Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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domingo, 6 de marzo de 2011

El Tano

Cuento de Fernando Murano

Un cuento que voy a llevar siempre, como a mi amigo, en mi memoria y en mi corazón. 

Se lo digo a la Mari todo el tiempo, no puedo entender lo del Tano. Mirá que pienso y pienso y no me entra en la cabeza, es una locura, es una injusticia, qué se yo, hay tanto hijo de puta por ahí, viviendo lo más pancho… Y sí, a mí me afectó mucho lo del Tano.
¿Sabés lo qué pasa?, que desde que lo conocí en el almacén de don José fuimos muy unidos, es una cuestión de piel, nos dirigimos unas pocas palabras y ya sabíamos que seríamos grandes amigos. Él me lo confesó después, fue ese día que cerramos el almacén y nos tomamos el bondi para ir hasta Güerin a comer unas porciones de muza (porque el Tano jodía siempre con que la pizza esa era única y que no podía ser que yo no la haya probado). Mientras circulaban las porciones y la birra tirada, hablábamos de todo: de la vida, de la infancia, de fútbol, de Huracán, de minas, qué se yo, de todo. Ahí me lo dijo y me sorprendí, porque yo había sentido lo mismo, porque es como una especie de visión, como si hubiéramos sido amigos desde pendejos.
También me dijo que sólo le había pasado una vez cuando era pibe. Tenía trece y había conocido al Luisito en un veraneo, porque los viejos alquilaban siempre carpa en  el balneario Atlántico de San Clemente y ese año los viejos del Tano habían alquilado la carpa de al lado, y el mismo día que llegaron, ahí estaba el Luisito, haciendo jueguito con una pulpo, y apenas vio que se instalaba, lo invitó a jugar unos tiritos en la orilla. Y así, verano tras verano construyeron una amistad que llegó más allá de las vacaciones, tanto es así que hoy con el Luisito somos grandes amigos también. El quedó tan hecho mierda como yo, mirá que en tantos años nunca nos mamamos, que tomábamos mucho, no lo niego, pero nunca, nunca nos pusimos en pedo, y últimamente ya lo tuve que llevar a la casa dos veces totalmente escabiado. Pero lo entiendo, eh, porque si yo no me mamo es sólo porque me apolillo antes.
                Me acuerdo el primer día que entro a laburar en el almacén, yo estaba cortando fiambre para doña Rita y viene don José y me dice: “Pibe, te presento a Valentino, el hijo de la Rosina, te va a dar una mano para atender”, y el Tano de entrada nomás me hizo cagar de risa, mientras el viejo hablaba, él hacía que se desenroscaba una mano y me la daba. ¡Ay, qué hijo de puta, siempre jodiendo! Pero bien, eh, porque jodía todo el tiempo pero cuando tenía que laburar era una bestia. Cuando llegaban las fiestas y caían los camiones llenos de sidra, champán, pan dulce, turrones y qué sé yo cuántas otras boludeces, nos quedábamos hasta las once, las doce, dale que dale, hombro a hombro. Y aquella vez que a don José se le ocurrió que tenía que comprarle a un amigo toda la producción de naranjas de una quinta de San Pedro… ¡Cómo puteó el Tano cuando llegó el camión lleno de cajones! Pero al viejo no le dijo ni mu, puso el hombro y le metimos hasta las tres de la matina.
                ¿Y con las minas? ¡Ah, que recuerdos! ya habíamos salido con todas las pibas del barrio. Teníamos un código, si entraba una y uno de los dos le había echado el ojo decía: "me podés ir a buscar las latas de tomate al sótano", y mientras el otro desaparecía este se quedaba "atendiendo" a la minita. Claro, el problema era cuando nos gustaba a los dos, entonces prevalecía el más rápido, el más despierto. Igual, jamás nos peleamos por una mina, ni siquiera se nos pasó por la cabeza. Pero un día se nos acabó el jueguito... No me voy a olvidar más cuando conoció a la Rosita. Qué linda que estaba ese día, con esos faroles verdes, pollera roja, blusa y zapatos blancos y un moño rojo que le agarraba el pelo tirante. Apenas entró, el Tano cogoteó por encima de los quesos y se enamoró. Sí, amor a primera vista. Yo no creía mucho en eso del amor a primera vista pero el Tano quedó enloquecido, con decirte que estaba tan conmocionado que a la Rosita la tuve que atender yo, la piba se dio cuenta y se puso colorada. Al día siguiente cuando volvió la piba la atendió él, a los dos minutos la estaba haciendo reír como loca. A la semana ya la había invitado a salir y se habían puesto de novios, a los cinco meses se comprometieron y al año y medio se casaron por iglesia. El Tano era así, no andaba con vueltas, siempre a fondo.
                Cuando lo conocí al Tano no era muy creyente, como yo, bah. Siempre me decía: “y algo superior debe haber” pero no lo tenía muy claro, sus viejos eran católicos y él bautizado, pero no le venían muy bien los curas, les tenía bronca. Pero el día que se desbarrancó con el Fiat 600 en un camino de ripio de Córdoba todo cambió. Me contó que, mientras el auto daba vueltas como un lavarropas, lo único que se le cruzaba por la cabeza era pedirle a Dios que lo salve, y mientras los bomberos (que no podían creer que estuviese ileso) lo sacaban de entre la maraña de fierros juró que no faltaría a ni una sola misa. Y así lo hizo, che, encontró un grupo en la parroquia de acá a la vuelta y cumplió con su promesa. A partir de ahí, día por medio, me rompía los quinotos para que vaya. Pobre, siempre se preocupó por mí y yo lo único que hice fue sacarlo vendiendo almanaques, una y otra vez. Hasta que se enfermó. Mirá, digo “se enfermó” y ya se me humedecen los ojos, se me hace un nudo en la garganta.
                Cuando se enfermó —otra vez lo digo, la puchatenían cuatro pibes con la Rosita. Me acuerdo que se había hecho unos estudios porque andaba medio mareado, vino y me lo dijo así nomás, sin anestesia: “Flaco, tengo la papa”. ¡Ay, la puta madre, lo que lloré ese día! Con decirte que él terminó consolándome a mí, ¡él, que tenía que estar destruido! Ya desde ahí que mucho no entiendo. ¿Vos te crees que cambió su sentido del humor? Un carajo, siguió igual o peor, jodía con los clientes, con el pibe del reparto, conmigo y hasta lo hacía reír a don José, que ya es bastante decir. Eso sí, en ese tiempo, cuando se enteró de la enfermedad, no andaba muy bien con la Rosita, me contaba todos los días que discutían por cualquier boludez, que no se tiraban los platos porque no tenían plata para comprar otros, que si no se separaban era por los pibes. Pero apenas le dijo lo del cáncer  a su mujer, todo cambió. Me contaba que Rafael, el cura de la parroquia, los ayudó mucho, les decía —y esto la verdad que a mí no me entra en la cabeza— que la enfermedad era una gracia, que Dios la había permitido para que ellos pudieran amarse, reconstruir su matrimonio.  “¿Qué boludez es esa? ¿Cómo Dios se la va a agarrar con este pibe que es más bueno que el pan?” pensaba yo, aunque a él no le decía nada. La verdad es que, boludez o no, a partir de ese momento, su relación con Rosita cambió totalmente, no te voy a negar que al principio les fue difícil, que ella estaba preocupada y angustiada, pero de a poco la cosa fue cambiando, con decirte que ella  dos veces por día pasaba por el almacén para ver como andaba el Tano y le traía unas barritas de ese chocolate que lo volvía loco, le dejaban a los pibes a la vieja de ella y se iban al cine, a comer afuera, al teatro. ¿Qué carajo estaba pasando? Este tipo que tendría que tener el ánimo por el suelo, estaba tranquilo, contento cada día por estar vivo y disfrutando de una nueva luna de miel con su señora y de cada segundo compartido con sus hijos. Un día lo agarré y le pregunté si no estaba loco —porque hay que estar chiflado para tener cáncer y vivir como si nada—. “¿Vos te crees que no tengo miedo de morirme?... estoy cagado hasta las patas, pero todos los días, después que rezamos con la Rosita a la mañana y a la noche, no sé, es como que me vuelve el alma al cuerpo, pienso en el cielo y se me va el miedo”. Cuando vino y me contó que el doctor le dijo que había una remisión total del cáncer pensé que de verdad Dios existía y que el cura tenía razón, que todo había sido para que su matrimonio cambiara. Por eso cuando, seis meses después, le volvieron a dar mal los análisis se me vino la estantería abajo. En sólo un mes cayó en cama y no pudo volver al laburo.
                Le pedí permiso al pobre don José y casi que me quedé a vivir en el  hospital, un poco para estar con él y otro para darle una mano a la Rosita. Qué querés que te diga, yo estaba hecho mierda, y el médico nos decía que le digamos que ya está, que como mucho va a vivir un par de días más. Y no entiendo, ahí estaba tranquilo, mientras le contábamos que chau, que se terminaba, que no había nada más que hacer, y él sereno, y yo con una angustia que parecía que era yo el que se iba morir. Nunca voy a poder olvidarme de cuando la Rosita lloraba a moco tendido y él le preguntaba por qué lloraba y ella le decía que porque lo veía sufrir y él le contestaba que más había sufrido Jesucristo por él. Yo nunca entendí esto de la religión, pero si existió un hombre con fe, ese fue el Tano, si hasta se despidió de sus hijos diciéndoles que no se olviden nunca de Dios, que Dios era fiel.

                Como dije desde el principio, yo no entiendo por qué se me lo llevaron al Tano tan pronto, por qué un tipo tan bueno, tan compañero, tan fiel, tiene que dar las hurras sin haber vivido, ni siquiera, la mitad de una vida como la gente. Lo único que yo sé es que quiero ser feliz con mi familia como lo fue el Tano con la suya, vivir cada día como vivió el Tano los suyos y cuando me muera quiero morirme como se murió el Tano.  El Luisito me dice que no sea tan boludo, que me dé cuenta que el Tano era así porque creía en Dios, porque creía en que la vida no se termina con la muerte. Y no sé, puede ser, qué se yo… lo extraño tanto al Tano que soy capaz de creer que hay otra vida con tal de volverme a juntar con él y charlar de lo que vivimos juntos, y cagarnos de risa de boludeces y hacerle jodas a Don José y comer un cacho de pizza. Y no sé, soy capaz… con tal de volverlo a ver, soy capaz…

Escrito en memoria de Daniel Menéndez.



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El Tano por Fernando Murano se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en fernandomurano.blogspot.com.

6 comentarios:

  1. Fernando: en este laburo destaca tu gran sensibilidad, elemento imprescindible para cualquier escritor. Creo que Daniel Menéndez desde algún lugar se habrá emocionado con tu homenaje.
    Estás narrando cada vez más suelto y con más gracia. ¡Seguí siempre adelante!
    Abrazo.

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  2. Gracias por tus palabras, Daniel. Y espero que yo también pueda ser, aunque sea, un poquitito de lo que fue "el tano".

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  3. A veces la fe completa vacíos que nosotros, los seres humanos, no podemos completar.
    Muy bueno tu escrito. Estaría bueno que te integres un poco con otros blogs para que puedan apreciar tus creaciones.
    Saludos!

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  4. Quedó muy bueno, se nota el sentimiento y la pasión que le pusiste, dan ganas de haber conocido a este personaje . Me gusta la idea de pensar que "El Tano Daniel" te ayudó a escribirlo desde donde está.

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  5. Muy buenos cuentos.Excelente blog y pleno de creatividad.
    Saludos afectuosos
    Raquel Luisa Teppich

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  6. Muy bueno Fernando, conmovedor. Hay que agradecer el acercarse a gente que uno llega a querer tanto y poder experimentar esa amistad que deja tantas cosas buenas para el alma.
    Un fuerte abrazo.
    Jose Luis Q.D.

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