Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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domingo, 22 de agosto de 2021

El Tano

Cuento de Fernando Murano

Un cuento que voy a llevar siempre, como a mi amigo, en mi memoria y en mi corazón. 

Se lo digo a la Mari todo el tiempo, no puedo entender lo del Tano. Mirá que pienso y pienso y no me entra en la cabeza, es una locura, es una injusticia, qué se yo, hay tanto hijo de puta por ahí, viviendo lo más pancho… Y sí, a mí me afectó mucho lo del Tano.
¿Sabés lo qué pasa?, que desde que lo conocí en el almacén de don José fuimos muy unidos, es una cuestión de piel, nos dirigimos unas pocas palabras y ya sabíamos que seríamos grandes amigos. Él me lo confesó después, fue ese día que cerramos el almacén y nos tomamos el bondi para ir hasta Güerin a comer unas porciones de muza (porque el Tano jodía siempre con que la pizza esa era única y que no podía ser que yo no la haya probado). Mientras circulaban las porciones y la birra tirada, hablábamos de todo: de la vida, de la infancia, de fútbol, de Huracán, de minas, qué se yo, de todo. Ahí me lo dijo y me sorprendí, porque yo había sentido lo mismo, porque es como una especie de visión, como si hubiéramos sido amigos desde pendejos.
También me dijo que sólo le había pasado una vez cuando era pibe. Tenía trece y había conocido al Luisito en un veraneo, porque los viejos alquilaban siempre carpa en  el balneario Atlántico de San Clemente y ese año los viejos del Tano habían alquilado la carpa de al lado, y el mismo día que llegaron, ahí estaba el Luisito, haciendo jueguito con una pulpo, y apenas vio que se instalaba, lo invitó a jugar unos tiritos en la orilla. Y así, verano tras verano construyeron una amistad que llegó más allá de las vacaciones, tanto es así que hoy con el Luisito somos grandes amigos también. El quedó tan hecho mierda como yo, mirá que en tantos años nunca nos mamamos, que tomábamos mucho, no lo niego, pero nunca, nunca nos pusimos en pedo, y últimamente ya lo tuve que llevar a la casa dos veces totalmente escabiado. Pero lo entiendo, eh, porque si yo no me mamo es sólo porque me apolillo antes.
                Me acuerdo el primer día que entro a laburar en el almacén, yo estaba cortando fiambre para doña Rita y viene don José y me dice: “Pibe, te presento a Valentino, el hijo de la Rosina, te va a dar una mano para atender”, y el Tano de entrada nomás me hizo cagar de risa, mientras el viejo hablaba, él hacía que se desenroscaba una mano y me la daba. ¡Ay, qué hijo de puta, siempre jodiendo! Pero bien, eh, porque jodía todo el tiempo pero cuando tenía que laburar era una bestia. Cuando llegaban las fiestas y caían los camiones llenos de sidra, champán, pan dulce, turrones y qué sé yo cuántas otras boludeces, nos quedábamos hasta las once, las doce, dale que dale, hombro a hombro. Y aquella vez que a don José se le ocurrió que tenía que comprarle a un amigo toda la producción de naranjas de una quinta de San Pedro… ¡Cómo puteó el Tano cuando llegó el camión lleno de cajones! Pero al viejo no le dijo ni mu, puso el hombro y le metimos hasta las tres de la matina.
                ¿Y con las minas? ¡Ah, que recuerdos! ya habíamos salido con todas las pibas del barrio. Teníamos un código, si entraba una y uno de los dos le había echado el ojo decía: "me podés ir a buscar las latas de tomate al sótano", y mientras el otro desaparecía este se quedaba "atendiendo" a la minita. Claro, el problema era cuando nos gustaba a los dos, entonces prevalecía el más rápido, el más despierto. Igual, jamás nos peleamos por una mina, ni siquiera se nos pasó por la cabeza. Pero un día se nos acabó el jueguito... No me voy a olvidar más cuando conoció a la Rosita. Qué linda que estaba ese día, con esos faroles verdes, pollera roja, blusa y zapatos blancos y un moño rojo que le agarraba el pelo tirante. Apenas entró, el Tano cogoteó por encima de los quesos y se enamoró. Sí, amor a primera vista. Yo no creía mucho en eso del amor a primera vista pero el Tano quedó enloquecido, con decirte que estaba tan conmocionado que a la Rosita la tuve que atender yo, la piba se dio cuenta y se puso colorada. Al día siguiente cuando volvió la piba la atendió él, a los dos minutos la estaba haciendo reír como loca. A la semana ya la había invitado a salir y se habían puesto de novios, a los cinco meses se comprometieron y al año y medio se casaron por iglesia. El Tano era así, no andaba con vueltas, siempre a fondo.
                Cuando lo conocí al Tano no era muy creyente, como yo, bah. Siempre me decía: “y algo superior debe haber” pero no lo tenía muy claro, sus viejos eran católicos y él bautizado, pero no le venían muy bien los curas, les tenía bronca. Pero el día que se desbarrancó con el Fiat 600 en un camino de ripio de Córdoba todo cambió. Me contó que, mientras el auto daba vueltas como un lavarropas, lo único que se le cruzaba por la cabeza era pedirle a Dios que lo salve, y mientras los bomberos (que no podían creer que estuviese ileso) lo sacaban de entre la maraña de fierros juró que no faltaría a ni una sola misa. Y así lo hizo, che, encontró un grupo en la parroquia de acá a la vuelta y cumplió con su promesa. A partir de ahí, día por medio, me rompía los quinotos para que vaya. Pobre, siempre se preocupó por mí y yo lo único que hice fue sacarlo vendiendo almanaques, una y otra vez. Hasta que se enfermó. Mirá, digo “se enfermó” y ya se me humedecen los ojos, se me hace un nudo en la garganta.
                Cuando se enfermó —otra vez lo digo, la puchatenían cuatro pibes con la Rosita. Me acuerdo que se había hecho unos estudios porque andaba medio mareado, vino y me lo dijo así nomás, sin anestesia: “Flaco, tengo la papa”. ¡Ay, la puta madre, lo que lloré ese día! Con decirte que él terminó consolándome a mí, ¡él, que tenía que estar destruido! Ya desde ahí que mucho no entiendo. ¿Vos te crees que cambió su sentido del humor? Un carajo, siguió igual o peor, jodía con los clientes, con el pibe del reparto, conmigo y hasta lo hacía reír a don José, que ya es bastante decir. Eso sí, en ese tiempo, cuando se enteró de la enfermedad, no andaba muy bien con la Rosita, me contaba todos los días que discutían por cualquier boludez, que no se tiraban los platos porque no tenían plata para comprar otros, que si no se separaban era por los pibes. Pero apenas le dijo lo del cáncer  a su mujer, todo cambió. Me contaba que Rafael, el cura de la parroquia, los ayudó mucho, les decía —y esto la verdad que a mí no me entra en la cabeza— que la enfermedad era una gracia, que Dios la había permitido para que ellos pudieran amarse, reconstruir su matrimonio.  “¿Qué boludez es esa? ¿Cómo Dios se la va a agarrar con este pibe que es más bueno que el pan?” pensaba yo, aunque a él no le decía nada. La verdad es que, boludez o no, a partir de ese momento, su relación con Rosita cambió totalmente, no te voy a negar que al principio les fue difícil, que ella estaba preocupada y angustiada, pero de a poco la cosa fue cambiando, con decirte que ella  dos veces por día pasaba por el almacén para ver como andaba el Tano y le traía unas barritas de ese chocolate que lo volvía loco, le dejaban a los pibes a la vieja de ella y se iban al cine, a comer afuera, al teatro. ¿Qué carajo estaba pasando? Este tipo que tendría que tener el ánimo por el suelo, estaba tranquilo, contento cada día por estar vivo y disfrutando de una nueva luna de miel con su señora y de cada segundo compartido con sus hijos. Un día lo agarré y le pregunté si no estaba loco —porque hay que estar chiflado para tener cáncer y vivir como si nada—. “¿Vos te crees que no tengo miedo de morirme?... estoy cagado hasta las patas, pero todos los días, después que rezamos con la Rosita a la mañana y a la noche, no sé, es como que me vuelve el alma al cuerpo, pienso en el cielo y se me va el miedo”. Cuando vino y me contó que el doctor le dijo que había una remisión total del cáncer pensé que de verdad Dios existía y que el cura tenía razón, que todo había sido para que su matrimonio cambiara. Por eso cuando, seis meses después, le volvieron a dar mal los análisis se me vino la estantería abajo. En sólo un mes cayó en cama y no pudo volver al laburo.
                Le pedí permiso al pobre don José y casi que me quedé a vivir en el  hospital, un poco para estar con él y otro para darle una mano a la Rosita. Qué querés que te diga, yo estaba hecho mierda, y el médico nos decía que le digamos que ya está, que como mucho va a vivir un par de días más. Y no entiendo, ahí estaba tranquilo, mientras le contábamos que chau, que se terminaba, que no había nada más que hacer, y él sereno, y yo con una angustia que parecía que era yo el que se iba morir. Nunca voy a poder olvidarme de cuando la Rosita lloraba a moco tendido y él le preguntaba por qué lloraba y ella le decía que porque lo veía sufrir y él le contestaba que más había sufrido Jesucristo por él. Yo nunca entendí esto de la religión, pero si existió un hombre con fe, ese fue el Tano, si hasta se despidió de sus hijos diciéndoles que no se olviden nunca de Dios, que Dios era fiel.

                Como dije desde el principio, yo no entiendo por qué se me lo llevaron al Tano tan pronto, por qué un tipo tan bueno, tan compañero, tan fiel, tiene que dar las hurras sin haber vivido, ni siquiera, la mitad de una vida como la gente. Lo único que yo sé es que quiero ser feliz con mi familia como lo fue el Tano con la suya, vivir cada día como vivió el Tano los suyos y cuando me muera quiero morirme como se murió el Tano.  El Luisito me dice que no sea tan boludo, que me dé cuenta que el Tano era así porque creía en Dios, porque creía en que la vida no se termina con la muerte. Y no sé, puede ser, qué se yo… lo extraño tanto al Tano que soy capaz de creer que hay otra vida con tal de volverme a juntar con él y charlar de lo que vivimos juntos, y cagarnos de risa de boludeces y hacerle jodas a Don José y comer un cacho de pizza. Y no sé, soy capaz… con tal de volverlo a ver, soy capaz…

Escrito en memoria de Daniel Menéndez.



Licencia Creative Commons
El Tano por Fernando Murano se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en fernandomurano.blogspot.com.

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martes, 3 de agosto de 2021

El pozo

 de Fernando Murano

Ese día había amanecido con un frío insoportable. En el campo suele hacer frío a las cinco o seis de la mañana, pero ese día parecía que iban a congelárseme los huesos. Digo los huesos porque en la carne ya había perdido la sensibilidad.

No sé si eso tendría algo ver con lo que iba a pasar un rato después. Los expertos dicen que podría tener alguna relación. Yo me pregunto algo al respecto. Me refiero a los “expertos” y no al frío. ¿Por qué carajo les dicen expertos a unos cuántos tipos que, básicamente nos explican las cosas que no sabemos, diciéndonos que es prematuro hacer conjeturas sobre la cuestión? Si sos experto tenés que saber, macho, sino sos uno más de los mortales que ignoran el 99,99% de las cosas que ocurren en el universo.

La cuestión es que, como todos los días a las cuatro y media en punto, sonó el despertador unos minutos antes de que cante Gardelito, el gallo más viejo de la estancia. Puse la pava y preparé el mate con la técnica ceremonial que me había enseñado mi viejo el mismo día que cumplí los doce. “Vení, Gerardo, que hoy empezás a ser un hombre de campo” me dijo desde la cocina sin mediar siquiera un “feliz cumpleaños”.

Cinco en punto estaba subiendo a la Juanita ‑así le había puesto mi hermano a la chata.- para poner rumbo al pueblo a comprar las semillas en la forrajera. Si no quería hacer patinaje en cuatro ruedas, tenía que tener cuidado con los surcos llenos de agua que había dejado la lluvia del día anterior porque se habían congelado.

Aún no había clareado y la visibilidad no era la mejor. Iba concentrado en evitar todo posible punto resbaladizo cuando casi desaparezco de la superficie de la tierra, literalmente. Fue casi como una premonición, de otro modo no entiendo como clavé los frenos y después de derrapar en el barro unos 30 metros quedé al borde del precipicio.

Vea usted, si hay algo que es raro encontrar en la pampa son los precipicios pero más raro que eso es que un camino termine en uno.

La camioneta había quedado con dos ruedas mirando hacia el fondo del pozo más grande que había visto en mi vida. Si no estuviese seguro de que, por la distancia que había desde casa a ese lugar tendría que haber escuchado el estruendo del impacto, pensaría que había caído un meteorito de 30 metros de diámetro. Además, si hubiera caído uno, estaría en el fondo del pozo.

Gracias a Dios la chata es 4 x 4 y pude retroceder en seguida. No sé cuánto habría resistido el borde del pozo hasta desmoronarse llevándome a la Juanita y a mí a una muerte segura. Me bajé y me acerqué con mucho cuidado hasta el cráter que se abría frente a mí, en el mismo lugar donde unas horas antes solo había tierra y pasto. Decirle precipicio a un pozo de 10  metros de profundidad y 30 metros de diámetro es un poco exagerado, sin embargo, no es exagerado decir que encontrárselo en el medio del camino es acojonante.

Incluso diría que lo más acojonante no es el tamaño, sino el ponerse a pensar cómo apareció eso ahí. La respuesta más fácil, y la que primero me vino a la cabeza, es echarle la culpa a los extraterrestres,  hipótesis altamente incomprobable. La segunda que se me ocurrió, y que quizás sea la más probable, es que haya sido una falla tectónica. Todos alguna vez escuchamos en un noticiero o estudiamos en el colegio sobre este tipo de fenómenos naturales.

Mientras le daba forma a esa segunda teoría me sentí como embriagado por la idea de encontrar algún otro tipo de explicación que quedase a mitad de camino entre el delirio y la lógica, entre la fantasía y la ciencia, entre las habladurías y los estudios científicos.

Cuánto me habrá extasiado la posibilidad de encontrar una respuesta a semejante suceso, fuese natural o no, que durante toda la noche no pude pegar un ojo. En mi cabeza iban y venían como alocados los pensamientos más delirantes. Ideas estúpidas que daban paso a especulaciones perspicaces, pero enseguida eran devoradas por pensamientos místicos que perdían fuerza cuando aparecían hipótesis sesudas. Un torbellino de genialidades y tonterías por partes iguales.

Cosas de ciencia ficción como que se había abierto un portal dimensional que al cerrarse había consumido la masa equivalente al volumen del pozo o que se había producido una falla gravitacional localizada. Otras científicas, como que el agujero monumental había sido provocado por un eructo de gases provenientes del magma del centro de la tierra. Algunas más afiebradas como las de una manada de topos gigantes voraces y otras conspirativas como las de un rayo desintegrador disparado por una nave yanqui ultra secreta.

Debo decir que varias veces retomé como posibilidad la hipótesis del meteorito, pues el agua del fondo del pozo podría estar ocultándolo, y hasta me dije que si no había escuchado el estruendo era culpa del profundo sueño en el que me había sumido el guiso de lentejas y los dos vasos de vino antes dormir.

En mis ratos de lucidez rogaba para que al día siguiente, luego de que les avisase sobre esta misteriosa aparición, el gobierno mandara los expertos que había prometido.

En fin, los expertos vinieron, y como dijera antes, nada explicaron. Es así como llevo más de tres meses haciendo elucubraciones y jugándome la cordura noche tras noche. Si alguien cree saber cómo se ha producido este pozo a escala de dinosaurio, le pido encarecidamente que lo escriba aquí debajo en los comentarios. 

Mi salud mental se lo agradecerá.


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lunes, 5 de julio de 2021

La casa de los nonos

   De Fernando Murano

Cuando Raúl me llamó y me pidió que nos encontremos en la casa de los nonos me fastidié un poco. Ya había hecho planes para plantificarme delante de la radio a escuchar la previa del domingo, enterarme de las novedades de la formación de Boca, posibles incorporaciones, si se iba el tronco de Belautti o si por fin me ganaría la camiseta firmada por los jugadores.

—A las tres — dijo Raúl.

“¿A las tres?” pensé con odio, pero le respondí— A las tres nos vemos.

Ya habían pasado dos meses desde que murió el Nono. Le había costado los primeros tiempos después de que la Nona se entregara y no quisiera luchar para salir adelante de una infección renal que la había tenido postrada varios meses, pero con la ayuda de los hijos y los nietos, Vicente la remó y salió de la depresión. Diez años más estuvo con nosotros.

Mi viejo nos pidió que nos hiciéramos cargo de repartir las cosas de la casa. Algunos querían guardar algún recuerdo, a otros le venía bien algo para su casa. Era la ley de la vida, mi viejo lo sabía, pero ahí había vivido hasta los treinta años. Sólo tener que estar un rato en esa casa, ahora sin vida, era doloroso para él.

El domingo amaneció caluroso, la humedad era sofocante. Me arrepentí de haber caminado las siete cuadras que hay desde mi casa hasta la de los nonos, tendría que haber ido con el auto y el aire acondicionado al mango. Encima venía con la cabeza llena de preocupaciones del negocio. ¿Quién me mandó a mí a ponerme una ferretería en este país? Abrís un negocio y tenés que ser dueño, empleado, contador, abogado, experto en habilitaciones y no sé cuántas especialidades más. Madre mía.

Apenas la empujé, la puertita de reja de la entrada cantó su chillido característico. Nada de engrasar las bisagras, estaba muy bien que sonara, era como tocar el timbre para avisar que habías llegado. Claro que en ese momento no había nadie para escucharlas. Raúl, ni de casualidad, llegaba nunca menos de quince minutos tarde.

Lo raro pasó después. Apenas cerré la puerta de entrada y quedé a oscuras en el living comedor sentí enseguida el fresco del lugar, ni siquiera en días como ese hacía calor. Creo que era porque siempre estaba cerrado y solo se usaba para los cumpleaños y las fiestas de fin de año.

Esa sensación hizo que, de repente, mi cabeza se despejara de todas las preocupaciones que me habían acompañado desde casa y volviera cuarenta años para atrás.

Por eso no me extraño cuando me pareció escuchar la voz de la Nona.

—Jorgito, vení que te preparé la leche.

Después de abrir las persianas fui hasta la cocina. La taza con el Nesquik y las galletitas boca de dama estaban sobre la vieja mesa de madera del comedor diario. De espaldas, desde la cocina y mientras cortaba unas verduras para la cena la abuela me dijo.

—Dale, pichón, tomá la leche que se enfría.

"¿Se enfría?" pensé. Es raro, no hacía calor ahora.

Mientras la chocolatada iba dibujándome unos mostachos en la cara me quedé mirando la mesa. Estaba llena de ñoquis. No los había visto cuando entré. En la otra punta estaba el Nono Vicente meta enrular ñoquis con una tablita de madera. Uy, qué rico vamos a cenar me dije.

—¿Terminaste la leche, Jorgito? —preguntó el Nono.

—Sí, toda.

—Entonces, si querés, anda un rato a jugar al patio.

            No me lo tuvo que decir dos veces. Salí corriendo.

Afuera sí que hacía calor, las baldosas gastadas del patio estaban recalentadas por el sol de las tarde, incluso las que estaban abajo de la parra. En un pestañear de ojos una nube oscureció todo y se largó uno de esos chaparrones que te dejan hecho sopa. No duró más de un par de minutos, pero fue suficiente para dejar las baldosas a la temperatura ideal. Pero lo mejor de todo era el olor que subía desde el piso. Era el aroma de la felicidad, de la inocencia, de la mente solo ocupada en escribir el libreto de la próxima batalla de soldaditos o el de la carrera de autitos.

Más atrás, en el jardín, estaba el glorioso ciruelo. De sólo ver colgando esas ciruelas negras y gigantes se me hizo agua a la boca. Salí corriendo para adentro, no había porqué sufrir, en la vieja heladera Siam, la Nona guardaba, en una batea llena de agua helada, unas cuantas de las ciruelas más ricas del mundo. ¡Qué disfrute el morderla y que el jugo dulce y frío me chorree por las comisuras de la boca! Cerré los ojos para deleitar más mis sentidos. Cuando los abrí, en la cocina y el comedor no había nadie. Ese lugar era el corazón de la casa, era un espacio enorme y único donde la familia pasaba el setenta por ciento de su vida.

—Pichón, vení a dormir una siesta que te cuento unos cuentos –me llamó la nona desde la habitación que había sido de mi viejo y de mi tío.

En la otra seguramente estaría Vicente recostado. La abuela era piola, no quería que en ese rato hiciera algún ruido que pudiera despertarlo.

Me acosté a su lado y me contó los cuentos que ya había escuchado mil veces, pero mil veces me gustaba que me los contara. Sin embargo lo mejor vino después, cuando me cantó la canción de Mambrú, y después la de la blanca paloma. Cantaba lindo la Nona. Mientras mis oídos se endulzaban con su voz melodiosa mis párpados se fueron haciendo tan pesados que no pudieron mantenerse abiertos.

Después sólo recuerdo escuchar la voz de Raúl a lo lejos.

Jorge… Jorge… Jorge… Jorge… ¡JORGE!

Abrí los ojos. Estaba parado en la cocina, con las manos en los bolsillos mirando por la ventana hacia el patio.

—¿Qué pasó? –pregunté sobresaltado.

—¿En qué estabas pensando? –me preguntó.

Hice un esfuerzo para recordar pero tenía la mente en blanco.

—En nada, qué se yo –contesté para salir del paso.

Lo miré fijo durante unos segundos y ahí me vino la pregunta a la cabeza.

— ¿Te parece que el Toto lo va a poner a Belautti?


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jueves, 2 de agosto de 2012

LOS TÚNELES DEL KRAUSE

Cuento de Fernando Murano con prólogo de Pepe Vassallo.

 








PRÓLOGO

                 Pasaron más de 25 años y evidentemente hay cosas que no se olvidan, a veces olvidamos algunos acontecimientos importantes y muchos más recientes,  pero vaya  a saber por qué extraño mecanismo de la mente,  aquellos  mucho más antiguos permanecen intactos en el recuerdo.
                Teniendo en cuenta que no hay verdades absolutas y que la afirmación anterior podría no ser cierta para todos los casos, es que el autor decide plasmar en este fantástico relato aquellas vivencias que durante un tiempo nos hicieron felices y que seguramente por eso no podemos ni queremos olvidar, porque de eso trata la vida de tratar de hilar pequeños momentos de felicidad uno tras otro.
                Creo que estos acontecimientos marcaron para siempre nuestra vida, de hecho los seguimos recordando con la misma pasión y nos seguimos abrazando a ellos, casi como si el tiempo se hubiera detenido en aquellos bellos años.
                Si bien no existe un concepto que defina la palabra felicidad, creo que para la gran mayoría de nosotros se pareció mucho a lo que vivimos por aquellos días, por eso rescato el enorme valor de este relato, que seguramente no es exacto, pero pinta con gran honestidad intelectual  la esencia de aquel momento. 
                 Espero sepan ustedes disimular algunos errores, en nombres, fechas, acontecimientos simultáneos , cambios de personajes, omisiones piadosas y omisiones inevitables debidas entre otras cosas al inexorable paso del tiempo y también a la avanzada edad del autor y su colaborador.

 “Pepe” Vassallo
                  
 INTRODUCCIÓN.
Casi sobre el final, cuando el partido transita pegajoso e indefectible hacia un cero a cero soporífero, el Pulpo se filtra entre los dos marcadores centrales con más de oportunismo que de agilidad, se ubica a sólo un metro del arco, ligeramente más cerca del primer palo, casi a la par del arquero que espera con las piernas abiertas y las manos levantadas que el Gallego Gómez, que juega de ocho pero que está en posición de win, tire el centro. El Gallego pisa la línea imaginaria del área y saca un violento tiro que pretende colarse junto al palo. De no ser por los reflejos eléctricos del arquero, que interpone la mano derecha en la trayectoria, hubiese sido un golazo.  Para desgracia del flaco desgarbado que ataja, la pelota sale como imantada hacía nuestro centro delantero estrella, que con un gran gesto técnico se la lleva por delante, golpeándola a la altura del muslo derecho, casi como haciéndole un homenaje al partido, y la pelota se eleva describiendo una trayectoria en forma de espiral y rebota contra el travesaño. El flaco, que parece no estar en su día de suerte, vuelve hacia el centro desesperado y golpea la pelota involuntariamente con la cara mandándola hacia dentro del arco. Un gol tipo, una perfecta sinopsis de la historia goleadora de nuestro ilustre centro delantero, Fabricio “el Pulpo” Lupi.  

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martes, 4 de enero de 2011

El desenlace



Fernando respiró angustiado, sus pulmones, oprimidos por la tensión, apenas si dejaban ingresar el aire. Hizo un esfuerzo doloroso para llenarlos. Su frente húmeda derramaba, a intervalos regulares, gotas pequeñas y frías sobre sus piernas que se juntaban temblorosas, apoyando rodilla contra rodilla. Las manos crispadas se agarrotaban sobre una vieja prenda roja, los labios balbuceaban incomprensibles e inaudibles oraciones. Los ojos fijos en la escena que, frente a él, se desplegaba cruel. El resultado de ella no le sería indiferente, pensó que, cualquiera fuera el desenlace, ya no volvería a ser el mismo.
Cada tanto entrecerraba los ojos, imaginando, quizás, que al abrirlos todo habría concluido, que el sufrimiento intenso, que se le clavaba como una estaca filosa en el fondo de su alma, cesaría. Rogó a Dios, a la virgen, perjuró infinitas promesas, prometió ser más bueno, más generoso, incluso, fiel. No conforme, y temeroso de que sus ruegos fueran vanos, conjuró a dioses paganos y aunque hasta pensó en pactos diabólicos, un temor mayor le disipó esas estúpidas ideas.
El desenlace se demoraba, y cansado ya por la penosa tensión que estrangulaba cada uno de sus músculos, cerró los ojos con la intención de no abrirlos hasta que todo haya concluido. En la oscuridad interior sólo percibía el ritmo agitado de su respiración y el golpeteo sordo de sus huesudas rodillas. Una intuición vaga hizo que dejara de respirar y que permaneciera inmóvil durante un par de segundos. El aire se agitó movido por el sonido que venía de la casa vecina y que se colaba por las ventanas. Un leve rumor cosquilleó las membranas de sus oídos. Sí, ya podía percibir, algo había sucedido, la sentencia estaba dictada. El rumor se hizo estruendo, el grito inundó la habitación.
Fernando sonrió, exhaló el aliento contenido, abrió lentamente los ojos y comprobó en la pantalla del televisor lo que sus oídos le habían anticipado. Frente a él Tuzzio corría desorbitado, gritando su gol, el gol con el que Independiente ganaba, después de muchos años, otro título internacional. Fernando ya no gritó, sólo se recostó contra el respaldo de su silla y mientras recuperaba la tranquilidad de su respiración, sonrió aliviado y pensó con cuál de todos santos y dioses invocados estaba en deuda. 



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martes, 19 de octubre de 2010

Partidos Increíbles



El señor Eleodoro se recostó sobre el mullido sillón de cuero negro que le protegía holgadamente las espaldas. Tomó un cigarro de una caja de madera forrada en plata repujada, lo acomodó entre sus groseros y morados labios, hizo arder la punta con un viejo encendedor de bencina, aspiró hondo entrecerrando los ojos y segundos después exhaló una asfixiante bocanada de humo gris con olor a chocolate. Luego de un momento abrió sus ojos inquietantes y negros. Mantuvo la mirada durante algunos segundos y preguntó con aire misterioso:
—¿Sarleti, sabe usted cuántos hinchas tiene Vélez?
—¿Cuántos hinchas tiene Vélez? —pregunté desorientado—. No tengo la más pálida idea.
—Usted es periodista, debería saberlo, Sarleti —dijo entre enojado e irónico.
—Es verdad, pero las estadísticas nunca fueron mi fuerte —me sinceré.
—Ocho cientos cincuenta mil trescientos.
—¿Cómo lo sabe con tanta exactitud? —pregunté incrédulo.
—Nosotros manejamos mucha información —contestó escuetamente.
—¿Quién se la proporciona?

El doctor Eleodoro Álvarez, presidente de la subcomisión de asuntos del hincha de la AFA, socio activo del club de leones de Devoto, se levantó de su sillón y caminó mecánicamente hasta la ventana, miró sin inquietarse el hormigueo incesante que dominaba la avenida Corrientes. Resultaba extraño que las ventanas no se hubiesen empañado a consecuencia del gélido atardecer que se abatía sobre la ciudad de Buenos Aires. No menos extraño resultaba que tuviésemos que soportar tres grados en pleno verano. Esa tarde todo me parecía tan exótico como esa reunión a la que había sido convocado.
—No me ha respondido. ¿Quién le proporciona la información?
Álvarez parecía titubear, pero si me había convocado, ¿por qué no confiar en mí? Un pensamiento oscuro cruzó por mi cabeza. ¿Estaría seguro en ese lugar? Los acontecimientos recientes no resultaban del todo alentadores. Al fin, dejó de mirar la calle y volvió a mirarme con gesto adusto.
—Esa información es secreta—contestó mientras se peinaba suavemente con los dedos su tupido bigote—. No sea indiscreto, no le conviene saber tanto, Sarleti.
—Debe usted contestarme, el gobierno ¿está involucrado?
—Yo no he dicho eso.
—Sospecho de ellos.
—¿Sospecha? ¡Ay, Sarleti!, me extraña. ¿Es usted periodista?
—¿Confirma mi sospecha?, ¿es todo cierto? —pregunté, incrédulo aún.
—Me agota usted, Sarleti… —resopló fastidiado— ¡Por supuesto, hombre! , tan real como el frío que hace ahí afuera.
Para que se entienda esta conversación, será conveniente detenernos en este punto del relato y remontarnos dos años atrás.
Durante el verano de 1983, luego de un extenuante período de trabajo en el diario, me encontraba de vacaciones en las playas de San Bernardo. Ese día el calor había sido tan agobiante que, con los muchachos de las carpas, tuvimos que refugiarnos en los aires refrigerados del bar del balneario. Mientras disfrutábamos de una cerveza bien helada despuntábamos el vicio jugando al truco. La cosa venía pareja, bastante conversada y los ánimos tan caldeados cómo el clima.
—¡Quiero vale cuatro! —gritó Enrique.
—Quiero —murmuró displicente, Fito—. Dale, jugá, sos mano.
Enrique, algo pálido, largó un ancho de copas. Pedro y yo, cumpliendo con un simple trámite, nos descartamos un cuatro y un seis respectivamente.
—¿Con esa porquería me querías apurar, Enrique? ¿No querés nada más? —se envalentonó Fito—. Van a tener que seguir laburando —dijo y tiró, con burlona violencia, un siete bravo.
—¡Grande, Fito, me parece que van a dormir afuera! —rió Pedro y con fingida misericordia agregó—. Por lo menos no hace frío.
—¿Sabés lo que pasa, Pedro? Es de Vélez, perdedor por naturaleza —golpeó de nuevo Fito, disfrutando del momento.
La calentura que tenía Enrique resultó el disparador ideal para que contara una anécdota suya que cambiaría mi vida.
—¿No ves que sos un gil, Fito? ¿Vos sabés por qué me hice del Fortín?
—Por tu viejo —arriesgó Fito.
Enrique nunca se había bancado mucho la soberbia de Fito, que cuando se proponía romper las bolas era campeón mundial. Y encima se la agarraba con él, justo con Enrique, que era un gentleman, un tipo bonachón y tranquilo, un pan de Dios.
—¿Te das cuenta, Roberto? —dijo Enrique, señalando a Fito con un cabezazo despectivo y arqueando las cejas—. ¡Nada que ver! Mi viejo es de Boca. Yo nunca le di bola al fútbol.
—¿Y por qué sos de Vélez?
—Yo no era de ningún club, si me apuraban mucho decía que era bostero. Pero un día vino el Panza y me dijo: “El domingo tenés que venir a la cancha, jugamos con San Lorenzo, si ganamos ¡casi somos campeones!, en cambio ellos están luchando por el descenso ¡Se van a jugar la vida! Va a ser un partidazo, Enrique”. Y bueno, me pareció emocionante y fui.
—Claro, seguro que ganó y por eso te hiciste de Vélez —conjeturó Fito, dando por concluida la anécdota, mientras juntaba las cartas para seguir el partido.
—No.
—¿Y entonces? —pregunté con desencanto.
En aquel momento se le iluminó la cara. Con la mirada perdida en el cielorraso parecía recordar algo que le causaba gran satisfacción. Bajó la vista y sin dejar de sonreír comenzó su relato:
—La cancha estaba hasta las bolas —dijo como si la estuviera viendo—. Con decirte que tardamos veinte minutos para llegar caminando desde Juan B. Justo y General Paz. Menos mal que el Panza tenía un amigo dirigente que le consiguió dos plateas bajas, desde ahí se veía bárbaro.
—Dale repartí, Rodolfo —suplicó Fito, aburrido.
—De arranque, a los 3’ nomás, “el Pepe” Castro hizo una doble pared con Ischia por la derecha y mandó el centro al corazón del área, Carlitos Bianchi, con elegancia, la desinfló en el pecho y antes que toque el suelo, con un zurdazo cruzado, la clavó en un ángulo. ¡No saben lo que era la cancha! —bramó Enrique—. En la popular se armó una avalancha tremenda, no sé cómo no se mató nadie. San Lorenzo, como si le hubiesen mojado la oreja, salió enfurecido a buscar el empate. La verdad, la pasamos bastante mal, con decirte que nos metieron dos tiros en los palos y tres veces tuvo que volar Cousillas para tirarla al córner —hizo el gesto del arquero estirando el brazo y la mano por sobre su cabeza.
Se detuvo unos instantes, mientras se servía Coca para humedecer la garganta.
—¿Y qué pasó, Enrique? —urgió ahora Fito, que es futbolero de ley no se pudo resistir la incertidumbre del resultado.
—Y así anduvimos, rezando casi media hora… —continuó, con cara de sufrimiento—. Hasta que en el minuto treinta y cinco, Piazza mandó un pelotazo de cuarenta metros que le cayó a Dante Sanabria que venía picando con la velocidad de un rayo. La dominó con poco esfuerzo y la llevó atada casi hasta el área, con una frenada y un enganche dejó tirado en el piso a Capurro que cerraba tardíamente, levantó la cabeza y se la tocó al medio a Carlitos que venía como una locomotora. ¿Sabés lo que hizo?... —con los ojos abiertos de par en par y una sonrisa infinita, se paró para darle más intriga al relato.
A esa altura no sólo había logrado la atención de todos los muchachos y mía sino que, además, se habían acercado tres o cuatro pibes que estaban jugando en los fichines. Aunque Enrique no sea muy futbolero, tiene una magia especial para contar anécdotas, te la vende bien, por algo es un buen vendedor de electrodomésticos.
—Dale, Enrique, dejate de joder. Terminá de una vez —supliqué, agitando las manos, angustiado por la necesidad de saber qué pasaba.
—Cuando le salió el arquero a atorarlo, con la puntita del botín, acarició bien abajo a la número cinco, que salió describiendo una parábola perfecta por encima del manotón desesperado de Cousillas. La pelota pegó en el travesaño, picó sobre la línea… —hizo una última pausa—… y por el efecto que tenía o porque picó en alguna montañita de pasto, entró al arco pidiendo permiso. ¡Qué golazo, qué golazo! —repetía moviendo los puños apretado hacia arriba y hacia abajo—. Ahí sí, casi se cae la cancha. Los cuervos sintieron el golpe y Vélez aprovechó para meterle un baile bárbaro. No la podían agarrar. Y claro, por decantación vino el tercero, con un cabezazo de Larraquy. “Viste, Enrique, no podías faltar”, me gritó emocionado hasta las lágrimas el Panza. Yo a esa altura me sentía el hincha de Vélez más fanático del estadio, qué digo del estadio… ¡del mundo! Pero claro, no todas son rosas: Moralejo, por levantar por el aire a la Chancha Rinaldi, se hizo expulsar infantilmente. ¿Qué necesidad tenía?, decime, ¿qué necesidad? —me miró indignado—. Entonces San Lorenzo se vino con todo. Esta vez no pudimos aguantar. A los cuarenta y cinco clavados del primer tiempo, el Gringo Scotta metió uno de esos zapatazos furibundos que son su marca registrada, y a pesar del esfuerzo de Bertero, la mandó a guardar. La fiesta se transformó en un velorio. El entretiempo nos pareció que duraba una eternidad. El Panza se agarraba la cabeza y no paraba de putear al pobre Moralejo.
—Pero si iban ganando tres a uno —observó un pibe flacucho y rubiecito que estaba parado al lado mío.
—Sí, pibe, pero faltaba un tiempo completo, la diferencia era sólo de dos goles y estábamos con uno menos, además, si hubieras visto cómo jugó San Lorenzo esos últimos minutos del primer tiempo, vos también te hubieras preocupado —su rostro angustiado volvía a sufrir el momento—. Sabés, nene, los temores se nos hicieron realidad en sólo cinco minutos. San Lorenzo salió como un verdadero ciclón y en el tercer avance le dieron un penal, ¡bien cobrado, eh! Y ya estábamos tres a dos. Pero ahí nuevamente surgió la garra fortinera. Otra vez figura Bertero y los palos. La gente se animó y alentaba como loca. Ojo, los cuervos también cantaban sin parar. ¡La cancha hervía! Querés creer que faltando dos minutos, Perazzo eludió a Piazza, a López y la metió por el segundo palo con un tiro a colocar. El baldazo de agua fría calmó los ánimos de nuestra hinchada, pero claro, impulsados por el gol y por la popu, San Lorenzo ahora lo quería ganar. El árbitro cobró una falta de Ischia en la puerta del área. ¡Mamita, qué sufrimiento! Entonces sí, apareció el grito del alma, el grito de una hinchada agradecida por los huevos que habían puesto sus jugadores, por el buen fútbol al que nunca se había resignado a dejar de jugar el equipo, apareció ese grito que quería, a como diera lugar, sostener ese valioso empate. Ese grito: “¡El fortín! ¡El fortín!” que brotó espontáneo, selló para siempre mi fanatismo por Vélez —dijo Enrique con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.
—Sí, sí, muy conmovedor el grito, pero, ¿qué pasó con el tiro libre? —protestó, quisquilloso, Fito.
—Ah, sí, sí, el tiro libre… —suspiró Enrique. Se recostó contra el respaldo y sonrió—. La agarró la Chancha, la acomodó dos metros hacia la izquierda de la media luna, se paró con las manos en la cintura, la vista en el arco, con pinta de crack. Corrió hacia la pelota, le metió un chanfle perfecto de derecha. La pelota viajaba implacable hacia el gol, imaginate, la puta madre, se me venía el alma abajo, tanto sufrimiento… ¿justo ahora, en tiempo cumplido, nos iban a ganar? Durante ese segundo, o fracción, que tardó la pelota en llegar hasta el arco hubo un silencio mortal. Se cumplía el destino inevitable, el desastre tan temido —imitando el tono de un relator—, pero apareció el guante colorado de Bertero, que parecía colgado con alambres del travesaño, volando para convertir lo imposible en real. La rozó con la punta de los dedos, apenitas, creo que si se cortaba las uñas no la alcanzaba. Y la pelota, milimétricamente desviada, pegó en el palo derecho y se fue al córner. Pero ya no había tiempo, Lousteau marcó el centro del campo y pitó el final. ¡Qué partidazo, hermano, qué partidazo! —gritó emocionado.
A todos los presentes, atrapados por el soberbio relato de Enrique, se les notaba el fervor en la cara. Ahí nomás brotaron innumerables relatos de epopeyas similares, gestas épicas cargadas de emoción y resultados impredecibles.
Me fui a casa conmovido por la pasión de ese muchacho, a la noche, mientras cenaba mirando la tranquilidad de las olas desde el balcón de mi departamento, recordé haber escuchado un par de relatos parecidos. Todos tenían algo en común: quien contaba la anécdota, hasta ese momento, no era hincha de ningún equipo. Por supuesto que, después de aquellos vibrantes partidos, todos ellos quedaban prendados de por vida con el club de la proeza. Nunca fui supersticioso, pero parecía que los dioses del fútbol habían manipulado los hilos de los resultados, para que esos hinchas se juraran amor eterno por la camiseta. Movido por mi gran escepticismo y por la naturaleza misma de mi profesión, decidí investigar la causa de tan curioso fenómeno.
Lo primero que hice, fue consultar a los compañeros del diario y a mis amigos. Descubrí, no sin sorpresa, que todos, al igual que yo, conocían al menos tres o cuatro casos similares. Me tomé el trabajo de registrarlos en un cuaderno, seleccionarlos y ordenarlos. Después de estudiarlos minuciosamente detecté varios detalles que se repetían en todas las historias. Al ya mencionado ateísmo futbolero, se le agregaban las siguientes coincidencias: todos fueron invitados a participar de un partido de los llamados “decisivos”; las entradas y la ubicación siempre fueron facilitadas al narrador o a un amigo suyo por un dirigente; en todos los casos los partidos fueron vibrantes y nunca se hicieron menos de cuatro goles; los resultados invariablemente fueron ¡empate!; las canchas estaban siempre llenas; los árbitros siempre fueron Lousteau o Teodoro Nitti; más de un relato coincidió en el mismo partido pero con camisetas distintas; los clubes involucrados llevaban no menos de siete años sin ganar ningún título; pertenecían a los llamados “cinco grandes”, excepto Boca o River, o a los que luchaban por el reconocimiento de ser llamado el “sexto grande”.
Después de estos primeros interesantes resultados me decidí a iniciar una investigación profunda. Comencé por entrevistar a los amigos de los personajes en cuestión, tomé nota uno por uno de los nombres de los dirigentes involucrados. No sólo me moví por Capital y el Gran Buenos Aires, también viaje a Rosario, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Al tiempo que empecé a contactarme con todos ellos, comenzaron a ocurrir extraños sucesos. Más de una vez fui seguido por automóviles sospechosos, recibí llamadas a mi casa y a la redacción en las que nadie hablaba, incluso llegue a presumir que, luego de que mi jefe se jubilara, la demora en tomar su puesto tenía que ver con mi investigación.
Un poco desesperado por los sucesos acaecidos y desanimado por el escaso avance de la indagatoria, ya estaba dispuesto a abandonar mi búsqueda. Fue entonces que recibí la llamada, de quién se dio a conocer como dirigente de Huracán.
—Sarleti, pida una entrevista con el doctor Álvarez.
—¿Quién es el doctor Álvarez?
—Trabaja en la AFA. El va a explicarle lo que está sucediendo —dijo tajante, me dio un numero telefónico y cortó.
Ese mismo día llamé al número del doctor y le solicité a su secretaria una entrevista. Tres días después me llamó y me pidió que me presentase en su despacho el lunes a las tres de la tarde. Durante todo el fin de semana estuve conjeturando, una idea descabellada me atormentaba, ¿cabría la posibilidad de que existiese un complot organizado para manipular las adhesiones a ciertos clubes? ¿Árbitros, jugadores, dirigentes, amigos podrían conformar una perfecta red planificada?, ¿podría encontrarme ante la mayor representación actoral conocida hasta ese momento?
El lunes por la tarde me presenté a mi cita. Puntualmente, a las 19 hs, me recibió amablemente una bella señorita de cabellos castaños, ojos de color almendra y tez pálida. Luego de una breve espera en un cómodo sillón de pana bordó la secretaria del doctor me hizo pasar a su despacho.
Ahí me encontraba sentado frente al doctor Álvarez, quien me confirmaba con toda frialdad que mis presunciones no eran fruto de una locura senil precoz o alguna fantasía extravagante de mi mente. Todos los datos y estadísticas de cientos de partidos increíbles que había recabado y documentado minuciosamente, no eran un incomprensible dictamen del destino, eran producto, más bien, de una fantástica maquinaria puesta en funcionamiento con un fin determinado, movida por la AFA, apoyada y sustentada desde el gobierno y quién sabe, por otras personas y organizaciones que aún no conocía. Me encontraba al borde de dar un salto fundamental en mi carrera, con esta primicia no sólo lograría el puesto de jefe de sección, sino que, tal vez, sería nombrado jefe de redacción, incluso, luego de que la noticia corriera como reguero de pólvora por los diarios de todo el mundo, sería nominado para el premio Pulitzer.
—Doctor, está perfectamente claro que he descubierto un fantástico, inédito por su magnitud y totalmente secreto complot. Incluso usted mismo me lo confirma —dije señalando a su pecho con mi mano extendida—. Lo que no entiendo es cuál es el fin de semejante puesta en escena.
Los ojos amenazantes del doctor Álvarez me observaron sorprendidos. Durante un breve instante, no hizo movimiento alguno, luego movió su cabeza en claro signo de negación y volvió a encender su habano, ritual que parecía realizar con parsimoniosa ceremonia antes de emitir algún comentario importante. Luego apoyó los codos sobre el escritorio, con su cuerpo levemente inclinado hacia mí y el cigarro humeante entre los dedos.
—Sarleti, la verdad, no entiendo cómo pudo llegar a descubrir todo esto. Pareciera que por casualidad. ¿Cómo puede ser que no se dé cuenta? —preguntó fastidiado, con tono áspero y poco amigable. Abrió un cajón de su escritorio, tomó una carpeta de cartulina color marrón, la abrió y la arrojó frente a mis ojos —. Mire. San Lorenzo: año 1964, campeón torneo metropolitano, cantidad de hinchas: 1.040.900; año 1981, cantidad de hinchas: 840.000, o sea 200.000 menos. Desde el 81 al 83 se organizaron tres “partidos especiales” y una serie de medidas complementarias, resultado: año 83, cantidad de hinchas: 1.150.000 ¿Lo ve, Sarleti?, o llamo a un niño de la primaria de acá a la vuelta para que se lo explique.
—Sí, sí, pero… ¿Para qué? —exclamé confundido.
—Ay, Sarleti, Sarleti, a veces me inspira ternura —dijo con un tono más paternalista—, el fútbol es un negocio, amigo… un gran negocio.
Me di cuenta cuánta razón tenía el doctor Álvarez, realmente había sido un reverendo idiota. Cómo no había podido darme cuenta de la razón de semejante confabulación. Los intereses económicos mueven todas las cosas en este mundo moderno y el futbol está más cerca del negocio que del deporte. Luego de un momento de parálisis total, en el cual mi razón se iluminaba y mi autoestima descendía hasta los abismos, recuperé la esperanza y el entusiasmo.
—Esta noticia me hará famoso —se me escapó eufórico.
—¿Famoso? —se rió con ganas Álvarez.
—Mañana mismo la publicaré en la portada del diario y antes del mediodía la edición estará agotada y yo pasaré a ser una celebridad del periodismo. Este caso será el “Watergate” argentino.
El doctor, con parsimonia, abrió nuevamente el cajón, extrajo otra carpeta, la abrió frente a mí y se quedó mirándome.
—¿Y esto? —pregunté desconcertado.
—La próxima operación, Sarleti. Ahora que usted sabe toda la verdad, pertenece al sistema. Abra la cuarta hoja y lea las instrucciones de su misión.
—¿Sistema, misión? Yo no quiero pertenecer a ningún sistema —balbuceé desesperado y confundido—. Y si me niego…
—No conozco a nadie vivo que se haya negado —dijo con una sonrisa pícara.

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domingo, 18 de julio de 2010

EL FANTASMA DEL DESCENSO



Las personas no son recordadas por el número de veces que fracasan, sino por el número de veces que tienen éxito.
Thomas Alva Edison.


Dicen que los partidos decisivos son los que hacen de los jugadores grandes estrellas o simples pechos fríos, elevan a los hombres hasta la condición de dioses o los hunden en la más terrible de las pesadillas. Cuanto más responsabilidad tiene en su equipo, tanto más caerá o será ensalzado. La prensa ha sido astuta utilizando estos ánimos extremistas, y yo que soy un lector compulsivo de todas las crónicas, críticas o comentarios que se publican sobre fútbol en los diarios y revistas de deportes, sucumbí ante esta prédica falaz. Por eso sentía más presión, mucha más de la que había soportado durante tantos años.
Ahí estaba sentado en el vestuario, solo, escondido al amparo de las sombras. Miles de veces había jugado en mi imaginación esa final. Sueños de goles mágicos y gestas épicas que harían justicia con Eliseo Marchese. Batallas gloriosas que le devolverían a Defensores su lugar en la primera del regional entrerriano, lugar que nunca debía haber perdido. Buscando concentración, me había acurrucado en un rincón mortecino y húmedo, sin embargo el amasijo que tenía en el estómago se empecinaba en demostrarme que la cosa no era tan fácil. La verdad que en ese momento tenía más ganas de agarrar mi bolsito y enfilar para la casa de mi vieja, que salir a comerme la cancha y cumplir con la promesa que desde niño pesaba sobre mis espaldas.


Los muchachos ocultaban su nerviosismo haciendo chistes o jodas a los desprevenidos, el cuerpo técnico estaba reunido en una habitación contigua repasando la táctica, los utileros dejaban un surco en el piso de tanto ir y venir con la ropa. Ni uno solo de los que estaban en ese vestuario podía escapar a la tensión que generaba el match decisivo. Porque una cosa es jugarse el ascenso en un partido, pero otra muy distinta es hacerlo de visitante (y ser visitante en la liga regional es como ir a Vietnam), jugando el clásico contra el rival de toda la vida, el más odiado. Imaginate el oprobio de ver que te dan la vuelta olímpica en la cara, pisoteando tus ilusiones; cientos de desorbitados hinchas gritándote en tu cara desconsolada.
Sin embargo, en ese momento mis pensamientos estaban quince años atrás. Con Carlitos, Pelusa y el Gordo habíamos quedado en que nos juntaríamos a tomar la leche en casa y que luego iríamos al terrenito de la vuelta a jugar un picadito contra los pibes de la esquina. Mi vieja me preguntaba cada cinco minutos si nos servía la chocolatada, «Pará un poco que falta Carlitos» le rogaba yo, «Ya son las cinco y en un rato se va hacer de noche —argumentaba enojada—. Si quieren ir a jugar a la pelota tienen que apurarse». Al fin llegó nuestro jugador más habilidoso, nos bajamos de un solo trago la leche, nos comimos las vainillas y salimos rajando.
—¿Le avisaste a Raulito que jugábamos, Gordo? —le preguntó Pelusa.
—Sí, hablamos a la mañana. Cinco y media quedamos. Ya deben estar por venir.
Por suerte la pelota la habíamos llevado nosotros, y mientras esperábamos nos hicimos unos tiritos al arco. Ya estaba cansado de decirle a Carlitos que no armemos la cancha de esa manera, que poner el arco de espaldas a la casa abandonada era un problema, que si la pelota se caía del otro lado nadie quería ir a buscarla. Contaban los valientes que habían trepado por la pared y que cada vez eran menos, que cuando estaban en el patio de esa casa escuchaban ruidos extraños. «No te hagás problema, si se cae voy yo», fanfarroneaba Carlitos.
A los quince minutos de estar probando las dudosas dotes de arquero del Gordo sobrevino el suceso tan temido. Desde el arco, nuestro guardavalla entrado en kilos le pasó la pelota con la mano a Carlitos que la recibió con la puntita del pie, le dio un golpe magistralmente seco y se la dejo picando a Pelusa, a la altura justa para pegarle de volea y clavarla en el ángulo. Parece que la agarró un poco abajo, porque con las ganas que le había pegado, la pelota pasó a unos cinco metros por encima de la pared del fondo. Al grito mío de «La cagaste, Pelusa» siguió un ruido de vidrios rotos.
—Voy yo —sacó pecho Carlitos.
—Dale apurate, que está por oscurecer —le dije.
Carlitos se trepó sin ninguna dificultad, desapareció detrás de la pared y un par de minutos después se asomó con la preocupación abollándole la cara.
—No la veo, me parece que cayó adentro de la casa —dijo con la voz estrujada y la valentía perdida.
—Te dije, Carlitos —le reproché inútilmente—. Ahora andá a buscarla.
—Ni en pedo, Juanito.
Estábamos en un verdadero problema. Ninguno de nosotros se atrevería a entrar en la casa. Si nadie quería saltar al patio, menos que menos habría alguien que quisiese entrar en la casa. Pero tampoco era cuestión de perder la pelota que me había regalado mi tío Enrique, que para colmo era una número cinco de cuero y con apenas dos días de rodaje. Cómo le explicaría a mi vieja que volvía sin la pelota por la que había hinchado tanto.
—Vamos a entrar todos juntos —decidí, preso de la responsabilidad ante mi familia.
—Yo no voy —se atajó Pelusa.
—El que no viene, no juega más en este equipo —amenacé.
El ultimátum fue determinante. El equipito de la cuadra había logrado un considerable prestigio en el barrio, tanto es así que venían de hasta de quince cuadras para hacernos partido. De cada diez ganábamos nueve. Ninguno de nosotros habría querido quedarse afuera. Me trepé primero yo, me siguió Pelusa y por último tuvimos que ayudar al Gordo que no alcanzaba a llegar hasta arriba de todo.
Reunidos los cuatro en torno a la ventana que tenía el vidrio herido por el chumbazo de Pelusa, comprobamos que nos sería imposible entrar por el agujero o abrir la ventana, que además de estar cerrada tenía la manija fuera del alcance de nuestros brazos. El Gordo que era el menos ágil pero el más inteligente sugirió probar si la puerta estaba abierta. Carlitos que hasta ese momento era el más valiente pero el más perverso le tiró: «Si, claro, seguramente están las llaves colgando del lado de afuera», aunque sólo un instante después tuvo que tragarse sus palabras. Como nadie se animaba, puse mi mano temblorosa sobre la manija de bronce y luego de notar que estaba inexplicablemente tibia, la giré con temor y empujé muy despacio mientras un chirrido nos helaba la sangre.
La casa era de esas típicas construcciones de pueblo de principios de siglo, «Tipo colonial» decía mi viejo. El piso de pinotea, una mesa redonda medio destartalada, un sillón enorme que alguna vez fuera de tela blanca, alguna que otra silla apolillada, todo estaba bañado por una gruesa capa de polvo que brillaba siniestra, iluminada por la poca luz que entraba por las ventanas. Las telarañas no hacían más que construir un escenario tétrico, tal como nos imaginábamos las casas embrujadas de los cuentos que nos leían nuestros padres. Pelusa se había quedado atornillado en el umbral de la puerta, el Gordo miraba con asco, Carlitos se había parado disimuladamente un pasito detrás de mí, y yo que a esa altura era el más valiente tenía un cagazo de Padre y Señor nuestro.
Una vez logramos convencer a Pelusa, nos adentramos en la gran sala de estar. El piso de madera se quejaba, reseco, al compás de nuestros pasos. Por más que dimos vuelta por toda la habitación no encontramos por ningún lado la pelota. Después de un rato el miedo se transformó en decepción. Acostumbrados al ruinoso salón, y sin ningún ruido o señal que nos hiciese presumir que algo extraño habría en la casa, decidimos continuar nuestra búsqueda en el comedor. El gordo esgrimió la teoría de que como la puerta estaba abierta, y teniendo en cuenta que además se encontraba en la trayectoria del disparo, el balón podría haber rodado hasta allí.
En el momento que estábamos entrando todos juntos —apiñados como defensores y delanteros esperando un córner— la puerta de entrada se cerró de golpe. Nos quedamos paralizados de espalda al portazo.
—¿Quién cerró la puerta? —preguntó con voz casi inaudible Pelusa.
—Debe haber sido el viento —contesté, tras mirar hacia atrás y no ver a nadie.
—Hacen como treinta grados y no corre una gota de viento —dijo el Gordo.
No había terminado todavía de hablar cuando escuchamos un ruido en la cocina, me pareció como que alguien estaba moviendo vajilla. El primero en llegar a la puerta fue, por supuesto, Pelusa, al segundo Carlitos se le estampó en la espalda, más atrás llegamos el Gordo y yo.
—¡Está cerrada con llave! —gritó Pelusa con el rostro desfigurado por el pánico.
—¡No puede ser, no puede ser! —se lamentó Carlitos al borde de un ataque de nervios.
—Pará, calmate, se debe haber trabado con el golpe —le dije—. Salgamos por la ventana.

Ese fue el peor momento, los postigos de chapa de las ventanas también se cerraron de golpe y nos quedamos completamente a oscuras. Aunque no podía verlos sentía el castañeteo de los dientes de Pelusa, el temblor de las manos de Carlitos apoyadas sobre mis hombros, la respiración agitada del Gordo. Pasaron unos cuantos segundos interminables en los que ninguno atinó a decir o hacer nada.
Mi corazón, que parecía un motor gasolero encajado en mi pecho, se detuvo súbitamente cuando las velas del candelabro que estaba sobre la mesa se encendieron y pudo verse a un hombre sentado a su lado. Pelusa quiso gritar, pero el grito murió ahogado en su garganta anudada, Carlitos pegó el culo contra la puerta, el Gordo y yo nos quedamos inmóviles.
—No tengan miedo —dijo la figura espectral.
¡Cómo mierda no íbamos a tener miedo!, si estábamos solos y a oscuras en una casa abandonada; encerrados con un hombre vestido con ropa deportiva que brillaba en la oscuridad como si fuera fluorescente; estábamos frente a un rostro demacrado, pálido como el de un cadáver; escuchando una voz que sonaba lejana, con la resonancia propia de una caverna. ¡Cómo mierda no íbamos a tener miedo si estábamos hablando con un fan-tas-ma!
—Tiene la pelota —me susurró al oído el Gordo.
Era verdad, era mi pelota. La sostenía con su mano lívida y huesuda apoyada sobre el muslo derecho. Cuando lo vi con la pelota en su poder le volví a mirar la cara desmejorada y triste. Me pareció que lo había visto en algún lado, aunque no en la casa, que cuando nos mudamos al barrio ya estaba abandonada.
—¿De quién es la pelota? —dijo.
—Mi… mi… mía —dije.
—Muy bien —sonrió—. ¿Sabés por qué la tengo en mis manos?
Negué con la cabeza.
—Es muy largo de explicar, ¿tienen tiempo de escuchar la historia? —rió con ironía. Ironía que a nosotros no nos causó ninguna gracia—. Bueno, no me respondieron.
Sin más remedio, asentimos con otro gesto.
—Hace cinco años, Defensores Unidos y nuestro archirrival Bellavista Sporting, disputamos un partido que definía uno de los descensos a la B zonal. Ese año habíamos tenido innumerables inconvenientes para armar el equipo. A los desgarros de Benítez y Razzoti, se le agregaban la hepatitis del Mono García que lo había alejado dos meses de la actividad. Además, se habían ido por distintas razones tres jugadores: Colgate Rodríguez, un morocho número siete que había vuelto a su país natal, Panamá; Heriberto Sarli, que había decidido abandonar el fútbol después de la muerte de su padre; y por último, el Gato Andrada, que con novecientos treinta en el sorteo y las lágrimas de su vieja, partió con destino a Comodoro, a cumplir con el servicio militar —se detuvo un instante. Hubiera jurado que en su mirada había una cierta ternura—. ¿Los estoy aburriendo?
—No, no, está muy interesante —mintió el Gordo—. Continúe por favor.
—Sí, sí, gracias. La cosa es que llegamos a la última fecha, justo un punto abajo de Bellavista. Estábamos obligados a ganar para evitar el humillante y doloroso descenso, encima teníamos que jugar con ellos de visitante. El primer tiempo, como era de esperarse para un clásico de esas características, se desarrollo con tantas precauciones de ambos lados, que cuando alguno lograba pasar la mitad de la cancha las hinchadas festejaban como si fuera un gol.
Promediando un segundo tiempo más aburrido que el primero, los nervios empezaron a hacer su trabajo silencioso: el Gringo Fuentes llegó tarde a un cruce en un contragolpe, después que el dos de ellos sacara las papas calientes del área con un pelotazo a cualquier parte. El problema fue que justo por “cualquier parte” venía corriendo como un Fórmula 1 el Chueco Carbajal, un siete veloz, habilidoso y goleador. La mató en su empeine con calidad y cuando llegó el Gringo desesperado, la levantó hasta la cintura y nuestro rústico zaguero se deslizó hasta la tribuna. El Chueco lo encaró al arquero, lo dejó en ridículo, sentado de culo y definió solo frente al arco, suave, con elegancia —hizo una nueva pausa.
A esa altura Carlitos y Pelusa habían dejado de temblar y de hacer ruido con los dientes. Yo me había tranquilizado, si al que estábamos viendo y escuchando era realmente un fantasma, por lo menos era uno amigable. Ahora que estaba más distendido y me había metido en el relato, me molestó la pausa del espectro.
—Señor… —dije, estirando la o y haciendo un gesto hacia él con mi mano para que nos informara su nombre.
—Eliseo, muchachito —contestó cortés—, Eliseo Marchese.
—Señor Eliseo, ¿sería tan amable de continuar su historia?
—Por supuesto. La situación se había puesto complicada, teníamos que hacer dos goles en quince minutos. Aunque lo peor era que el equipo estaba desbastado por el golazo del Chueco. Entonces me rebelé al destino que nos golpeaba cruel. Agarré la pelota y con cara de furia le grité a cada uno de mis compañeros que podíamos darlo vuelta, que me importaba un carajo que la gente nos puteara y se burlara de nosotros, que habíamos sufrido muchos contratiempos durante el año y que esta era la oportunidad de salir a flote, que seríamos recordados como héroes. La verdad es que mis palabras, la decisión tatuada en mi rostro o no sé qué causaron el efecto deseado. Con muchos huevos los metimos en un arco. Después de un mal despeje de un centro, faltando cinco minutos, al Cabezón Portela le quedó una pelota picando, le dio un roscazo y la mandó a inflar los piolines. Se podía, claro que se podía. Seguimos atacando con rabia, con la convicción de que no habría dios que pudiera evitar que ganásemos. Entonces pasó lo increíble, lo inesperado: el árbitro nos dio un penal, sí un penal. ¿Saben lo que significa que te cobren un penal de visitante, con el tiempo cumplido y con la posibilidad de definir un descenso? —nos preguntó incrédulo, con los ojos abierto de par en par—. Era una señal, una señal del cielo, una señal de que teníamos que salvarnos. Por fin Dios se había acordado de nosotros. Sin embargo la pelota, en ese momento, era como una bola de acero incandescente, algunos salían caminando con disimulo hacia otro lado, otros relojeaban el banco para ver si daban la orden de quién lo pateaba, nadie quería siquiera mirarla. Entonces por segunda vez en el partido, demostré que la responsabilidad no me pesaba, que el miedo no era el camino por el que transitaban los ídolos, que estaba dispuesto a llevar a mi equipo a la gloriosa permanencia en primera…
Los ojos del fantasma estaban encendidos. Literalmente encendidos, eran dos esferas en llamas. Tenía la pelota atrapada bajo su brazo y el puño de la otra mano apretado con tal vehemencia que las venas de su antebrazo se habían hinchado amenazando con explotar. Su fisonomía había adquirido un aspecto terrible, tan terrible que volví a tener miedo.
—Agarré la pelota, la puse sobre el punto del penal, caminé cuatro pasos hacia atrás y esperé el pitazo del juez, que ya nos había advertido que no había más tiempo, que se tiraba el penal y se terminaba el partido. Al sonido del silbato, corrí hacia la epopeya inevitable, decidido a terminar el sufrimiento de mi equipo y mi hinchada, dispuesto a entrar en los anales de la historia. Llegué hasta el balón con furor, lo agarré de lleno, salió como un misil buscando su destino de gloria, el arquero se adelantó un paso y voló inútilmente siguiendo la trayectoria de la pelota…
Eliseo se quedó callado, su mirada quedó suspendida en el recuerdo. El Gordo me miró como sorprendido por la pausa y ansioso por el resultado de la anécdota.
—¿Y qué pasó? —gritó atrás mío Pelusa.
—La tiré afuera, le pegué como el culo y la mandé a la mierda. Perdimos el partido y nos fuimos al descenso —dijo con la tristeza aplastándole la espalda y la mirada clavada en el piso. Carlitos me dijo después que le pareció haber escuchado que lloraba. Estuvo inmóvil como cinco minutos. Ninguno se atrevió a preguntarle nada. Ninguno excepto yo:
—¿Y cómo llegó a convertirse en fantasma, don?
—¿Cómo llegué a ser fantasma? Ni en la cancha, ni en el vestuario, ni en la calle se atrevieron a decirme nada. Creo que eso fue peor, hubiera querido que me putearan para agarrarme a piñas y sacarme la angustia que tenía adentro. El único que trató de consolar fue el técnico, que me dijo: «No te calentés, el fútbol da revancha». Me colgué el bolso al hombro y me fui caminando solo hasta la estación, repasando una y otra vez si la carrera hasta la pelota había sido muy corta, pensando en qué lugar exacto le había pegado, reprochándome por qué no había intentado un tiro menos jugado y no sé cuántas otras boludeces. Estaba tan absorto en mis reflexiones que cuando crucé la avenida San Luis no miré y un camión de soda me levantó por el aire y caí muerto. Estaba ahí tirado mirando mi cadáver desde un costado y de pronto apareció una rampa de luz que bajaba desde el cielo. Una voz hermosa me llamaba, pero yo tenía tanta bronca conmigo mismo que me quise quedar, no me podía ir hasta no ver a Defensores Unidos jugando otra vez en primera. Y así fue como volví a mi casa pero transformado en un espectro.
Carlitos, Pelusa, el Gordo y yo estábamos tan apenados como Eliseo. Nos habíamos quedado sin palabras mirando la figura fantasmagórica que había perdido su brillo fosforescente y su presencia intimidante. En eso me acordé de la hora, miré el reloj y eran las siete. Mi vieja me iba a matar. Sería difícil que creyera la historia del fantasma por más testigos que le llevase.
—Eeeeh… ¿Nos podemos ir, don Eliseo? Se nos hizo tarde —le pregunté tímidamente.
—Sí, claro —dijo, para mi tranquilidad—. Aunque primero me tienen que hacer una promesa.
—¿Una promesa? —preguntó Carlitos.
—Sí. Uno de ustedes cuatro, y no me pregunten quién porque no lo sé, cuando sea grande va a jugar en Defensores. Entonces llegará un día en que tendrán que jugar un partido por el ascenso a primera. Quiero que me prometan que ese día dejarán la vida para que nuestro equipo recupere la categoría que perdió por mi culpa. ¿Lo prometen? —imploró.
Los cuatro respondimos con un sí al unísono. No es que nos quisiéramos librar de nuestra prisión, no fue por eso. Verdaderamente nos sentíamos con la obligación de ayudar a esa pobre alma en pena. Cuando el fantasma nos hubo liberado, en el terrenito y con la pelota mía cómo testigo y garantía, nos juramentamos no hablar con nadie de la increíble aventura que habíamos vivido.
Estaba pensando sobre todos estos acontecimientos cuando el técnico llamó para la charla antes del partido. Cuando salimos a la cancha sentí que el fantasma me empujaba hacia la victoria. El partido había sido muy bueno, con llegadas para los dos equipos, sin embargo el marcador no había sido roto. Faltaban dos minutos y la historia se repetía, el juez cobraba un penal después que el cinco de ellos lo bajara a Gutiérrez en el área.
Ahí recordé la promesa, pero lejos de sentir miedo, el corazón se me inflamó de fervor. Me puse la pelota abajo del brazo, disuadí con una mirada ácida al Pulga que quería patearlo él y la acomodé en el punto del penal. Levanté la vista y atrás del arco estaban Carlitos, Pelusa y el Gordo agarrados del alambrado gritándome cosas que no podía escuchar. Finalmente había llegado la hora de la verdad. La gloria o Devoto, cumplir con el juramento o vivir penando eternamente como Marchese, la fama o el olvido doloroso.
Corrí hacia la pelota, un segundo antes del impacto levanté la vista, el arquero se movió hacia su izquierda y con un toque suave de mi botín derecho le cambié el palo. La pelota viajó lenta, con el guardameta inexorablemente caído a un costado y estrelló mi sueño, mi promesa y mi futuro contra el poste. Pero el fantasma me había pedido que dejara la vida, entonces cuando el balón volvía tan lento como había llegado, me tiré hacia adelante, casi igual que el Matador Mario Alberto Kempes en el ’78, para quebrar la valla de nuestro clásico enemigo, quebrar el maleficio del descenso y librar a Eliseo Marchese de su sufrimiento eterno. La fiesta no se demoró, mis compañeros y los pocos hinchas que habían ido me levantaron en andas para dar la vuelta olímpica que nos fue esquiva durante veinte años.
Cuando volvíamos al pueblo con Carlitos, Pelusa y el Gordo, para festejar la victoria con algunas muzas y unas cuantas birras, nos cruzamos con el fantasma del descenso. Estaba feliz, nos agradeció por cumplir con nuestra promesa. Dijo que ya estaba en paz y que iba en busca de la luz. Fue la última vez que lo vimos.

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viernes, 16 de julio de 2010

EL BARRILETE



Los pibes cuando se les mete algo en la cabeza son jodidos. Pasan, en instantes, de ser tiernas criaturas a erigirse en despiadados agentes especialistas en el arte de la persuasión, fríos negociadores que utilizan la tortura psicológica para obligar a los adultos a ceder a sus perentorios antojos. Los niños, con más piernas y pulmones que un clásico cinco Xeneise, van a hacer una asfixiante marcación hombre a hombre, no te van a dejar respirar ni un segundo. Probablemente, en estos casos, los padres prefieran descender hasta el más abrasante de los infiernos antes que soportar un segundo más de sus caprichosos reclamos. Aunque previamente intentarán encontrar alguna solución transitoria, algo que, al menos, restablezca el orden en forma temporal, lo que en futbol se llama tirar la pelota afuera, algo así como: «Un día te lo compro»; «Después vamos»; «Preguntale a tu vieja»; «No tengo plata, cuando cobre…». Pero más temprano que tarde, van a tener que acceder a sus demandas arbitrarias, porque aunque un inminente choque de planetas o una tercera guerra mundial amenace con acabar con la vida sobre la tierra, estos pequeños neuróticos los someterán al dulce suplicio del llanto antojadizo. «Un niño que cree demasiado en sus privilegios, en su poder, que logra atemorizar con sus amenazas y sus caprichos —me ilustraba Diana, un amiga psicóloga— no tardará en tener a sus padres, y luego a todos los que lo rodean, como súbditos».


En todos estos menesteres me destacaba yo, de chico. Ostentaba, sin ningún prurito, dotes de rey. Imaginate: hijo único, padres jovencitos, abuelos consentidores. Y como dicen: «Para muestra basta un botón» tengo una anécdota que me pinta de cuerpo entero.

La cosa es que para el mundial ’86 yo tenía seis años. Se me había metido en la cabeza, y no había Cristo que me la sacase, que quería un barrilete. Mi viejo, me había prometido que el fin de semana me iba a comprar uno. «¿El fin de semana?, ¿esperar hasta el fin de semana? ¡Ni loco, no puedo esperar tanto!», pensé. Entonces, haciendo uso y abuso de una soberbia actuación, digna del más renombrado de los actores de novela, les empapé la cama y el piyama a mis viejos con una tormenta de lágrimas de cocodrilo. Por supuesto que mi papel dramático hubiera sido incompleto sin la cuota necesaria de estridentes alaridos. Tan compenetrado estaba con el papel, que los gritos, más propios de un espécimen porcino que de una inocente criatura, amenazaban con hacer estallar los vidrios de la habitación y los tímpanos de mi papá. «No llores más, hoy te lo voy a conseguir» suplicó mi viejo, capitulando y aceptando condiciones para deponer armas.

El problema era que a mi viejo, pobre, lo había metido en un aprieto. Eran la dos de la tarde y ese día, a eso de las cuatro, jugaba Argentina contra Inglaterra. No era un partido más. Los ánimos estaban exacerbados. En los días previos, en la radio, en la televisión y en los bares, se había hablado hasta el hartazgo: que aunque fuera en un partido de fútbol, estaba en juego el honor herido cinco años atrás; que no podíamos dejar que nos pisoteasen la bandera otra vez, que si nos poníamos a hacer un poco de memoria ya en el mundial en el que los enfrentamos en su propia casa y con la reina en el palco, nos habían metido la mano en el bolsillo con la expulsión de Ratín —tan injusta como sospechosa—, y mirá que el Rata no era lo que se dice un santo de altar, pero que en esta no tenía culpa alguna. Mi papá, que no escapaba a la vorágine del ambiente general, había estado elaborando con Carlos, el verdulero, distintas teorías que justificasen la imprescindible necesidad de un triunfo aleccionador.

Ante el deseo impostergable que significaba ser testigo de aquella gesta heroica, que prometía el bronce eterno para nuestros once gladiadores, mi viejo, desesperado ya, se jugó su última carta: recordó que el kiosco de la vuelta de mi casa también era librería y que en las librerías suelen tener barriletes y aviones de telgopor, y partió raudo en busca de la solución salvadora. Por desgracia, para mi angustiado papá, no era el caso de este negocio. Con el doloroso y decepcionante «no me quedan más» estallándole en su cara ilusionada pensó que hubiese sido mejor que ahí nunca los hubiesen vendido. Sólo recuperó un poco de su ánimo después que Manuel, el kiosquero, le ofreciera unos materiales y una Billiken, que traía planos para armar unos cuantos modelos distintos de barriletes.

Con una bolsa llena de rollos de papel y varillas de madera en una mano y la revista en la otra, con la felicidad del deber cumplido bosquejándole una sonrisa en el rostro, entró al grito de «Javiercito, vení que vamos a hacer el mejor barrilete de mundo». Mi papá disfrutaba de estos momentos en que parecíamos dos chicos retozando, dos amigos íntimos inventando algún nuevo y apasionante juego. Pero ese día me parece que estaba cumpliendo un trámite de rigor, una improrrogable tarea de padre. Quería sacarse de encima lo más rápido posible, ese potencial dolor de cabeza que significaban mis reclamos insatisfechos y que podrían conspirar con su momento sagrado, ese estado sublime, casi religioso, en el que su mundo se reducía a un sillón, una mesita ratona para apoyar los pies, alguna que otra vitualla y un partido de fútbol tiñendo de verde el televisor color. Aquel Gründig que tanto había soñado desde el ‘78 y que había comprado con mucho esfuerzo, a pagar en no sé cuántas pequeñas cuotas, era uno de sus orgullos, de esas cosas que nos llenan de felicidad con sólo verlas.

Revisamos detenidamente los modelos que ofrecía la Billiken. Me decidí por uno simple, en el que dos cuadrados girados formaban una estrella de ocho puntas, tenía además tres colas: dos cortas a los costados y una bien larga abajo. Cuando iniciamos las tareas de construcción serían las dos y media de la tarde. Noté una cierta preocupación en su expresión cada vez que miraba el reloj. Parecía tan fácil de armar mirando los dibujitos de la revista... Algunos de los insultos dirigidos a los editores y todos sus familiares, me hicieron presumir que la cuestión se estaba complicando y la paciencia de mi viejo resquebrajando. Por suerte había comprado unas cuantas hojas de papel. Sólo sobrevivieron las que quedaron colocadas en el barrilete y dos pedacitos más de color rojo.

La cola larga hecha de una vieja venda de color naranja —que mi papá usaba para protegerse los tobillos maltrechos por los partidos ásperos de los martes, rito impostergable de cada semana—, fue el broche de oro para la fabricación del cometa. Noventa minutos se interponían entre mi antojo y el vuelo de bautismo barriletero. El esfuerzo por complacerme y la angustia por la proximidad del partido que le brotaban por los poros, me conmovieron tanto que decidí no forzar un desenlace inmediato. Claro que, para desgracia de mi viejo, no iban a ser mis desplantes los que le impedirían ver el partido en el que se jugaba el honor de nuestra patria. Exactamente un minuto antes de que empezara, un inoportuno corte de luz nos sorprendió sentados frente al televisor.

«¡No te puedo creer, no te puedo creer!» gritó desconsolado mi viejo. Añadió unos cuantos insultos irreproducibles mientras bajaba al sótano a verificar si los tapones habían causado la falla eléctrica. La lividez del rostro con la que volvió de abajo fue reveladora: el corte era general y había afectado al barrio por completo o al menos unas cuantas manzanas. Después de corroborar con dolor y estupor que la cuestión era grave, no dudó un instante más, corrió hasta la cocina en busca de la radio portátil. Esos pocos pasos debe haberlos recorrido con el temor de encontrarse con una radio de pilas agotadas. Esta vez el destino quiso —y las pilas que había comprado mi vieja—, que la radio no impidiese seguir, aunque más no fuera de oídas, el desarrollo de lo que a la postre sería un día histórico para el fútbol argentino y mundial.

Por suerte para mí, la mejor performance de la radio se obtenía en el patio del fondo. Eso me permitiría adelantar el consabido debut al mando de un barrilete.
Mi viejo ubicó con cuidado el receptor sobre el umbral de la ventana de la cocina. Después de descartar varias radios con la, varias veces aludida y poco creíble, frase: «Esta es yeta», sintonizó a Víctor Hugo, aunque, claro, no era eterna la confianza que se le daba a un relator o una emisora determinada, un gol en contra podría condenarlos a perder el lugar en el dial de nuestra radio.

Cinco minutos del primer tiempo y ¡Argentina va! —cantó el relator uruguayo al amparo de la sombra del ficus.

El sol se mostraba persistente en su combate contra la baja temperatura que había dominado todo el mes de junio. El día, vanidoso, lucía un cielo diáfano. El viento y las nubes, ausentes sin aviso. Recuerdo el júbilo que sentí al escuchar el: «A ver, Javi, traé el barrilete que vamos a remontarlo mientras escuchamos la radio» que dijo papá mientras ajustaba la sintonía. Sus esfuerzos, en el intento por sacar la fritura que ensuciaba la voz clara que sostenía un relato lúcido y vibrante, eran denodados. Unos cuantos segundos después volví al patio librando una lucha sin concesiones con el pabilo, que se mostraba remiso a mantenerse enrollado en el palito y se anudaba en una galleta indescifrable.

Un primer tiempo parejo y trabado colaboró en los ánimos de mi viejo y el orden de nuestro carretel se restableció. Los esfuerzos iniciales por poner en el cielo la estrella de ocho puntas no tuvieron mayor premio que dos o tres elevaciones a la altura de los cables de teléfono que terminaron en un brusco giro hacia el suelo con aterrizaje forzoso incluido.

—Hay poco viento, va a ser difícil de remontarlo— conjeturó papá.

Si Argentina no tiene la pelota, si Maradona no puede agarrarla, va a ser difícil que podamos llegar al arco de Inglaterra —argumentó el comentarista Apo, preocupado por el poco volumen de juego de la selección nacional.

Un repentino movimiento de nuestro cometa, nervioso y ascendente, nos anunció la llegada del viento que necesitábamos. Por fin podríamos hacer que vuele de verdad. Papá sostenía con firmeza el hilo, con pequeños pero veloces movimientos daba tironcitos que parecían hacer que el barrilete flotase más alto. Desde la radio Víctor Hugo también anunció que soplaban vientos de cambio:

Argentina y la pelota, Argentina y el partido. ¿Para cuándo Argentina y el gol? ¡Vamos, muchachos! La pelota viene para Batista, Batista para Enrique, Enrique cambia para el Vasco. Allá vino para Olarticoechea, que lo tiene a Diego como número diez, a Giusti como número nueve, a Burruchaga de ocho y Valdano de siete. La pelota va para Maradona….

Mi viejo al escuchar el entusiasmo con que salía la voz del relator se quedo petrificado intuyendo, como sólo pueden hacerlo los futboleros de ley, que algo habría de ocurrir.

Maradona puede tocar para Enrique, siempre Maradona, hace un dribling, se va, se va entre tres, siempre Diego… ¡Genial, genial, genial!... ¡Tocó para Valdano. Entró Maradona… Saltó frente a Shilton… Cabeceoooó… mano… Goooooool, goooooool, goooooool, goooooool, arrrrrrgentino. Diegol, Diego Armando Maradona, entro a buscar después de una jugada maravillosa. Un rechazo para atrás. Saltó con la mano, para mí. Para convertir el gol, mandando la pelota por arriba de Peter Shilton. El línea no lo advirtió, el árbitro lo miró desesperadamente, mientras los ingleses entregaban todo tipo de justificadas protestas, para mí. El gol fue con la mano, lo grito con el alma, pero tengo que decirles lo que pienso. Solo espero que me digan de Buenos Aires, si están mirando el partido en televisión ahora mismo, por favor, si fue válido el gol de Maradona, aunque el árbitro lo dio. Argentina está ganando por uno a cero. Que Dios me perdone lo que voy a decir: contra Inglaterra, hoy, aún así, con un gol con la mano, que quiere que le diga.

Recuerdo ver como, mientras sonaba la música del “tatata” y el barrilete caía en picada y se estrellaba de forma inevitable contra el piso de mosaicos, mi viejo yacía arrodillado en el piso, con la vista húmeda perdida en el firmamento, los puños apretados y los brazos extendidos elevando una acción de gracias, la cara enrojecida, la boca dibujada en una “o” interminable. Recuerdo, como si fuese hoy, el grito de gol ronco, calcado en infinitas gargantas, perforando el silencio templario que bañaba la ciudad.

El desencanto fugaz de Víctor Hugo por la ilegítima convalidación de la jugada y mi frustración hecha barrilete caído, se disolvieron con la exultante imagen de mi viejo y su festejo, los alaridos que llegaban de las casas vecinas y los estruendos de miles de cohetes. Por primera vez en mi vida sentí esa sensación incomparable, irracional, regocijante. No estaba preparado, no tenía la gimnasia ni los reflejos necesarios para unirme al relator en el preciso instante en que uno percibe que ese «tiroooó» y que esa “o” extendida no terminará en un frustrante «Balas que pican cerca», sino que se eternizará en el canto más esperado por un hincha. Grité dando chillidos y saltitos nerviosos. Por muy gracioso que me viera era un momento fundacional, ¡me estaba recibiendo de hincha! Ya no había vuelta atrás, ya nunca un partido de mi equipo o de mi selección volvería a serme indiferente.

Mi viejo, agotado por la explosión emocional, se sentó en el piso, debajo de la ventana de la cocina y la sombra del ficus. Yo, en cambio, con entusiasmo renovado, inflamado por el gol argentino, decidí intentar poner en vuelo mi nuevo artefacto. Acomodé prolijamente el barrilete sobre las baldosas que estaban junto a la pared que separa nuestra casa de la del vecino de atrás; con sumo cuidado, caminando hacia mi papá, fui desenrollando el pabilo, en ese instante, una pequeña brisa que acarició mi rostro, me presagió que algo estaba por ocurrir.

De pronto, la voz de Víctor Hugo cobró ánimo:

Balón para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota, Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…

Cómo si el soplo emotivo del relato tuviese algo que ver, la suave brisa se transformó en viento impetuoso. Tiré del cordel y el barrilete se elevó como un corcel brioso.

—Puede tocar para Burruchaga —anunció Víctor Hugo—. Siempre Maradona...

Mientras la radio expulsaba frenética el relato más épico de la historia del futbol argentino, la estrella de papel colorido se alzaba victoriosa, flotando más allá de los cables telefónicos, sus tres colas ondulantes, eludiéndolos de manera magistral, se burlaban de ellos.

¡Genio, genio, genio! Ta, ta, ta, ta, ta… ¡Gooooooool gooooooool! —el grito del uruguayo precedió una estampida de palabras y emociones que quedarían colgadas en el éter por el resto de la eternidad— ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol, golaaaazo! ¡Diegoooool… Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona en un recorrido memorable, en la jugada de todos los tiempos… —mientras Víctor Hugo perdía sin complejos su habitual prestancia, mi conmoción se debatía entre el éxtasis de mi viejo y el triunfal vuelo de bautismo—. ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina. Argentina 2 - Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol!, Diego Armando Maradona, gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0.

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