Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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domingo, 22 de agosto de 2010

La Huída



Corrió sin detenerse ni mirar hacia atrás al menos durante diez minutos. Su corazón latía con tanta violencia que parecía que su pecho estallaría irremediablemente. Cuando el aire que llegaba a sus pulmones ya no era el suficiente debió detenerse. Lo hizo en medio de dos sauces que derramaban sobre su cabeza un siniestro follaje ondulante. Reclinado hacia adelante, con sus manos apoyadas en ambas rodillas, respiró con desesperación. Tal era el ahogo y el agotamiento que por un segundo olvidó a su perseguidor. El estrépito de una rama seca que se quebró a sus espaldas lo devolvieron a la realidad. Se incorporó velozmente y volteó su cabeza tratando de ver a través de la brumosa frialdad de la noche. A pesar de que la niebla se empecinaba en ocultarlo todo, la luna, llena de plateada luminosidad, se esforzaba por romper la oscuridad asfixiante de la noche.

Entornó los ojos tratando de agudizar su vista, una figura amenazante se recortó entre dos troncos de pino. Su corazón, que había recuperado el ritmo normal, volvió a batir con fuerza. No había tiempo que perder, sin embargo no tenía una idea clara de por dónde debía seguir. Giró su cabeza con desesperación en todas direcciones. Hacia su derecha y unos quinientos metros ladera abajo se divisaban las luces de un pequeño pueblo. Descartó ese destino de inmediato, ese lugar, seguramente, estaría lleno de esas extrañas criaturas que no podrían sino empeorar su situación. Hacia adelante podía oírse el trepidar incesante de las aguas del río golpeando con fiereza las rocas, sería muy arriesgado intentar el cruce con tan poca luz, además podría ser un blanco fácil e indefenso. Entonces decidió zambullirse en las profundidades del bosque.

Aunque ese lugar le era familiar y se movía con soltura dentro de él, al recorrer los primeros metros sintió que las ramas que rozaban su cuerpo eran miles de brazos de un monstruo espantoso que trataba de impedirle el paso. La agilidad innata de sus pies y manos le permitió, sin embargo, moverse con velocidad y precisión. Luego de un largo rato de travesía a través del corazón del bosque creía haber logrado deshacerse de la amenaza que lo acechaba, aunque debía ser cuidadoso, esas malignas criaturas eran extremadamente inteligentes y siempre le había sido dificultoso desembarazarse de ellas. 

En una de las tantas paradas, a la que sus pulmones y corazón le obligaban, levantó la vista, y entre la oscura densidad del follaje apareció ese disco plateado que lo hipnotizaba pero que a la vez le generaba un odio intenso. Invariablemente cuando la luna brillaba en el cielo debía vérselas con esos seres que querían matarlo.

Otra vez el sonido de ramas quebradas, otra vez la carrera angustiosa. Las piernas empezaban a sentir el cansancio de toda una noche de persecución. Ahora, los sonidos del bosque, que en otro momento le hubiesen resultado normales, eran una tortura. De un momento a otro lo alcanzaría, aunque pudiera sacar fuerzas de su interior, ya no tenía lugar a donde escapar. La respiración se había tornado entrecortada, se le hacía dificultoso pensar, el miedo le endurecía los músculos fatigados y le helaba la sangre.

Las hojas secas crujieron pisoteadas por una silueta que se movió a veinte metros detrás de él y desapareció tan rápido como había aparecido. Con movimientos frenéticos, girando hacia todas las direcciones, ya se daba cuenta que no podría escapar. Eso lo enfurecía y lo paralizaba a la vez. Sin embargo, considerándose ya perdido, surgió ardiendo en sus entrañas, el instinto de supervivencia. Cuando vio la figura frente a él, apuntándole con un arma, lanzó un feroz rugido que rompió el frío silencio de la madrugada.

—No intentes nada —dijo el extraño— no puedes escapar. No sé si me entiendes, pero sería mejor que reces una plegaria, hoy dormirás en el infierno.

Entendía muy bien, no sabía cómo pero entendía a la perfección cada una de las palabras de su enemigo. Volvió a rugir mostrando sus colmillos afilados y largando vapor por la nariz. Las manos se crisparon y las uñas relampaguearon a la luz de la luna. Todos los músculos se tensaron. El combate era de vida o muerte. 

Por un instante, en medio de un silencio angustioso, se miraron desafiantes e inmóviles. Quería vivir. Ese deseo que ardía dentro de él hizo que olvidara el cansancio y sus poco probables posibilidades de lograrlo. Con la rapidez de una liebre y la furia de un toro, arremetió contra el hombre que lo apuntaba directo a su cabeza. Corrió furioso unos diez metros y cuando ya estaba a su alcance, con un salto titánico y un aullido ensordecedor, se abalanzó sobre su oponente. 

Un disparó resonó en la noche y el eco del estrépito se replicó infinitas veces entre los árboles del bosque. El gigante de cuerpo peludo y orejas puntiagudas cayó inerte frente al hombre del rifle.

Un segundo hombre, alertado por el ruido del disparo, llegó corriendo apenas unos segundos después.
—Está muerto —dijo el hombre del rifle.
—Este nos dio más trabajo.
—Es verdad, los hombres lobos han evolucionado.

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jueves, 4 de septiembre de 2008

Ruidos (de Buenos Aires)


Eliana me gritaba de lejos, agitaba sus brazos con fuerza, daba saltitos sobre el empedrado. Sus mejillas estaban de un color rojo intenso, su frente brillosa por la transpiración.
—No te entiendo —le gritaba desde la vereda de enfrente—. ¿Qué querés?

Las palabras eran inaudibles. Hubiera querido poder apagar con un botón el ruido ensordecedor de esa avenida, como con el del mute de control remoto. El arranque atronador del 60; la sirena histérica de la ambulancia, que zigzagueaba debatiéndose entre autos, camiones y varios peatones, que como es habitual, cruzaban sin respetar semáforos ni sendas peatonales; el caño de escape suelto del infaltable pistero de los viernes a la noche; las hordas de personas que, como hormigas espantadas por la inundación del hormiguero, emergían de la escalera del subte; el ansioso de rigor que no entendía, que por más que tocara bocina, la barrera que estaba a unas cuadras no se abriría hasta que pasase el tren; el cieguito (El ciego debe decirse, para no menospreciarlo, vio. Como me corrige siempre Judith) metiéndole con todo a una vieja guitarra criolla de Antigua Casa Núñez y cantando una irreconocible samba catamarqueña.
—¡Que desgracia! —pensé— Si hay alguna razón por la que me volvería a Diamante mañana mismo, sería para librarme de este bullicio. ¡Sí, señor! —Sentado en el patio de casa, cuando tomaba mate a la tardecita, podía escuchar el ruido de un caracol atravesando el cantero de los malvones. Como sería lo acostumbrado que estaba al silencio, qué si hacía calor y los grillos entonaban su chirrido característico, me resultaba incómodo, molesto, a veces insoportable.
Ahí nomás, cansado de tratar de adivinar que corno me decía Eliana, cruce la calle. Creo que no miré muy bien a mi derecha… Sí, porque como Cabildo es doble mano, si venía algún auto tenía que ser de mi izquierda, pero no calculé la posible intervención de la última de las plagas urbanas: las motitos del delivery. Eso sí, oí mis últimos dos ruidos: el ronquido frenético, tipo mosquito muerto de hambre, de la Vespa de dos tiempos y el golpe de su faro sobre mi retaguardia. Después, fue todo silencio, te diría que hasta la noche se me hizo más oscura. Alcancé a verla a Eliana de rodillas al lado mío, me hablaba. ¿Querés creer que aunque estaba muy cerca tampoco pude entender que me decía? Me pareció como si hubiera vuelto a mi casa, allá en el pueblo. Ni un ruidito escuchaba ahora, luces sí, pero ruidos nada. Ahora me sentía tranquilo. Cómo en paz.


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jueves, 3 de julio de 2008

Una visión más clara.



Marianela entró al living turbada, sería, compungida. La palabra precisa sería desconsolada. Se sentó en el viejo sillón , ese de color verde descolorido, que está junto a la ventana. Sus pies se mantenían separados; sus rodillas juntas; sobre ellas se apoyaban los codos; sus manos sostenían la cabeza inclinada hacia delante; los dedos perforaban su desordenada cabellera al tiempo que estrujaban nerviosamente los mechones atrapados entre ellos. La luz tenue que emanaba de la lámpara de pie, por debajo de la pantalla de tela, acentuaba esa mueca de abatimiento que proyectaba el dolor sobre su rostro, ese dolor que proviene únicamente de lo profundo del alma. Me miró, tenía los ojos hinchados, colorados, había llorado sin reservas.
—No entiendo como pudo pasarme esto —dijo.

Hice un gesto de sorpresa. Ella se percató de mi ignorancia respecto a su aflicción.
— Perdón, estoy mal. Lo que sucede es que... —se le hizo un nudo en la garganta—. Es que tengo problemas con Javier —explicó someramente.
Marianela tenía cuarenta y dos años, era viuda y tenía dos hijos: Javier, el mayor, y Robertito. Javier era un chico alegre, familiero, muy educado y cariñoso. Después que murió Andrés, su papá, se volvió reservado, independiente. Yo me había mostrado preocupado por él, le había dicho a mi amiga que estuviera atenta, que no lo veía bien.
—Tenías razón cuando me advertiste de Javier. Pero yo creía que estaba al tanto de todo lo que hacía. Le preguntaba a dónde iba. Le decía que no me gustaba que fuera a bailar a esos boliches… —se larga a llorar.
—Contame qué pasa —traté de tranquilizarla.
—Se está drogando.
—¿Cómo? —atiné a preguntar, a pesar de mi sorpresa, aunque tenía la intuición que se trataba de algo así: alcohol o droga, en el fondo tenía la esperanza de que fuera solo por la tristeza de haber perdido a su padre.
—Sí, no sé cómo pasó. Hace unos días encontré escondido, en el placar de su pieza, un sobrecito con un polvo blanco y una jeringa.
—¿Estás segura?... —dudé.
—¡Sí!— gritó enojada por su desgracia—. Me lo confirmó una amiga que trabaja en el Cuerpo de médicos forenses.
Me costó un poco recuperar el aliento. La noticia fue como un mazazo. Romina y yo lo queremos mucho a Javier; para nosotros es como un sobrino, si hasta nos llama tíos. Mi cabeza era un torbellino de sensaciones, preguntas sin respuesta y pensamientos confusos. ¿En qué momento se había perdido el contacto entre la madre y su hijo? ¿Era Marianella el tipo de madre que no se ocupa de sus hijo? No, por supuesto que sabía que la respuesta era negativa. Tal vez suceda frente a su nariz misma. Me exigí tranquilizarme. No podía sumarle más desesparación, Marianela necesitaba alguien que la ayude a pensar. Al fin me tranquilicé, los pensamientos confusos daban paso a ideas claras.
—Mirá, antes que nada quiero que sepas que podés contar con Romina y conmigo para todo lo que necesites.
—Gracias.
—¡Si! ¡Cuando digo todo, es todo!. Lo que necesites: plata, que hablemos con él, buscar quién lo ayude, lo que sea ¡Eh!
—Gracias. Es un alivio, para mí, saber que están ustedes. Desde que murió Andrés me siento muy sola, no tengo mucho contacto con la familia y tengo que hacerme cargo de todo —confesó algo más aliviada.
—Mañana te voy a poner en contacto con un amigo, que es psiquiatra, y que trabaja en un programa de ayuda para el adicto.
—¿Es de confianza?
—Si, de mucha confianza. Es amigo mío desde chico y sé que es un excelente profesional.
Nuevamente me agradeció inmersa en un mar de lágrimas, aunque con una pequeña sonrisa dibujada por una renovada esperanza. La abrazé y me despedí con la promesa de visitarla prontamente y si era necesario, acompañarla a la entrevista con mi amigo.
Me fui a casa preocupado, si bien deje a Marianela más tranquila, tenía una espina en el alma. ¿Cómo podía ser que haya sucedido eso? Yo la conozco bien, no es una madre despreocupada, que no le importa lo que hacen sus hijos. Al contrario si me hubieran preguntado habría dicho que se ocupaba demasiado. Pero la verdad es que mi corazón estaba estrujado no por lo que le había pasado a mi amiga, sino que me había dado cuenta que eso mismo me puede pasar con Lautaro, mi hijo de quince años o con Santi, que a pesar de su tres añitos, algún día se va a enfrentar con estos problemas. ¿Qué podía hacer yo para evitar esto? ¿Cómo sabría si era suficiente lo que hacía por cuidarlos? Porque es difícil cuidar a un adolecente, porque se sienten invadidos, le parece que no confían en ellos, no te escuchan. Ahí es cuando se me vino a la cabeza lo que me había pasado a la tarde en casa:
Me había levantado de la siesta, Romina había salido a comprar facturas, Lautaro estaba chateando y Santi dormía plácidamente en el sillón del living. Mientras ponía la pava en el fuego, escuché un golpe y después el llanto del bebé. Me acerqué corriendo, se había dado vuelta y caído al piso. Estaba dormido todavía. Lo levanté, le hice unos mimos y lo volví a acostar. Como pensé que se podía volver a caer le puse una silla al costado y volví a la cocina a controlar que no se hirviera el agua. Entonces ¡Zas! Ruido de silla que se corre, golpe y llanto. Sí, otra vez se había caído. Se fue llorando y se sentó en la escalera. Lo fui a buscar, le hice upa y lo apreté contra mi pecho para que siguiera durmiendo. Me senté con él en el sillón, lo dejé sobre mí un rato hasta que estuvo bien dormido, lo volví a acomodar sobre los almohadones, aunque esta vez lo puse atravesado, para que no rodara para afuera del sillón. Lo acompañe durante un rato, unos minutos apenas, hasta que confirmé que la posición en la que estaba acostado era segura. Finalmente se durmió tranquilo y no volvió a caerse.
¡Claro! Eso era la respuesta a mi angustia. La percepción de las cosas esta distante de la realidad, aunque parezca que las cosas son de una manera uno recibe apenas una versión incompleta de ella. A pesar de que me había preocupado poniéndole la silla para que no se cayera, no logré evitarlo. Había hecho una evaluación equivocada de mi ayuda, aunque después había actuado con mayor precaución, acompañándolo por más tiempo y cerciorándome que estaba seguro. Un pequeño acontecimiento que me enseñó a estar atento a los acontecimientos que se van dando en la educación de mis hijos.
A partir de ese día, tratamos, con Romina, de hablar más con Lautaro; de no confiarnos solo en lo que nos dice (porque no por mentiroso, sino más bien por miedo al castigo o a la reprobación, puede estar mintiéndonos); de estar atento a sus amistades; y sobre todo si creemos que en un lugar determinado corre peligro de caer en un vicio, como el de Javier o algún otro, no le damos permiso para ir. Preferimos que se enoje antes que dejarlo solo, con una personalidad que está en pleno desarrollo, enfrentando a una tentación tan grande y difícil de combatir. No es un camino fácil, pero tenemos claro que cuanto más cerca estemos de nuestros hijos, más podremos acompañarlos en su crecimiento, en la formación de una personalidad sana. El amor es la clave para todas estas cosas, a partir del amor podremos construir una relación de confianza y de diálogo, que nos ayude como familia y personas.

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