenas unos segundos después.
—Está muerto —dijo el hombre del rifle.
—Este nos dio más trabajo.
—Es verdad, los hombres lobos han evolucionado.

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