Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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jueves, 2 de agosto de 2012

LOS TÚNELES DEL KRAUSE

Cuento de Fernando Murano con prólogo de Pepe Vassallo.

 








PRÓLOGO

                 Pasaron más de 25 años y evidentemente hay cosas que no se olvidan, a veces olvidamos algunos acontecimientos importantes y muchos más recientes,  pero vaya  a saber por qué extraño mecanismo de la mente,  aquellos  mucho más antiguos permanecen intactos en el recuerdo.
                Teniendo en cuenta que no hay verdades absolutas y que la afirmación anterior podría no ser cierta para todos los casos, es que el autor decide plasmar en este fantástico relato aquellas vivencias que durante un tiempo nos hicieron felices y que seguramente por eso no podemos ni queremos olvidar, porque de eso trata la vida de tratar de hilar pequeños momentos de felicidad uno tras otro.
                Creo que estos acontecimientos marcaron para siempre nuestra vida, de hecho los seguimos recordando con la misma pasión y nos seguimos abrazando a ellos, casi como si el tiempo se hubiera detenido en aquellos bellos años.
                Si bien no existe un concepto que defina la palabra felicidad, creo que para la gran mayoría de nosotros se pareció mucho a lo que vivimos por aquellos días, por eso rescato el enorme valor de este relato, que seguramente no es exacto, pero pinta con gran honestidad intelectual  la esencia de aquel momento. 
                 Espero sepan ustedes disimular algunos errores, en nombres, fechas, acontecimientos simultáneos , cambios de personajes, omisiones piadosas y omisiones inevitables debidas entre otras cosas al inexorable paso del tiempo y también a la avanzada edad del autor y su colaborador.

 “Pepe” Vassallo
                  
 INTRODUCCIÓN.
Casi sobre el final, cuando el partido transita pegajoso e indefectible hacia un cero a cero soporífero, el Pulpo se filtra entre los dos marcadores centrales con más de oportunismo que de agilidad, se ubica a sólo un metro del arco, ligeramente más cerca del primer palo, casi a la par del arquero que espera con las piernas abiertas y las manos levantadas que el Gallego Gómez, que juega de ocho pero que está en posición de win, tire el centro. El Gallego pisa la línea imaginaria del área y saca un violento tiro que pretende colarse junto al palo. De no ser por los reflejos eléctricos del arquero, que interpone la mano derecha en la trayectoria, hubiese sido un golazo.  Para desgracia del flaco desgarbado que ataja, la pelota sale como imantada hacía nuestro centro delantero estrella, que con un gran gesto técnico se la lleva por delante, golpeándola a la altura del muslo derecho, casi como haciéndole un homenaje al partido, y la pelota se eleva describiendo una trayectoria en forma de espiral y rebota contra el travesaño. El flaco, que parece no estar en su día de suerte, vuelve hacia el centro desesperado y golpea la pelota involuntariamente con la cara mandándola hacia dentro del arco. Un gol tipo, una perfecta sinopsis de la historia goleadora de nuestro ilustre centro delantero, Fabricio “el Pulpo” Lupi.  

Esta es sólo una de las incontables leyendas que se forjaron en los comienzos de los años ochenta, antes que Alfonsín concretara el ansiado retorno de la democracia. Tiempos en que pasábamos gran parte de nuestra vida deambulando por los interminables pasillos y recovecos del ENET Nº 1, el “Otto Krause”. Durante esas mañanas transcurrieron largas horas de aburrimiento pero también de diversión, pasaron por sus frías aulas de sonoros pisos de madera,  cielorrasos altos y ventanas gigantes, muchos profesores severos que imponían respeto y también no pocos profesores pusilánimes que permitieron nuestro desfachatado comportamiento. No faltaron los preceptores que nos atemorizaron ni aquellos con los que entablamos una relación amistosa.
Soy tan sólo uno más de los miles de alumnos que han pasado por él. Mi figura no tiene más relieve que la de ser uno de los pocos que han entrado en segundo año, condición rara, pues casi la totalidad del alumnado ha comenzado, previo examen de ingreso, en primero. Estudiante medio, sin grandes luces, ni problemas de conducta. Bautizado “El Cachas” durante una turbulenta fiesta en un boliche o simplemente “el Gordo” por los más cercanos. Mi paso por sus aulas no dejó huellas destacables, excepto por un pequeño diario o bitácora donde registré algunos de los momentos más significativos de esos tiempos.   
Transcribiré aquí una increíble historia ocurrida durante nuestro paso por la institución. Lo aquí escrito transitará por un camino angosto que separa la Verdad de la Leyenda. Quienes fueron testigos de aquellos gloriosos años de nuestra juventud podrán dar testimonio sobre lo relatado.

1
Llego bien tempranito, siete, siete y cinco. Ese día tengo suerte, mi viejo tenía que visitar una obra y me deja en Paseo Colón y México. La mañana es fría y oscura, el rocío de la madrugada da brillo al empedrado, la luz de las luminarias lucha para atravesar una tenue bruma que el viento aún no logra disipar. Pienso que todavía es temprano para encarar hacia las aulas, decido pasar por el café de la esquina de México que está ubicado justo frente al Krause. Empujo una de las puertas de madera y las bisagras vaivén se quejan en voz alta, saludo al mozo que me reconoce como cliente casi habitual. Me ubico en mi mesa preferida, una doble que está junto a la ventana, a mitad de distancia entre las dos puertas de entrada. La luz es cálida pero escasa, el frío pugna por colarse por las hendijas de las viejas ventanas guillotina. Mientras el mozo de tupido bigote negro y peinado a la gomina se acerca, considero entre un submarino o un simple café, aunque el submarino de este bar es riquísimo, se me vienen a la cabeza las arengas de mi vieja para que mantenga la figura. Después de estirar largamente una “e” me gana la culpa y me decido por el café. El mozo gira sobre sus talones y pega un grito con acento español:
—Un expreeeesss.
Escucho el pedido y me viene a la memoria la teoría de Pepe, que sostiene que pidas lo que pidas —café, té, mate o submarino— el bigotado español gritará mecánicamente: “Un expreeeesss”. Me gusta la teoría y por las dudas siempre que está ese mozo me termino decidiendo por el café. 
Desde la barra vienen ruidos de motores y vapor saliendo a presión. Me intimida semejante  batifondo. Imágenes de una catástrofe cafetera me asaltan de improviso, conjeturo sobre las posibilidades de sobrevivir al desastre, me pregunto dónde convendría ubicarme para reducir a las consecuencias de una explosión y barajo las escasas probabilidades con las que cuentan el mozo y el gallego que la opera. De nuevo se quejan las bisagras y me arrancan de mis cabildeos. Escucho una voz familiar a mis espaldas.
—¿Qué hacés, Fer?
—¿Cómo andás, Pepe?
—Bien , bien… ¿y vos?
—Recién estaba pensado en vos.
—¿Ah, sí? ¿Bien o mal?
—Pensaba sobre tu teoría, la del express.
—Ah, sí, sí…
Se queda colgado, como pensando en algo. 
—¿Qué pensás, boludo? No me vas a decir que ya no manejás esa teoría ¿no?
—No, no, Fer, eso funciona… —sacude la mano descartando mi preocupación.
—¿Entonces?
Me larga una mirada intrigante, mira hacia la barra como para cerciorarse que los bolicheros no nos miran. Me extraña su actitud, José Luis “Pepe” Vassallo es un pibe tranquilo, un estudiante aplicado, con algunas dotes técnicas para el tenis, una particular sensibilidad para escuchar música y no se le conocen amistades raras.  Me vuelve a mirar con el mismo gesto conspirativo, arquea las cejas, como si me pasara la seña del ancho.
—¿Sabés lo de los túneles secretos?
—¿Qué túneles?
—Los de colegio.
—¿De qué hablás, boludo?
Se sonríe sarcástico. Vuelve a mirar hacia la barra.
—¿Vos vivís en un frasco de mayonesa, boludo? —se exaspera—. Los túneles que conectan el Krause con la casa de gobierno y el edificio de los milicos.
—Dejate de joder, qué va a haber un túnel —le hago montoncitos con los dedos—, además si es tan secreto como decís, ¿por qué carajo tendría que saberlo?
—Tengo información precisa.
—¿A sí, qué? A ver… —me pongo irónico.
—¿Viste el portón que está abajo en el buffet —mueve las dos manos formando un semicírculo—, ese que cubre toda una arcada? Me contó Cortegoso que el otro día fueron con Chozas, el profe de Taller de Construcciones, para hacer unos arreglos de revoques. Dice que atrás de la puerta hay un pasillo bastante largo, bien iluminado pero con algunas manchas de humedad vieja y revoques caídos
—¿Y?, eso no tiene nada de misterioso, en el Krause hay muchos pasillos y túneles.
—¡Pará, pará!, no terminé de contarte.  Estaban caminando por el túnel y Cortegoso se adelantó un poco, viste que es de caminar rápido, ¿no?, y vio otro portón sobre la izquierda del pasillo, estaba entreabierto. Le dio curiosidad y miro entre la hendija…
 Hace una pausa y me mira, le pone misterio al relato.
—Dale, boludo, que ya tenemos que entrar —me enojo— terminá de una vez.
—¿Sabés que vio?
—No, ufff.
—…
—Dale, pelotudo, ¿quién te crees que sos? ¿Narciso Ibáñez Menta?
—Un túnel —dice al fin— bien iluminado, ancho y tan largo que no podía distinguir a dónde terminaba.
—¿Qué túnel? ¿El túnel del tiempo? —me río con ganas.
—No, pelotudo, te digo en serio 
—Bueno, bueno y ¿qué hizo? ¿entró?
—No, no —frunce el seño y baja la voz— justo se acerca Chozas y medio nervioso y enojado lo caga a pedos y le recrimina qué carajo tiene que meter la nariz ahí y por qué mierda no va caminando con él, y lo cierra con llave.
Me quedo impresionado por la revelación, entonces es cierto, si llegan hasta la casa de gobierno o hasta el edificio de los milicos es posible que haya un cuartel secreto o algo así. ¿Y si ahí tienen encanutados a algunos de los desaparecidos? Ay, la puta madre, nos estamos metiendo en un quilombo.























2

Pagamos y nos vamos a clase. Le comento a Pepe que esto de los túneles puede ser verdad, que siempre me habían parecido sospechosas algunas caras y no entendía por qué, como por ejemplo la del cajero del buffet o la del quiosquero o la del preceptor de 3º o incluso la del mismo Chozas. La puta madre, ahora que lo pienso, el Krause está lleno de caras sospechosas.
Poco a poco, casi como en cámara lenta, la mañana transcurre aburrida. Las clases van haciéndome olvidar los túneles. Historia, Lengua y la incomprensible Análisis Matemático van sometiéndome a un letargo progresivo del que sólo el timbre de salida es capaz de arrancarme. La cosa mejorará por la tarde, tendremos que soportar las clases de gimnasia de Grillo en la Ciudad Deportiva de Boca, pero al menos será más entretenido que pasar varias horas en una sombría y húmeda aula de taller. Pero antes decidimos con Roberto, el Negro, Pepe y el Gallego ir a morfar al bar El Atlántico propiedad del viejo de este último.
Nos ubicamos en el primer piso, nos brinda más privacidad y nos sentimos a gusto, como en el comedor de nuestra casa, aunque no sé, quizás de entrada nos confinaron acá porque somos un “poco” bulliciosos. El mozo demora en subir pero eso no nos importa, se abre el dialogo sin un horizonte predeterminado.
—Se viene el mundial, eh —tira el Gallego como puntapié inicial.
—Ja, pedazo de equipo nos echamos —intervengo—, el del 78 reforzado con ¡Maradona!
—Va a ser un paseo —arriesga Roberto.
—Uhmmm… No sé, eh —se ataja Pepe.
—¿Cómo? —grito algo exagerado— ¿Qué sos? ¿Brasilero, boludo? Si tenemos el equipo campeón del mundo, el mismo técnico y al mejor jugador del momento.
Los ánimos se caldean, se arman dos grupos: los optimistas y los pesimistas. El mozo sigue sin aparecer.
—Mirá que las segundas partes nunca fueron buenas… —argumenta sin levantar la voz el Gallego.
—Sí, hay que ser humildes —dice el Negro.
—Sííííííííííí, hay que ser humildes —adhiero con ironía—. ¡Además, vos qué hablás, si tenés menos fútbol que un monje tibetano! —le grito y nos reímos todos de la poca cultura futbolera del Negro.
—No, si vos sabés más que Lorenzo y  Néstor Ibarra juntos, tarado.
—Ja, al lado tuyo soy Menotti. ¡Andá… Andá, a hacer esos dibujitos raros que hacés vos! Eso sí que sabés, dale que a lo mejor publicas en la Fierro —le digo con intención de cargarlo aunque en realidad el Negro la tiene clara en esos menesteres.
Cuando la cosa parecía ponerse al rojo vivo, desde las escaleras surge la figura desgarbada de Luis, con su bandeja plateada y su repasador increíblemente blanco. Comienza la ronda de pedidos. Roberto pide un lomito con lechuga y tomate, “no le pongas queso” aclara, el Gallego pide uno con jamón, queso y huevo, “ponele mayonesa y mostaza”, ordena. Se suceden los pedidos personalizados, no hay dos iguales. Nos sorprende la memoria de Luis, que aunque no anota nada, cuando vuelva con el pedido lo hará sin un solo error. Más de una vez hicimos apuestas de que se equivocaría, hasta le complicamos los sándwiches, incorporando ingredientes como papas fritas o rodajas de salame. Ni así se equivocó.
Mientras esperamos, la charla gira hacia los profesores, se comentan las pulposidades de la Cicchini o las excentricidades de Pebete. Ensayo una no muy convincente imitación del inefable profesor de Análisis Matemático, igual surgen risas y los “te acordás cuando…”. Disfrutamos las anécdotas, las repetimos infinitas veces con el mismo resultado, nunca cansan, nunca se olvidan, siempre terminan en carcajada. Recuerdo la de Villy, cuando la profesora De Filipo —para nosotros simplemente “La Feíta”, apodo fácilmente comprensible con solo verla unos pocos segundos,—  estaba escribiendo en el pizarrón hablando de la chapa de techo y Ramonino se manda la pregunta animal: “Profe, es con cha p’arriba y con cha p’abajo”,  la mina se da vuelta furiosa y grita: “¡Villarino, vaya a buscar un parte de amonestaciones”, ahí nomás se levanta el inocente Villy, todo colorado, e intenta una infructuosa defensa:  “Pero profesora…”, la mina insiste y se desencadena el final: ¡Vaya a buscar un parte!,  “Pero…” ¡Vaya a buscar un parte, le dije!  Villy se levanta enfurecido y mientras camina hacia la puerta pasando su mano por encima de la cabeza, como si quisiera peinarse, exclamando con una voz mezcla de ira y resignación, cierra la anécdota: “¡Ma’ sí, poneme toda la que queré!
Mientras fluyen las risas, asomando desde la escalera, reaparece Luis con la bandeja llena de platos con sándwiches coloridos. Me pregunto cómo puede ser que semejante pirámide de exquisiteces del Gallego’s bar no termine desparramada por todo los escalones y eso que es una de esas escalera bien empinada y media retorcida. El ritual concluye con la precisión de un reloj suizo: con la velocidad y la destreza con la que el Diego elude muñequitos en la cancha de Boca, Luis distribuye los pedidos sin cometer ni un solo error.
Comienza el gran disfrute de los manjares, en un primer momento no se escuchan voces, tan sólo el ruido de cinco mandíbulas voraces trabajando denodadamente.
—Boludo, escucharon lo que contó Cortegoso —dice por fin Roberto, con la dificultad que le presentan la carne, la cebolla, el tomate y el pan en su boca.
Pepe y yo nos cruzamos una mirada cómplice. Ninguno de los dos se atreve a intervenir.
—No, ¿qué contó? —pregunta el Gallego.
—Parece que hay un túnel que hipotéticamente conecta el Krause con la Casa de Gobierno.
—Shhhh, no levantés la voz, nabo, no vez que nos podemos meter en problemas —dice Pepe y le vuelve esa expresión conspirativa, mira preocupado en todas direcciones.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —pregunta ingenuo el Negro.
—Pará, pará… —grito, pero en voz baja— no sé si es conveniente andar divulgando esto. ¿A quién más le contó Cortegoso? — inquieto lo miro a Roberto— ¿Y vos a quién le contaste?
Roberto se revuelve nervioso en su silla y me mira angustiado, como un nene malo que acaba de romperle media docena de platos de porcelana china a la vieja. Me quedo mirándolo serio, la respuesta tarda una eternidad. El resto de los muchachos han dejado de comer y clavan los ojos en él.
—Esteeee… yo no le conté a nadie —las palabras surgen dificultosas—, ustedes son los primeros, en serio, boludo —aclara porque nos ve a Pepe y a mí escépticos—. Y Pedro… no estoy seguro… pero creo que no le contó a nadie.
—Ché, qué pasa, de qué hablan, no ent… —pregunta desconcertado el Gallego.
—Nada, nada —lo corta Pepe—. Mejor no hablemos acá, las paredes oyen.
—Sí, Pepe tiene razón, mejor nos juntamos el viernes en casa o en la casa de alguno y hablamos del tema. Hay que encontrar rápido a Pedro para que no le cuente a nadie más —sugiero.
—Seguro que fue a comer a la plaza de la aduana con el Paletón y Moriñigo—dice el Negro— terminemos los sándwiches rápido y vayamos a buscarlo.
—Sí, igual tenemos que ir para allá a tomar el colectivo para ir a gimnasia —admite.
Apuramos el trámite y salimos casi corriendo hacia la plaza. Doblamos por Belgrano y vemos a la altura del mercadito, junto a la parada de colectivos, un grupo de pibes. El Gallego afina la vista y divisa a Pedro entre ellos. Pepe se acerca rápido y lo separa del grupo, le habla en voz baja y veo a Cortegoso mover ampulosamente la cabeza en forma negativa. Suspiro de alivio. Convenimos un encuentro el viernes en casa de Roberto. Ahora podremos esperar tranquilos la llegada del colectivo que podría llegar a venir en cualquier momento o tardar media hora.
Marcelo Farina se separa del grupo, baja un metro sobre la calle, se hace visera con la mano durante algunos se segundos y grita de una forma tan estruendosa que en dos cuadras a la redonda se enteraran de la novedad:
—¡EL DOOOOOOOOOOOOO! ¡EL DOOOOOOOOOOO!

3
El sol brilla pleno sobre un cielo diáfano, el calor empieza a hacernos pensar que las clases de gimnasia serán más agotadoras que de costumbre, sólo una leve brisa nos consuela. Quizás los mosquitos empiecen a mostrarse sedientos. El viaje en el 2 es corto pero movidito, las unidades de esta línea están más cerca del arpa que de la guitarra y combinadas con el empedrado de la costanera componen una verdadera coctelera de ruidos y zarandeos. Ir a la Ciudad Deportiva es un viaje exótico, una visita al sueño truncado de un tal Alberto J., un paseo por las ruinas de lo que hubiera sido el predio deportivo más grande y moderno de América. Un paisaje muy particular nos recibe, un río lleno de juncos y plantas flotantes con más aspecto de Amazonas que de Río de la plata, un increíble puente casi semicircular, tan difícil de cruzar para un peatón como imposible para un Fitito.  Más allá del puente se erige amenazante el esqueleto fosilizado e inútil de un Tobogán Gigante, su altura impresiona por el contraste con la amplitud y la poca altura del lugar.
Caminamos hacia las canchas de fútbol que están detrás de la mole de hierros oxidados, a lo lejos podemos ver la cupé Mazda y a su lado la inconfundible silueta barrigona del profe Grillo. Tenemos suerte, al parecer está en un día sin muchas ganas de lograr que nuestra figura se convierta en algo parecido a la de un atleta porque nos indica que formemos dos equipos y nos arroja la número cinco para que comience el fútbol. El partido termina en victoria para mi equipo por un gol a favor y, claro, el gol del triunfo no podría haber sido de otro sino de nuestra leyenda viviente llamada Fabricio y apodada el Pulpo en honor al increíble goleador argentino del mundial 78: Leopoldo Jacinto Luque. 
El sol intenta ocultarse detrás las copas de los árboles más altos. El viento ahora sopla fresco y fuerte. Va siendo hora de emprender el regreso. Después de más de una hora de fútbol intenso el puente nos parece más alto y más empinado. Algunos mosquitos se animan a enrojecernos la piel. Grillo monta a su auto importado y después de saludar con dos bocinazos desaparece detrás de los juncos del río que se bambolean con cierta violencia. Si tenemos suerte sólo tendremos que esperar el colectivo durante media hora.








4

Después de un día de bastante calor, el crepúsculo y un aire frío hacen que baje drásticamente la temperatura, me da un escalofrío y me arrepiento de no haberle hecho caso a mi vieja sobre la conveniencia de traer campera. El tráfico tiene la intensidad y el ruido habitual de los viernes. Cinco minutos antes de las ocho de la noche, hora fijada para la reunión, me encuentro con el Gallego en la puerta del edificio de Roberto. La elección no es casual, Rober es uno de esos pibes que parecen tener más edad de la que figura en su DNI, un tipo de aspecto serio, responsable, con algo de carismático y bastante de buen alumno, un líder, un tipo capaz de convencer al profesor más cruel  y exigente de que pospusiera un examen porque no sabíamos un carajo.
Desde enfrente una persona levanta la mano y nos saluda, es Pepe que cruza sonriente. Toco el portero y segundos después la voz finita y algo distorsionada de la mamá de Roberto nos invita a pasar. Siete pisos por ascensor y pasillo al fondo Roberto nos abre la puerta y pasamos a un amplio y bien iluminado living. En los sillones de cuero beige nos esperan bien acomodados el Negro y Cortegoso.
  —Parece que estamos ansiosos —suelta Pepe, sonriente— todavía no son las ocho en punto y no falta nadie.
—O somos puntuales —interviene el Negro.
—Ja, ¿vos puntual? —dice Pedro¬— No me hagas reír, querés.
—Bueno vamos al grano —apura el Gaita— ¿Cómo es este asunto de los túneles? ¿Alguien me puede explicar bien?
—Creo que el indicado es Pedro —digo.
Con algún que otro detalle más Pedro relata los acontecimientos tal y como me los había contado Pepe. Se arma el debate: que “debe haber cuarteles” dice Pedro, que “sólo un túnel hasta la casa de gobierno” dice el Negro, que “debe ser una conexión con la facultad de ingeniería” conjetura Roberto. Se ponen sobre la mesa las hipótesis más inverosímiles, pero no hay certezas. Luego de una hora de deliberaciones y por una ajustada votación de tres a dos y una abstención se decide investigar el túnel.
—Es muy peligroso, boludo —dice Pedro, que había votado en contra—. Estamos jugando con fuego.
—Sí, extremadamente peligroso —concuerda Pepe, que era el autor de la propuesta—, pero si es cierto lo del centro de detención clandestina, estamos todos en peligro, aún si no investigamos. Nos podrían chupar a cualquiera en cualquier momento. Tenemos que averiguarlo y si fuera cierto advertir de alguna manera al resto de los alumnos.
—¿Cómo se llamaba el pibe ese de quinto que quería hacer un diario de estudiantes? —pregunto.
—¿Cuál, el que se cambió de colegio? —pregunta a su vez Fernando.
—¿Qué estás tratando de decir… —pregunta Pedro olfateando por dónde viene mi sospecha— …que al pibe lo “cambiaron”?
—Parááááá, parááááá… —grita Roberto, con los ojos abiertos como el dos de oro— Ahora me acuerdo también de Ariel, ese pibe que había presentado una nota al director para que nos dejaran venir sin blazer… ¡Oh, casualidad, también se fue de la escuela!
Se nos ocurren dos o tres más. Nos miramos asombrados, al parecer ahora todos tenemos la certeza que la cuestión es más seria de lo que creíamos. ¿Qué tendremos que hacer? Por un lado sería conveniente que olvidemos todo y no nos metamos en un quilombo, pero por otro si no investigamos podrían seguir desapareciendo chicos, incluso Pedro corre riesgo por haber sido sorprendido in fraganti. Después de discutirlo en extenso llegamos a la conclusión que ya no podemos dar marcha atrás, las cartas están echadas y tenemos que hacer nuestra primer jugada.    




















5
El timbre del primer recreo nos rescata de un mundo de números, ecuaciones, resultados, hipótesis y demás elucubraciones matemáticas en las que nos ha inmerso nuestra benemérita profesora Klimovsky. Pronto llegará la “Pocha” Klein histórica profesora de geografía de la institución, pero antes disfrutamos de una charla mirando hacia el patio, acodados en los barandales de hierro pintados de verde del primer piso, abajo se juntan más muchachos en grupos de cuatro o cinco, apenas se puede ver alguna que otra chica en este mar de varones que resulta el Krause, se escuchan gritos y risas tan frescas como ha resultado la mañana.
La conversación gira en torno a la primera acción que hemos decidido para comenzar con la investigación. Roberto y Cucho, que ha sido puesto al tanto de los acontecimientos y está dispuesto a colaborar, serán los encargados de vigilar los movimientos que se produzcan en la cantina. Deberán llevar un registro de horarios y personas que ingresen por el portón de la arcada, aprovechando las horas libres y alguna que otra rateada de clase que nosotros cubriremos con una buena excusa o mentira. El Negro y yo nos encargaremos de detectar la ubicación y planear la forma en que conseguiremos la llave de dicho portón. Pepe y el Gallego deberán tratar de interpelar a los profesores y preceptores para conseguir más información, para lo cual usarán el prestigio que tiene el viejo Ingeniero Don Luis José Vassallo, abuelo de Pepe ex Vice Director, profesor y alumno de la institución. Por el momento Cortegoso deberá guardarse de realizar ninguna acción porque puede haber quedado marcado por Chozas.
Suena otra vez el timbre, vamos camino al aula y nos intercepta el Paletón Rivero.
—Vamos a hacerle una joda a la Pocha  —dice en voz baja—. Vengan que les explico.
Nos lleva hasta el aula vacía que está al lado de la nuestra y, luego de asegurarse que por el pasillo no nos ve nadie, nos hace entrar. A la izquierda de la puerta y bien al fondo, acovachados entre los pupitres, se perciben algunas cabezas conocidas. El Paletón se ubica agazapado en uno de los primeros bancos para poder mirar el pasillo a través del vidrio de la puerta. Más atrás la división completa hace un profundo silencio que sólo algunas incontenibles risitas quiebran de vez en cuando.
 Rivero saca una mano por el pasillo central que se abre entre el batallón de bancos. La seña indica que se acerca el momento cumbre y el silencio se hace sepulcral, si fuésemos descubiertos en este momento sería desastroso para nuestros currículos de estudiante. La tensión aumenta, las miradas están clavadas en el pasillo. Vemos pasar la pesada figura de la Pocha arrastrando el paso hacia nuestra aula, contenemos la respiración. Transcurren unos pocos y eternos segundos desde que desaparece de nuestra visión y vuelve a reaparecer a paso redoblado hacia el fondo del pasillo en busca de algún preceptor que pueda explicarle qué sucede.
El Paletón se acerca a la puerta, saca la cabeza con cuidado para constatar que no haya nadie en el pasillo.
—¡Vamos, rápido! —grita.
Veinticinco estudiantes emergen de entre los pupitres como zombis ávidos de cerebros frescos. Corremos en fila india hasta nuestra aula y nos ubicamos de la forma habitual. Desplegamos los útiles y carpetas e iniciamos una conversación normal, como si lo estuviésemos haciendo hace muchos minutos. Desde el pasillo se escuchan voces:
—No puede ser profesora, se tiene que haber equivocado.
—Le digo que no hay nadie, yo no estoy loca.
—Yo no dije eso —se ataja Mauricio, preceptor de nuestra división, de aquellos que están catalogados como macanudos — sólo pienso que puede haberse equivocado. 
—Imposible, mire… —abre la puerta del aula pero aún mira hacia atrás— acá no hay nad… —a darse vuelta y vernos se queda atónita, ahí estamos, sentados en el más perfecto de los órdenes, como en una foto de graduación—. No… No… No puede ser, yo…
Mauricio, que nos conoce bastante bien, decide guardar un silencio tan cómplice como piadoso y se retira a la preceptoría. Muchos estamos tentados de reírnos pero no nos permitimos el más mínimo esbozo de una sonrisa que dejaría al descubierto nuestra broma. La Pocha, un tanto confundida decide olvidar el asunto y comienza el dictado de clase. El Paletón se levanta con porte de estudiante ejemplar y hace la primera pregunta.  
















6
Las nubes y la llovizna nos castigaron durante toda la semana, las cosas han sido difíciles de sobrellevar, apenas nos queda el consuelo de tener la tarde libre en el día de gimnasia. Por suerte, hoy viernes, las nubes nos abandonaron por completo y nos permiten disfrutar de un mediodía en la plaza en el que el sol brilla con tal intensidad que pareciese querer recobrar el tiempo perdido.  Pasaron ya dos meses de aquella noche que decidimos involucrarnos en el asunto de los túneles. Si bien las investigaciones avanzaron con lentitud, se lograron disipar algunas cuestiones que nos permitirán pasar a la segunda fase del plan. 
Roberto y Cucho pasaron varias horas en la cantina y con el pretexto de estudiar durante las horas libres, pudieron elaborar una planilla de personas que ingresaron en la Puerta de Hierro —con ese nombre bautizamos al portón que está en la cantina y que conduce hacia el túnel que descubrió Pedro—, en la que se indican los días y horarios de cada visita. Luego de un minucioso estudio determinamos un patrón en los movimientos registrados: Chozas ingresa tres veces por semana y permanece ahí entre las 2 pm y las 3 pm; Litovsky lo hace una sola vez pero se queda al menos tres horas; Raed lo hacía todos los días sin un horario fijo.
Pepe y el Gallego se entrevistaron con algunos profesores y preceptores. De todos, sólo Mauricio, nuestro preceptor, nos aportó una información, aunque el dato que nos dio es de suma relevancia. Dice haber escuchado a un grupo de profesores cuchichear en la sala de descanso, y si bien no pudo escuchar la totalidad de la conversación, alcanzó a oír que hablaban de un plan que había salido según lo acordado, y que el “recinto” estaba funcionando acorde a lo establecido. Les dijo, además, que iba a contárselo a Sívori, el jefe de preceptores, pero que descubrió que también él estaba en la reunión. Dice Pepe que como a Mauricio le llamó la atención las preguntas que le hacían, empezó a presionarlos para que dijeran el por qué del interrogatorio y tuvieron que contarle lo que sabíamos y lo que sospechábamos. Luego les dijo que él apoyaría nuestra investigación e incluso nos ayudaría en lo que pudiera.
Comprobada la existencia del llamado Recinto, y que su utilización no era en apariencia parte del normal funcionamiento del colegio, debemos proceder a la última acción de la primera fase: conseguir las llaves que nos abrirán la “cueva de Alí Babá”. El Negro Reynoso, luego de llevar adelante un paciente trabajo de inteligencia en el taller de Construcciones, logró dar con su ubicación: el cajón del escritorio de la oficina de Chozas. El problema es que habitualmente está cerrado con una llave que siempre lleva él en el bolsillo. El único momento que se encuentra abierto es durante las clases, que por supuesto es el momento que él está en el taller.
Terminado el frugal almuerzo, el Negro y yo nos presentamos en Construcciones. Mientras nos ponemos el overol en el vestuario repasamos el plan:
 —¿Recordás tu parte, Tano? — le pregunto en voz baja a Rubén Scocco.
—Sí, no te preocupes por nada —responde.
—¿Y vos, Villy, le avisaste a Lucho?
—Todo listo.
—Bien, vamos.
Nos ubicamos en nuestros boxes de trabajo, pequeños recintos dónde se ensayan la ejecución de revoques, contrapisos, carpetas y colocación de pisos y azulejos. Chozas ordena que se cargue y se ponga en funcionamiento “La Chancha Asesina”, moledora de cascotes y mezcladora  de pastones, bautizada con ese apodo por el Tano. Trank, blum, grrrrr, stonk, comienza su trabajo La Chancha. Nos ubicamos alrededor de la maquina en silencio y expectantes, nuestros rostros tienen una expresión que va desde el asombro hasta el temor, tal como si estuviéramos presenciando el aterrizaje de una nave alienígena. Al cabo de cinco minutos de ruidoso trabajo el pastón queda listo. Cada pareja de nóveles albañiles cargamos nuestro baldes y comenzamos la colocación de azulejos.
Por la puerta que da al patio entra Fabio “Lucho” Miranda enfundado en un descolorido y gastado overol. Con su andar gracioso de pasos elásticos e impulsos de resortes se acerca al profe Garabato, intercambia unas pocas palabras y ambos se retiran juntos.
—Profesor —grita el Tano asomando medio cuerpo de detrás de la pared de su box.
—Dígame, Scocco —Chozas se arrima cansino hasta el box que comparten el Tano y Fabián Chernijovsky.
—¿Profe, cómo sacamos la escuadra para colocar los azulejos? —pregunta Rubén.
—¿Usted me está tomando el pelo, Scocco? —se enoja, las anchas y abultadas cejas se contraen hacia la nariz, los labios gruesos se constriñen fastidiados .
—Noooo, cómo piensa eso, es sólo que no me acuerdo.
—Tres, cuatro, cinco… —suspira resignado— ¿no recuerda?
—¡Ahhhh, sí! —grita el Tano y luego añade confundido— ¿Cómo era?
La vena del cuello de Chozas se hincha y la cara se le enrojece pero mantiene la calma y parece que va responder al requerimiento.
El Negro y yo, en el momento que Chozas se mete en el box del Tano y Cherny, nos escabullimos hasta la oficina. Villy se ubica en la entrada del box como escuchando la explicación y nos hace de campana. Nos ubicamos agachados atrás del escritorio. Agarro las tres llaves que están en el cajón y las extraigo de la argolla que las hermana. El Negro saca una pequeña caja de madera rectangular y chata, rellena de plastilina. Le paso la primera llave, la coloca sobre la plastilina y la hunde levemente, luego la retira con cuidado.
Se escuchan unos gritos que vienen del taller, es la voz gruesa de Chozas que grita algo así como “¿Se siente mal Villarino?”. Sin asomarnos por la ventana comprendemos que nos queda muy poco tiempo. En ese momento tomo conciencia de la peligrosidad de la situación, un frío mortal me estalla en la cabeza, estoy recagado en las patas. Claudio, inconsciente o concentrado, repite la operación con las otras dos llaves y quedan grabadas en la caja las tres siluetas que nos llevaran hacia los túneles. Guardamos las llaves y cerramos el cajón sin hacer ruido. Salimos sigilosamente de la oficina y vemos entrar al profe Garabato. Todo se acabó, es nuestro fin, cuando nos vea saliendo de su oficina y descubra la cajita con las impresiones de las llaves seremos historia, pasaremos a engrosar las listas de desaparecidos. Me doy vuelta para mirar al Negro, su cara está pálida como la leche. Vuelvo a mirar la entrada y veo que Garabato no nos mira, más bien, alertado por el grupo de alumnos que se junta alrededor de Villy, que está sentado en el suelo con la cabeza entre las piernas, camina hacia ellos. Nos acercamos despacio y sin que ninguno de los dos profesores se percate nos adosamos a la ronda. El negro tradicional regresa a la piel de Claudio. Villy probablemente será nominado para los Oscar.
        




















7
Hora libre, faltó la Pichota… perdón, la profesora Bidart. Según averiguó Schiavone pareciera que se enfermó de hepatitis,  no creo que extrañemos sus clases de historia. Algunos organizan partidos de truco, otros juegan por plata con la función random de la calculadora, el Negro crea un dibujo épico, dos o tres amagan con iniciar una batucada con llaves en los buches metálicos de los pupitres para que Proença revolee las piernas al modo de una murga callejera.  Mauricio se asoma por la puerta vidriada del aula —por suerte la batucada no llegó a concretarse—, mira con gesto de búsqueda y lanza el grito:
—¡Scocco!
El Tano se levanta en el fondo, hace un ademán con la mano, se lo ve preocupado. 
— Scocco, vaya a preceptoría que lo llama Sívori.
Ahora está pálido, no reacciona. ¿Para qué lo llama Sívori? ¿Tendrá sospechas de la investigación? ¿No nos dijo Mauricio que era uno de los que participó de aquella reunión arcana? Si al Tano se le escapa algo estamos fritos. Cruzamos una mirada furtiva con Roberto, adivino en él la misma angustia que me oprime el pecho. No podemos hacer nada, sólo esperar que Rubén esté lúcido.
Sale perplejo y asustado, un mal presentimiento nos invade. Se hace un silencio de velorio. Pasan los minutos, pocos son los que tratan de matar la angustia con algún juego. La cabeza me da vueltas, no soporto más el miedo de terminar siendo parte de una lista de desaparecidos. ¡Para qué carajo me metí en este quilombo! Al final de cuentas tenían razón los que dicen la frasecita “No te metás, algo habrán hecho”. Decido que voy a contarle todo a mi viejo. El Negro, Roberto y el Gallego cuchichean preocupados. Cortegoso tiene la mirada fija en la puerta. Lucho y Villy repasan algún examen pero están expectantes de la vuelta del Tano.
Quince minutos exactos después que saliera vuelve a entrar Rubén con una expresión de asombro y desasosiego. La clase entera voltea en espera que nos confirme el desenlace temido. Se para al frente, con su blazer verde perfectamente abotonado.
¡Señores!  —grita con una inflexión ajena a su voz natural— ¡Están todos amonestados, pasen por preceptoría a buscar su parte correspondiente!
Ahora comprendemos, nos aliviamos. No son esas pocas palabras que funcionan como un bálsamo espiritual sino el inconfundible tono de voz, que de manera admirable reproduce el Tano: el de Sívori.
Nos cuenta que el jefe de preceptores quería escuchar la imitación que hacía de él y que lo obligó a hacerla delante de una platea de preceptores que reían con ganas. Nos cuenta, además, que al final esbozó una sonrisa aprobatoria y que le dio carta blanca para hacer la imitación en el próximo acto. 
Con sus dotes histriónicas el Tano suele ganarse la complicidad de todos, incluso del recio Sívori. 

8
Al otro lado de Paseo Colón, los últimos rayos de sol recortan la pesada silueta del edificio, el contorno de su coronamiento se enciende en un flamígero color rojizo. Mientras esperamos sentados en la terraza el espectáculo nos calienta el corazón, cuando la penumbra cubra nuestros movimientos y el turno noche haya evacuado por completo el colegio comenzará la operación.
Cada uno de nosotros ha dicho en su casa que nos comeríamos un asado en la casa de Rubén y no quedaríamos a dormir. Como no tiene teléfono no podrán rastrearnos.
Las luces de la calle se encienden. El frio parece aumentar nuestra ansiedad de entrar en acción, sin embargo, la brutal conciencia de lo que emprenderemos funciona como rápido analgésico. Percibo la preocupación y el miedo en todas las caras. Roberto muestra entereza pero también él trasluce zozobra.
Al Gallego, que está sentado contra pared de la sala de máquinas, le gana el sueño y pega un profundo cabezazo, Roberto mira hacia Paseo Colón, el Negro se frota las manos y las piernas, yo miro el reloj, son las once. Desde enfrente nos llega la señal luminosa que emite la linterna de Fabio, las luces del hall se habrán apagado y el último preceptor le habrá puesto llave a la puerta.
—La señal —indica Roberto—, vamos para abajo.
—Dale, boludo, despertate —lo apura el Negro al Gallego mientras lo sacude del hombro.
Bajamos con precaución, no sabemos si hay alguien que se quede de noche. Por más que caminamos con sigilo nuestros pasos resuenan en el silencio templario del Krause desierto. Transitamos con mayor lentitud los últimos escalones.
Roberto se da vuelta y me mira enojado.
—Che, boludo, por qué no le ponés cascabeles a los zapatos —susurra— sería la única manera que puedas hacer más ruido. ¿No tenías un par de zapatillas?
Le devuelvo una sonrisa de disculpa.
—Parece Astroboy —razona el Negro.
Contenemos una carcajada.
Avanzamos hasta la galería del patio. Se escucha un ruido lejano. Nos detenemos y esperamos en cuclillas. No se vuelven a escuchar ruidos. Hay una leve brisa que nos enfría la cara. Miro hacia el balcón vacío del primer piso, un poco más a la derecha alcanzo a ver el cielo negro y estrellado. 
—Vamos, no era nada —ordena Roberto.
Seguimos avanzando en cuclillas por la galería, llegamos sin novedad hasta la puerta de la cantina.
—¡Está cerrada! —dice perplejo el Negro— Conseguimos las llaves del portón de abajo y no se nos ocurrió que para llegar al portón teníamos que bajar a la cantina.
—¡Qué pelotudos que somos! —reflexiona el Gallego con sabiduría irrefutable. 
Nos quedamos en silencio, mirándonos a la cara desolados. No sólo no vamos a poder realizar la investigación sino que, además, vamos a tener que pasar toda la noche durmiendo entre los pupitres de algún aula.
—Por qué no probás una de las tres llaves —sugiere sin mucha convicción el Negro.
Roberto saca las tres llaves del bolsillo. Prueba la primera pero no gira, la segunda ni siquiera entra, prueba la tercera y no gira. La saca, la da vuelta y la vuelve a probar. Miro al Gallego que está agachado al lado de Roberto, se le ilumina la cara, se da vuelta para mirarnos.
—Abrió —dice afinando la voz.
No se nos había ocurrido que en ese llavero pudieran estar las tres llaves necesarias para acceder al túnel.
Bajamos despacio después de haberle puesto llave a la puerta. Abajo, el kiosco está bien cerrado. Maldigo mi suerte, el hambre ya me aprieta y un par de Jorgitos no habrían venido nada mal o un inefable Fantoche. El Negro me mira, adivino que pensó lo mismo que yo. Avanzamos en penumbra tratando de no golpearnos con las mesas. Adelante va el Gallego abriendo camino con una pequeña linterna. El olor de la fritanga de todo el día flota en el ambiente.
Ahora tenemos más suerte y con la primera llave el portón verde nos cede el paso. Adentro el pasillo está tenuemente iluminado, pero lo suficiente para movernos con soltura. Roberto se refriega los brazos, el frio acá abajo se hace notar, calculo que deben hacer unos cuatro grados menos que al aire libre. Caminamos despacio unos cuantos metros y, al fin, aparece ante nosotros la puerta de la que nos habló Pedro. Es rectangular, metálica, con grandes remaches de acero, una moldura que recorre todos sus contornos y una gran manija de bronce. Roberto saca las llaves, prueba la última, gira dos vueltas, acciona la manija y empuja. La puerta se abre pesada, las bisagras rechinan, de otro lado hay luz.





9
Se abre ante nuestros ojos un túnel silencioso que no deja de impactarme, creo que los demás se han llevado la misma impresión. Sus sólidas paredes abovedadas están construidas con bloques de piedra granítica de un color gris parecido al del empedrado, aunque su textura es más áspera e irregular. El piso es de un pulido mosaico negro y va en descenso hacia el fondo, sobre los costados se abren canaletas semicirculares de poca profundidad. Agudizamos la vista, a nuestro entender, a unos seiscientos metros de distancia, el túnel concluye con una pared ciega. La luz es mucho más intensa que en el primer pasillo. Fijado sobre una de las paredes laterales, a la altura de nuestras cabezas, corre un rack de cañerías con algunos signos de corrosión. Regularmente, cada cincuenta metros se abren a ambos lados del pasadizo sendos arcos que penetran la tierra unos dos metros, pero que concluyen en una pared sin aberturas ni agujeros.  Fernando se pregunta para qué servirán, el Negro esboza la hipótesis de que se tratan de futuras ramificaciones, yo, en cambio, arriesgo la teoría de que son para construir futuros depósitos.
Me ubico a la vanguardia y avanzo con paso lento y seguro, a la retaguardia el Gallego cierra el comando. Luego de doscientos metros no hemos notado movimientos ni ruido alguno.
—Shhhh —ordeno— escucho algo.
Unos pasos lejanos comienzan a hacerse eco en el corredor. El sonido va en aumento. Nos preocupamos.
—Tenemos que volver —sugiere alarmado el Negro.
—No —interviene categórico Roberto, mantiene una notable entereza— ya no podemos volver, estamos lejos de la puerta. Corramos a escondernos a los buches. Siéntense bien acurrucados en el fondo, dos de cada lado. ¡Rápido!
Roberto y el Gallego se ubican a la derecha, el Negro y yo al otro lado. Los pasos van resonando con mayor fuerza. La luz empieza a titilar, vacila durante algunos segundos y se apaga, la oscuridad es absoluta. Pese a ello cierro los ojos, espero que al abrirlos todo haya pasado. Los pasos no se detienen. Falta poco para que llegue hasta nosotros. Entreabro los ojos y veo un haz de luz que se mueve nervioso iluminando alternadamente el piso, las paredes y el techo. ¿Y si nos escuchó? ¿Si sospecha que estamos escondidos? Trato de despejar algunas espantosas imágenes que se tropiezan en mi alocada y confundida mente, imágenes de sufrimientos, de aterradores calabozos. Ahora la pena me estruja el corazón, no sólo que no veré más a mis viejos sino que nunca sabrán lo que nos sucedió.
Los pasos se detienen, contengo la respiración hasta el extremo de la asfixia. Mantengo los puños y los cantos apretados, también la mandíbula, me duelen los dientes. Ya no aguanto la presión, creo que voy a salir corriendo hacia las tinieblas. Ya no más, flexiono las piernas para incorporarme. Una mano me detiene del hombro, alcanzo a percibir que es Roberto. El ruido de pasos se reanuda y se aleja hacia la puerta. Recobro la respiración y la calma. Al cabo de unos minutos el silencio vuelve a reinar en el túnel, la luz sigue apagada. Fernando enciende la linterna, puedo ver a Roberto que hace ademán para que sigamos.
Retomamos el camino, comprobamos que el fondo no era tal, el túnel sigue a noventa grados hacia la derecha. El nuevo tramo tiene una extensión no mayor a cien metros y en su extremo hay una puerta marrón. Se escuchan voces, varias. Al parecer la puerta está entornada.
—Volvamos —sugiero presa del miedo.
—No, la puerta está abierta, vamos a mirar qué hay y después nos vamos —dice Roberto con autoridad.
—Es muy peligroso —interviene el Negro — ya estuvimos cerca de que nos descubran.
—Y todo habrá sido en vano si no logramos descubrir qué está pasando acá.
—Hagámoslo, no perdamos más tiempo —apoya el Gallego.
Caminamos vacilantes hacia el destino que aún no conocemos. Casi sobre el final del pasillo, a la izquierda, nace otro túnel. Seguimos hacia la puerta. Rober se adelanta decidido y pega la cara contra la chapa fría de la puerta y asoma el ojo derecho por la rendija.
—¿Qué ves? —susurro. 
—Mucha gente, humo, mesas.
Siento que alguien me agarra con violencia de los brazos, casi a la altura del hombro. No pueden ser ni el Negro ni el Gallego, a los que alcanzo a ver por el rabillo del ojo.
—¿Qué están haciendo acá? —interroga enfurecida una voz gruesa — ¿Quiénes son ustedes? 
—So… so… somos estudiantes —alcanza a balbucear el Negro.
El resto permanecemos mudos.
—¿Cómo llegaron hasta acá?
La respuesta si bien es fácil también lo es larga, aunque al parecer ninguno de nosotros parece dispuesto a darla. Ni siquiera podemos ampararnos en una relación maestro alumno porque nuestro captor no es ninguno de los profesores conocidos. Ahora sí, tendremos que sufrir las consecuencias de nuestra temeridad y estas aparentan ser muy serias.
El hombre que nos ha descubierto tiene la contextura de un oso, barba corta, tupida y negra, al igual que su cabello. Nos mete en la sala a empellones. Ninguno se atreve a enfrentarlo. La luz tenue y el humo me recuerdan aquellas trincheras militares que solía ver en las películas de la segunda guerra mundial. De fondo se escucha una voz metálica que da indicaciones que no alcanzo a comprender aunque cada una de ellas las cierra con un “cambio”, la voz proviene de una radio o algo así.
—Traje unos “amiguitos” —dice el hombre.
Se hace un silencio y desde las cuatro mesas que están distribuidas por el salón se clavan en nosotros las miradas de por lo menos treinta hombres y mujeres que no parecen muy felices con nuestra presencia. Continúa el silencio. Luego de un momento, comienzo a distinguir algunos rostros conocidos: Raed, Litovsky, Chozas…
No alcanzo a comprender lo que sucede, si esto es un centro de detención clandestina, ¿por qué no veo armas, ni uniformes militares, ni calabozos?, ni siquiera las personas que están observándonos, estupefactos, tienen aspecto de milicos. Estoy confundido. ¿Qué son esas cartas distribuidas en las mesas, esas fichas, las botellas de whisky o la ruleta que está sobre una mesa rectangular?
Nos cruzamos atónitas miradas con los pibes, una luz de esperanza comienza a brillar en nuestros ojos. Esto no es un centro de detención clandestino, esto es un… 
—¡Garito! —se me escapa el grito.
Desde una de las mesa se acerca con gesto adusto Sívori. Se para delante nuestro.
—Murano —dice— veo que están al tanto de la situación.
No me atrevo a responder.
—¿Comprenderán que no los podemos dejar irse así como así?
No seremos “chupados” por un comando militar pero lo que nos espera tampoco es moco de pavo. Quizás seamos expulsados, y aunque quisiéramos defendernos denunciando la existencia de este garito ¿quién podría creernos? ¿quién va a dudar de respetables profesores y preceptores, de autoridades del colegio, incluso?
—No, señores —continua Sívori— no se pueden ir así como así —nos mira con dureza— ¿Trajeron plata?
—Algo, tenemos —dice Roberto con un hilo de voz.
—De ninguna manera les pagaremos una coima —grita el Gallego, haciendo alarde de una valentía inútil.
—¿Coima? —pregunta Sívori— No, muchachos, ustedes no entienden nada —sonríe con malicia—. ¡Plata para apostar!


FIN


8 comentarios:

  1. hola fer, mi nombre es daniel y también soy hijo del krause. el cuento me llego al fondo del corazón.
    aunque tengamos años luz de diferencia, la vida krauseana no cambio. (vos sos 85 y yo 04)
    me hizo acordar a una vez que me quede hasta las 8 de la noche en una clase de aleman y me escabulli al patio de taller y entre ajuste y torneria hay un entrepiso que me flashie cualquiera(a difeerencia del cuento, me mande solo) cuando pase el pasillo que me parecio eterno. encontre un gimnacio para profesores.
    de todos modos yo creo en el mito de los tuneles y me encantaria que el rector se cope y nos deje un dia o una noche entrar a todos los recovecos del colegio y asi aumentar el mito.
    abrazo krauseano

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  2. Gracias por tus comentarios. Aunque estuviste mal con eso de "años luz de diferencia", dice el tango "que veinte años no es nada", ja, ja, ja.

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  3. aguanteeee ell krausee la putaaa madreee

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  4. Gracias por tan maravilloso cuento que trajo a mi memoria tanta historia
    Riqui 6 mecanica 3 de 1978

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  5. Gracias a vos Riqui, un cuento no tiene razón de ser si no hay un lector que lo disfrute.

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  6. Muy buen relato! Soy alumno del Krause y aunque parezca ridículo creo en la existencia de tales túneles y hasta de un "segundo" subsuelo. Este relato si que me puso la piel de gallina, impresionante! Las historias y mitos que rondan en el Krause son increíbles, pero tarde o temprano habría que investigar.
    Un saludo!

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  7. Hola Krauseanos, soy Ricardo Echezuri (también me dicen Riqui y escrito de la misma manera), 6Q1 1976, hijo de otro krauseano, egresado del 48, y hermano de otro que estuvo un par de años antes que yo y no terminó. Nuestra promoción venía de 5 años de democracia y terminamos en 6to con los milicos en el colegio. Ya veníamos con desaparecidos de los años anteriores al nuestro, y recordar de qué puta manera nos atemorizaban esos milicos de mierda fue una de las cosas que lograste con tu cuento. Según contaba mi viejo los túneles llevaban cables desde el generador del OK hasta la Casa Rosada por si se les cortaba la luz. En nuestra época el mito era que había que descolgarse por el hueco del ascensor (lado de México) desde el subsuelo, y ahí estaba la entrada al primer túnel. GRACIAS POR EL HERMOSO RECUERDO (me hiciste "escuchar" la voz del Cabezón Trama en las clases de Análisis, entre tantas otras cosas). ABRAZO, lo comparto con mis compañeros.

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  8. Bellisimo cuento Fer. Gracias por tan hermosos e inolvidables recuerdos!

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