Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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sábado, 4 de septiembre de 2021

El asturiano

 de Fernando Murano

            Mi hijo se empeña en decirme que lo del almacén fue un fracaso. Es exagerado decir que fue un fracaso, yo diría que fueron malas decisiones. "Papá, las malas decisiones te llevaron al fracaso" me dice.

           Fracaso es otra cosa. Yo diría que las cosas no fueron como uno esperaba. Eso te lo admito. Mi amigo Julio me dice que soy un completo asturiano. Soy asturiano y a buena honra. Aunque él lo usa de manera peyorativa. "Sos terco como una mula terca" le gusta repetirme. Por Dios, de ninguna manera le puedo permitir que me diga eso. No soy terco. Nunca fui terco. No, nada que ver...

            Bueno, no me distraigo, voy a la cuestión por la que me senté a escribir estas pocas líneas que quiero dejarles especialmente a mis nietos. Una ayuda para no tomen malas decisiones.

            Hoy es fácil montar un negocio. Antes no era todo así de fácil. Y menos para mí que llegué en 1906 a Buenos Aires en un barco, solo, con una mano atrás y otra adelante. Había dejado a mis padres y a unos cuantos de mis ocho hermanos en un pueblito de Asturias llamado Pola de Siero.

            No sé si me echaron porque era un poco pendenciero o me mandaron para acá para no tener que hacer dos años de servicio militar en África. Creo que por las dos razones.

            La cosa es que estuve trabajando con mi hermano mayor, que tenía un almacén enfrente del Spinetto. En esa época tostar café empezó a ser un buen negocio y a mí me pusieron a manejar la máquina. Una desgracia, el humo te mataba. Yo no quería saber nada con tostar café. Entonces tuvimos unas desavenencias con mi hermano Francisco. Ese sí que era terco. Tan terco que me tuve que ir.

            Tenía un compañero de barajas y de ginebras que había vivido en el sur. Cuando se enteró que andaba sin trabajo me dijo. “Avelino, vos tenés que ir al sur a criar ovejas, te vas a llenar de plata” Y yo que no andaba con vueltas agarré mi ropa, y un poco caminando y otro poco en tren llegué en 1908 hasta el pie de los Andes. Fue duro al principio, unos cuantos meses me morí de hambre y de frío. Por suerte siempre tuve la virtud de ser persistente. Persistente dije, no terco. Pero un día conocí un patrón de una estancia ubicada en el valle del Río Senguer al suroeste de Chubut. Me dijo “Pibe, yo te doy diez ovejas para que las pastorees por ahí, de las ovejas que nazcan vos te quedas con la mitad”

            Así empecé. El primer año tenía seis o siete ovejas, quince al segundo, veinte en el tercero, en fin, en 1920 tenía uno de los rebaños más grandes del valle. Entonces fui a hablar con mi antiguo patrón y le vendí todas las ovejas. Me hice un capital más que importante y me volví a Buenos Aires. Quería tener mi propio almacén. Pero nada de tostar café, mejor comprarlo tostado.

             Conseguí un local en Mataderos muy bien ubicado. Abrí un almacén y un despacho de bebidas, lo que hoy llamamos  bar. Andalgalá y Rondeau. El negocio iba viento en popa. No era un lugar para gente temerosa, era un barrio de guapos, taitas y malevos. Cómo sería que me dejaban los revólveres para que se los guarde mientras jugaban a las cartas.

            El problema fue cuando a la Municipalidad se le ocurrió que un almacén y un despacho de bebidas no podían estar en un mismo ambiente. Había que levantar una pared que los divida. Para esa época yo me había casado con Juana Inés y teníamos un hijo. Lo encaré al dueño del local y le dije que tenía que pagar la pared divisoria. Juana Inés me dijo que pague la pared y listo, si de todos modos el boliche daba ganancias suficientes para costearla. Así estuvimos unos meses, discutiendo con el dueño, pero el tipo era muy terco. Que sí, que no, que sí… hasta que me cansé, vendí el fondo de comercio y  nos fuimos a otro barrio a poner un almacén.

            El barrio era prometedor, había que tener visión de futuro, porque era una zona de quintas, tal vez en dos o tres años montaríamos el mejor almacén del lugar. Compramos un lindo boliche y arrancamos. Es una manera de decir, porque el negocio creo que no arrancó nunca. Mirá que intentamos de todo pero al año y medio tuvimos que tirar la toalla y vendimos todo.

            Y a eso mi hijo le dice fracaso. Un fracaso hubiera sido perder todo el capital. Es verdad que algunas malas decisiones y mucha mala suerte nos hicieron perder un poco de dinero, pero no admito que me digan “fracasaste”. No, señor, con la plata de lo que vendimos nos compramos una casita, humilde pero era nuestra casita. Nos ayudó Francisco para comprarla. Él no tenía problemas económicos, para esa época ya tenía dos almacenes y cuatro tostadurías de café. Por favor, y después me dicen terco a mí… Mirá que hay que aguantar tanto tiempo el humo negro ese.


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sábado, 28 de agosto de 2021

De chilena

 


Cuento a Eduardo Sacheri

Ayer a Anita se la llevaron un rato largo a firmar un montón de papeles. Al volver, ella dijo que no ha¬bía entendido muy bien, porque eran muchos formularios distintos, con letra chica y apretada. Supongo que me habrá mirado varias veces, buscando un ges¬to que le calmara las angustias. Pero yo estaba de un ánimo tan sombrío, tan espantado por el olor a catástrofe en ciernes, que evité con cierto éxito el cru¬ce inquisitivo de sus ojos. Los doctores dicen que, prácticamente, no hay manera casi de que salgas de ésta. Y lo dicen muy serios, muy calmos, muy convencidos. Con la parsimonia y la lejanía de quienes están habituados a trans¬mitir pésimas noticias. El más claro, el más sincero, como siempre, fue Rivas, cuando salió a la tarde tem¬pranito de revisarte. Cerró la puerta despacio para no hacer ruido, y le dijo a Anita que lo acompañara a la sala del fondo y la tomó del brazo con ese aire grave, casi de pésame anticipado. Yo me levanté de un brinco y me fui con ellos, pobre Anita, para que no estuviera sola al escuchar lo que el otro iba a decirle. Rivas estuvo bien, justo es decirlo. Nos hizo sentar, nos sirvió té, nos explicó sin prisa, y hasta nos hizo un dibujito en un recetario. Anita lo toleró como si estuviera forjada en hierro. Y te digo la verdad, si yo no me quebré fue por ella. Yo pensaba ¿cómo me voy a poner a llorar si esta piba se lo está bancando a pie firme? Cuando Rivas terminó, supongo que algo intimidado ante la propia desolación que había desnuda¬do, Anita, muy seria y casi tranquila (aunque me tenía aferrado el brazo con una mano que parecía una garra, de tan apretada), le pidió que le especificara bien cuáles eran las posibilidades. El médico, que garabateaba el dibujo que había estado haciendo, y que había hablado mirando el escritorio, levantó la cabeza y la miró bien fijo, a través de sus lentes chiquitos. «Es casi imposible». Así nomás se lo dijo. Sin atenuantes y sin preámbulos. Anita le dio las gracias, le estrechó la mano y salió casi corriendo. Ahora que¬ría estar sola, encerrarse en el baño de mujeres a llorar un rato a gritos, pobrecita. Yo estaba como si me hubiera atropellado un tren de carga. Me dolía todo el cuerpo, y tenía un nudo bestial en la garganta. Pero como Anita se había portado tan bien, me sentí obli¬gado a guardar compostura. Le di las gracias por las explicaciones, y también por no habernos mentido inútilmente. Ahí él se aflojó un poco. Hizo una mueca parecida a una sonrisa y me dijo que lo sentía mucho, que iba a hacer todo lo posible, que él mismo iba a conducir la operación, pero que para ser sincero la veía muy fulera. A la tarde, la familia en pleno ganó tu habitación y desplegó un aquelarre lastimoso. Todos daban vuel¬tas por la pieza, casi negándose a irse, como si que¬dándose pudieran torcer al destino y enderezarte la suerte. Vos seguías en tu sopor distante, en esa mo¬dorra quieta que te había ido ganando con el trans¬curso de los días. Ni siquiera comer querías. Dormías casi todo el día. Con Anita apenas cruzabas dos pala¬bras. Y a mí te me quedabas mirando fijo, como sa¬biendo, como esperando que yo me aflojara y termi¬nara por desembuchar todo lo que me dijo Rivas y que a vos te conté nomás por arriba para que no te asustases. Cuando me clavabas los ojos yo miraba para otro lado, o salía disparado con la excusa de irme a fumar al baño del corredor. Y encima ese cón¬clave familiar que armamos sin proponérnoslo, pero que tampoco fuimos capaces de ahorrarte. Ayer esta¬ban todos: papá, Mirta, José, el Cholo, y hasta la madre de Anita que no tuvo mejor idea que traer a los chicos para que te saludaran. Menos mal que a Diego y a su mujer los atajé a tiempo saliendo del ascensor y los despaché de vuelta. Venían con cara de pánico, como queriendo rajar en seguida. Así que les di las gracias por pasar y les evité el mal trago. Después llegó la hora macabra del atardecer. No hay peor hora en un hospital que ésa. La luz morteci¬na estallando en el vidrio esmerilado. El olor a comida de hospicio colándose bajo las puertas. Los tacos de las mujeres alejándose por el corredor. La ciudad cal¬mándose de a poco, ladrando más bajo, con menos estridencia, dejando a los enfermos sin siquiera la estúpida compañía de su bullicio. Para entonces, la pieza era un velorio. Faltaba sólo la luz de un par de cirios, y el olor marchito de las flores tristes. Pero sobraban caras largas, susurros culposos, miradas compasivas hacia tu lecho. Justo ahí fue cuando abriste los ojos. Yo pensé que era una desgracia. Anita trataba de convencerlo a papá de que se volviera a Quilmes, y él porfiaba que de ninguna manera. Mirta hojeaba una revista con cara de boba. José te miraba con expresión de «que en paz descan¬se». Era cosa de que si hasta ese momento no te ha¬bías dado cuenta, de ahora en adelante no te quedase la menor duda de lo que estaba pasando. Y vos miras¬te para todos lados, levantando la cabeza y tensando para eso los músculos del cuello. Se ve que te costa¬ba, pero te demoraste un buen rato en vernos a todos, y al final me miraste a mí y yo no sabía qué hacer con todo eso. Yo temía que me dijeras vení para acá y contámelo todo, pero en cambio me dijiste dame una mano para levantar un poco el respaldo. Y mientras yo le daba a la manija a los pies de la cama de hierro, vos le ordenaste a Mirta que encendiera la luz, que no se veía un pepino. Con la luz prendida todos se que¬daron quietos, como descubiertos en medio de un acto vergonzoso y hasta imperdonable, como incómodos en la ruptura de ese ensayo general de velorio inminente. Y para colmo, como para ponerlos aún más en evidencia, como para que nadie se confundiera antes de tiempo, empezaste a dar órdenes casi gritando, estirando el brazo con el suero que bailaba con cada uno de tus ademanes, que vos papá te vas a casa, que vos José te la llevás a Mirta que para leer revistas bastante tiene en su propio living, que ya mismo alguien se ocupa de darle de cenar a Anita o se va a caer redonda en cualquier momento, y que se dejan de joder y me vacían la pieza. Tu voz tronó con tal autoridad que, en una fila sumisa y monocorde, fue¬ron saliendo todos. Y cuando yo me disponía a seguir¬los sin mirar atrás, me frenaste en seco con un «vos te quedás acá y cerrás la puerta». Como un chico que trata de pensar rápido una disculpa verosímil, gané el tiempo que pude moviendo el picaporte con cuidado, corriendo las cortinas para acabar de una vez por to-das con la luz moribunda de las siete, pateando y vol¬viendo a su lugar la chata guarecida bajo la cama. Pero al final no tuve más remedio que sentarme al lado tuyo, y encontrarme con tus ojos preguntándome. Te lo conté todo. Primero traté de ser suave. Pero después supongo que me fui aflojando, como si nece¬sitara hablar con alguien sin eufemismos tontos, sin buscar y rebuscar atenuantes tranquilizadores, sin inventar al voleo ejemplos creíbles de sanaciones milagrosas. Te relaté cada uno de los diagnósticos suce¬sivos, el inútil anecdotario del periplo de locos de los últimos dos meses, el puntilloso pésame velado de los especialistas. Vos te tomaste tu tiempo. Llorabas mientras yo seguía el monótono detalle de nuestra pesadilla. Llo¬rabas con lágrimas gruesas, escasas, de esas que a veces sueltan los hombres. Después, cuando por fin me callé, cerraste los ojos y estuviste un largo rato respirando muy hondo. Yo empecé a levantarme de a poquito, casi sin ruido, como para dejarte descansar, queriendo convencerme de que te habías dormido. Y ahí pasó. Te incorporaste en la cama con tal violencia que casi me tumbas de nuevo a la silla del susto. Me agarraste casi por el cuello, haciendo un guiñapo con mi camisa y mi corbata, y miraste al fon¬do de mis ojos, como buscando que lo que ibas a decirme me quedara absolutamente claro. Tu cara se había transformado. Era una máscara iracunda, orgullosa, llena de broncas y rencores. Y tan viva que daba miedo. Ya no quedaban en tu piel rastros de las lágri¬mas. Sólo tenías lugar para la furia. En ese momento me acordé. Te juro que hacía veinte años por lo menos que aquello ni se me pasaba por la cabeza. Parece mentira cómo uno, a veces, no se olvida de las cosas que se olvida. Porque cuando me miraste así, y me agarraste la ropa y me la estrujaste y me sacudiste, el dique del tiempo se me hizo trizas, y el recuerdo de esa tarde de leyenda me ahogó de repente. Ahora, en el hospital, no dijiste nada. Como si fuesen suficientes las chispas que salían de tus ojos, y el rojo furioso de tu expresión crispada. Aquella vez, la primera, cuan¬do me agarraste, también era casi de noche. Y tam¬bién yo estaba cagado de miedo. Me habías mirado fijo y me habías gritado: «Todavía no perdimos, entendés. Vos atajálo y dejáme a mí». Jugábamos de visitantes, contra el Estudiantil, en cancha de ellos. La pica con el Estudiantil era uno de esos nudos de la historia que, para cuando uno nace, ya están anudados. Lo único que le cabe al re¬cién venido al mundo, si nació en el barrio, es tomar partido. Con el Estudiantil o con el Belgrano. Sin me¬dias tintas. Sin chance alguna de escapar a la disyun¬tiva. De ahí para adelante, el destino está sellado. La línea divisoria no puede ser traspuesta. Ambos clubes jugaban en la misma Liga, y los dos cruces que se producían cada año solían tener derivaciones tumultuosas. Para colmo, ese año era más especial que nunca. Nosotros, en un derrotero inusi¬tado para nuestras campañas ordinarias, estábamos a un punto del campeonato. Quiso el destino que nos tocara el Estudiantil en la última fecha. Con cualquier otro equipo la cosa hubiese sido sencilla. Nos bastaba un simple empate, y ningún osado delantero contra¬rio iba a estar dispuesto a amargarnos la fiesta a cam-bio de una fractura inopinada, y menos con el verano por delante y el calor que dan los yesos desde el tobi¬llo hasta la ingle. Pero con el Estudiantil la cosa era distinta. Entre argentinos hay una sola cosa más dulce que el placer propio: la desgracia ajena. Dispuestos a cumplir con ese anhelo folklórico, ellos se habían preparado para el partido con un fervor sorprendente, que nada tenía que ver con el magro décimo puesto en la tabla con el que despedían la temporada. Lo malo era que lo nuestro, en el Belgrano, era por cierto limitado: dos wines rápidos, un mediocampo ponedor, y dos backs instintivamente sanguinarios, capaces de partir por la mitad hasta a su propia madre, en el caso de que ella tuviera la mala idea de encarar para el área con pelota dominada. Para colmo, de árbitro lo mandaron al negro Pérez, un cabo de la Federal que partía de la base de que todos éramos delincuentes salvo demostración irrefutable de lo contrario. Un árbitro tan mal predispuesto a dejar pasar una pierna fuerte era lo peor que podía sucedernos. Igual nos juramentamos vencer o vencer. También nosotros éramos argentinos: y darles la vuelta olímpi¬ca en las narices, y en cancha de ellos, iba a ser por completo inolvidable. El partido salió caldeado. Nos quedamos sin uno de los backs a los quince del primer tiempo, y si tengo que ser sincero, Pérez estuvo blando. A los diez minu¬tos el tipo ya había hecho méritos suficientes como para ir preso. Pero su sacrificio no fue en vano: a los delanteros de ellos les habrán dolido esos quince mi¬nutos, porque después entraron poco, y prefirieron probar desde lejos. Las gradas eran un polvorín, y había como doscientos voluntarios listos para encen¬der la mecha. La cancha tenía una sola tribuna, en uno de los laterales, que estaba copada por la gente de ellos. Los nuestros se apiñaban en el resto del perímetro, bien pegados al alambrado. Encima el gor¬do Nápoli, que tenía al pibe jugando de ocho en nues¬tro cuadro, les sacaba fotos a los del Estudiantil y, aprovechando los pozos de silencio, para que lo oye¬ran con claridad, les gritaba las gracias porque las fotos le servían para el insectario que estaba armando. El partido fue pasando como si los segundos fue¬ran de plomo. Yo me daba vuelta cada medio minuto y preguntaba cuánto faltaba. Don Alberto estaba pegado al alambre, y me gritaba que me dejara de joder y mirara el partido o me iba a comer un gol pavote. Pero yo no preguntaba por idiota. Preguntaba porque sentía algo raro en el aire, como si algo malo estuviese por pasar y yo no supiera cómo cuernos evitarlo. Cuan¬do terminaba el primer tiempo, mis dudas se disipa¬ron abruptamente: el nueve de ellos me la colgó en un ángulo desde afuera del área. Sacamos del medio y Pérez nos mandó al vestuario. La hinchada del Estu¬diantil era una fiesta, y yo tenía unas ganas de llorar que me moría. Ahora me acuerdo como si fuera hoy. Vos juga¬bas de cinco, y eras de lo mejorcito que teníamos. Pero en todo el primer tiempo la habías visto pasar como si fueras imbécil. Las pocas pelotas que habías conse¬guido, o te habían rebotado o se las habías dado a los contrarios. Chiche no lo podía creer, y te gritaba como loco para hacerte reaccionar. Trataba de que te calen¬taras con él, aunque fuera, como cuando jugábamos en la calle. Pero vos seguías ahí, mirando para todos lados con cara de estúpido. Siempre parado en el lu¬gar equivocado, tirando pases espantosos, cortando el juego con fules innecesarios. En el entretiempo el gordo Nápoli guardó la cá¬mara y nos improvisó una charla técnica de emergen¬cia. La verdad es que habló bastante bien. Con su tradicional estilo ampuloso, y sin demorarse en falsas ternuras, nos recordó lo que ya sabíamos: si perdía¬mos el partido, y Estudiantil nos sonaba el campeona¬to, que ni aportáramos por el barrio porque seríamos repudiados con justa razón por las fuerzas vivas de nuestra comunidad belgraniana. Vos seguías ahí, sen¬tado en un banco de listones grises, con las piernas estiradas y la cabeza baja. Cuando nos llamaron para el segundo tiempo, tuve que ir a buscarte porque ni aún entonces te incorporaste. No sé si fue el miedo o una inspiración mística y repentina, pero de pronto me vi casi llorándote y pidiéndote que me dieras una mano, que no arrugaras, que te necesitaba porque si no íbamos al muere. Se ve que te impresioné con tanta charla y tanto brote emotivo (yo que siempre fui tan tímido), porque después te levantaste y me dijiste solamente vamos, pero tu tono ya era el tuyo. El segundo tiempo fue otra historia. Ese se me pasó volando. Parece mentira como corre la vida cuando vas perdiendo. Yo ya no preguntaba la hora. Don Alberto nos gritaba que le metiéramos pata, que falta¬ba poco. Y a vos se te había acomodado la croqueta. Todas las que te rebotaban en el primer tiempo, ahora las amansabas y las distribuías con criterio. En lugar de regalar pelotas ponías pases profundos, bien me¬didos. Pero no alcanzaba. Pegamos dos tiros en los palos, y el pibe de Nápoli se comió dos mano a mano con el arquero (que encima andaba inspirado). Y para colmo, a los treinta minutos a mí me empezó de nuevo la sensación de catástrofe inminente. No andaba mal encaminado. Jugados al empate como estábamos, nos agarraron mal parados de con¬traataque: se vinieron tres de ellos contra el back so¬breviviente (Montanaro se llamaba) y yo. La trajo el nueve y cerca del área la abrió a la izquierda para el once. Montanaro se fue con él y lo atoró unos segun¬dos, pero el otro logró sacar el centro que le cayó a los pies de nuevo al nueve, y yo no tuve más remedio que salir a achicarle. Parece mentira cómo a veces el hom¬bre sucumbe a su propia pequeñez: si el tipo la toca a la derecha para el siete, es gol seguro. Pero la carne es débil: los gritos de la hinchada, el arco enorme de gran¬de, el sueño de ser él quien nos enterrase defini¬tivamente en el oprobio. Mejor amagar, quebrar la cintura, eludir al arquero, estar a punto de pasar a la inmortalidad con un gol definitivo, y recibir una patada asesina en el tobillo izquierdo que lo tumbó como un hachazo. Pérez cobró de inmediato. El petiso seguía aullando de dolor en el piso, pobre. Pero no me echaron. Tal vez fuese el propio ambiente el que me puso a salvo. En efecto, se respiraba una ominosa atmósfera de asunto concluido. Ellos se abrazaban por adelantado. Su hinchada enfervorizada se regodeaba en el sueño hecho realidad. El gordo Nápoli lloraba aferrado a los alambres. Don Alberto insultaba entre dientes. La verdad es que en ese momento, si me hubiesen ofrecido irme, hubiese agarrado viaje. Intuía ya el grito feroz que iban a proferir cuando convirtieran el penal. Ya me veía tirado en el piso, con esos mugrientos saltando y abrazándose alrededor mío, pateando una vez y otra la pelota contra la red. Me volví a buscar la cara de Don Alberto n medio de los rostros entristecidos. «Faltan tres», me dijo cuando nuestros ojos por fin se encontraron. Y era como una sentencia inquebrantable. Ahí bajé definitivamente los brazos. Un dos a cero es definitivo cuando faltan tres minutos y uno es visitante. De local vaya y pase, aunque tampoco. ¿Cómo dar vuelta semejante cosa? Me fui a parar a la línea como quien se dirige al cadalso. Lo único que quería ahora era que pasara pronto. Sacarme de una vez por todas a esos energú¬menos borrachos en la arrogancia de la victoria. Y entonces caíste vos. Nunca supe qué habías estado haciendo todo ese tiempo. O tal vez fueron sólo segundos, que a mí me parecieron siglos. Pero lo cier¬to es que cuando levanté la cabeza te tenía adelante. Me agarraste el cuello del buzo y me lo retorciste. Me zarandeaste de lo lindo, mientras me gritabas: «¡Reac¬ciona, carajo, reacciona!». Tu cara metía miedo. Era una mezcla explosiva de bronca y de rencor y de de¬terminación y de certeza. La misma que pusiste ayer en la cama, y que me hizo acordar de todo esto. Me miraste al fondo de los ojos, como para que no me distrajera en el batifondo de los gritos y los cohetes y los consejos de tiráte para acá, arquero, tiráte para el otro lado, pibe. Cuando te aseguraste de que te esta¬ba mirando y escuchando, y teniéndome bien agarra¬do del cuello me dijiste: «Atajálo, Manuel. Atajálo por lo que más quieras. Si vos lo atajás yo te juro que lo empato. Prométeme que lo atajás, hermanito. Yo te juro que lo empato». Me encontré diciéndote que sí, que te quedaras tranquilo. Y no por llevarte la corriente, nada de eso. Era como si tu voz hubiese llevado algo adherido, como un perfume a cosa verdadera que apaciguaba al des¬tino y era capaz de enderezarlo. De ahí en más ya fui yo mismo. Cumplí todos los ritos que debe cumplir un ar¬quero en esos casos límite. Iba a patearlo Genaro, el dos de ellos, un taño bruto y macizo que sacaba unos chumbazos impresionantes. Me acerqué a acomodar¬le la pelota, arguyendo que estaba adelantada. La giré un par de veces y la deposité con gesto casi delicado, en el mismo lugar de donde la había levantado. Pero a Genaro le dejé la inquietante sensación de habérsela engualichado o algo por el estilo. Volvió a adelantarse y a acomodarla a su antojo. De nuevo dejé mi lugar en la línea del arco y repetí el procedimiento. Pero esta vez, y asegurándome de estar de espaldas al árbitro, lo enriquecí con un escupitajo bien cargado, que deposité veloz sobre uno de los gajos negros del ba¬lón. Genaro, francamente ofuscado, volvió hasta la pelota, la restregó contra el pasto, y me denunció reite¬radas veces al juez Pérez. Sabiéndome al límite de la tolerancia, e intuyendo que el tipo ya iba incubando ganas de asesinarme, volví a acercarme con adema¬nes grandilocuentes. Invoqué a viva voz mis derechos cercenados, y mientras le tocaba de nuevo la pelota le dije a Genaro, lo suficientemente bajo como para que sólo él me escuchara, que después de errar el penal mi hermano iba a empatarle el partido, que se iba a tener que mudar a La Quiaca de la vergüenza, pero que en agradecimiento yo le prometía que iba a dejar de afilar con su novia. Genaro optó por putearme a los alaridos, como era esperable de cualquier varón honesto y bien nacido. Pérez lo reprendió severamente, y a mí me mandó a la línea del arco con un gesto que ya no admitía dilaciones. En ese momento empezó a rodar el milagro. Me jugué apenas a la izquierda, pero me quedé bien er¬guido: Genaro le pegaba muy fuerte pero sin inclinar¬se, y la pelota solía salir más bien alta. Le dio con furia, con ganas de aplastarme, de humillarme hasta el fondo de mi alma irredenta. Tuve un instante de pánico cuando sentí la pelota en la punta de mis guan¬tes: era tal la violencia que traía que no iba a poder evitar que me venciera las manos. De hecho así fue, pero había conseguido cambiarle la trayectoria: des¬pués de torcerme las muñecas la pelota se estrelló en el travesaño y picó hacia afuera, a unos veinte centíme¬tros de la línea. Me incorporé justo a tiempo para atraparla, y para que los noventa y cinco kilos de Genaro me aplastaran los huesos, la cabeza, las arti¬culaciones. Pérez cobró el tiro libre y me gritó: «Juegue». No me detuve a escuchar los gritos de alegría de los nuestros. Me incorporé como pude y te busqué desesperado. Estabas en el medio campo, totalmente libre de marca: ellos volvían desconcertados, como no pudiendo creer que tuvieran todavía que aplazar el grito del triunfo. Te la tiré bastante mal por cierto; pero como andabas inspirado la dominaste con dos movimientos. Levantaste la cabeza y se la tiraste al pibe de Nápoli que corrió como una flecha por la iz¬quierda. Sacó un centro hermoso, bien llovido al área, pero alguno de ellos consiguió revolearla al córner. Era la última. Pérez ya miraba de reojo su muñe¬ca, con ganas de terminarlo. Fuimos todos a buscar el centro. Lo mío era un acto simbólico. Si me hubiese caído a mí hubiera sido incapaz de cabecear con pun¬tería. Al arco me defendía, pero afuera era una tabla con patas. El centro lo tiró de nuevo Nápoli, pero esta vez le salió más pasado y más abierto, y bajó casi en el vértice del área. Vos estabas de espaldas al arco. El sol ya se había ido, y no se veía bien ni la cancha ni la pelota. Mientras estuvo alta, donde el aire todavía era más claro, la vi pasar encima mío sin esperanza. Cuan¬do te llegó a vos, supongo que debía ser poco más que una sombra sibilante. Parece mentira cómo todos estos años lo tuve olvi¬dado, porque mientras avanzo en el recuerdo los de¬talles se me agolpan con una vigencia pasmosa. Por¬que fue justo ahí, mientras yo pensaba sonamos, pasó de largo, ahora la revienta alguno de ellos y Pérez lo termina, fue ahí que el milagro concluyó su ciclo legendario. La camiseta con el cinco en la espalda, las piernas volando acompasadas, la izquierda en alto, después la derecha, la chilena lanzada en el vacío, y la sombra blanquecina cambiando el rumbo, torcien¬do la historia para siempre, viajando y silbando en una parábola misteriosa, sobrevolando cabezas incré¬dulas, sorteando con lo justo el manotazo de un ar¬quero horrorizado en la certidumbre de que la bola lo sobraba, de que caía para siempre contra una red vencida por el resto de la eternidad, de que era uno a uno y a cobrar. Y nada más en el recuerdo, porque ya con eso era demasiado, apenas un vestigio de energía para salir corriendo, para treparse al alambrado, para tirarse al piso a llorar de la alegría, para encontrarme con vos en un abrazo mudo y sollozante, para que el gordo Nápoli resucitara la cámara y las fotos para el insectario, y los gestos obscenos, y el grito multiplica¬do en cien gargantas, y el tumulto feliz en el mediocampo, y la vuelta olímpica lejos del lateral para librarnos de los gargajos. Ayer a la nochecita, con esa cara de loco y ese puño arrugándome la ropa, me hiciste retroceder veinte años, a cuando vos tenías quince y yo dieciséis, a tu fe ciega y al exacto punto de tu chilena legendaria, heroica, repentina, capaz de torcer los rumbos sella¬dos del destino. Ni vos ni yo tuvimos, ayer, ganas de hablar de aquello. Pero yo sabía que vos sabías que ambos estábamos pensando en lo mismo, recordando lo mismo, confiando en lo mismo. Y nos pusimos a llorar abrazados como dos minas. Y moqueamos un buen rato, hasta que me empujaste y te dejaste caer en la cama, y me dijiste dejáme solo, andá con los demás que van a preocuparse. Y yo te hice caso, por¬que en la penumbra de la pieza te vi los ojos, llenos de bronca y de rencor, llenos de una furia ciega. Y me quedé tranquilo. La noche me la pasé en la capilla de la clínica, rezando y cabeceando de sueño pero sin darme por vencido. Recién cuando te llevaron al quirófano me fui hasta la cafetería a tomar un café con leche con medialunas. Me la llevé a Anita, que estaba hecha un trapo, pobrecita. Lógicamente no le dije nada de lo de anoche, porque pensé que con el batuque que debía tener ahora en el balero me iba a sacar rajando si empezaba a desempolvar historias antiguas. A los demás tampoco les dije nada. Los dejé que volvieran con su velorio portátil, esta vez improvisado en la sala de espera del quirófano, a dejar pasar las horas, a consolarla a Anita y a los chicos, a murmurar ensa¬yos de resignación y de entereza. Ni siquiera dije nada cuando salió Rivas hecho una tromba, cuando la agarró a Anita del brazo y ella lo escuchó llorando pero maravillada, agradecida, in¬crédula, ni cuando él habló y gesticuló y dejó que se le desordenara el pelo engominado, ni cuando la voz entró a correr entre los presentes, ni cuando empezaron a oírse exclamaciones contenidas y risitas tímidas bus¬cando otras risas cómplices para animarse a tronar en carcajadas y gritos de júbilo, ni cuando Anita me lo trajo a Rivas para que lo oyera de sus labios. Ahí tampoco dije nada, aunque lloré de lo lindo. Yo lloraba de emoción, es claro. Pero no de sorpresa. No con la sorpresa todavía descreída, todavía tensa y desconfiada de José, de Mirta, de los chicos, de la propia Anita. Yo también, en su lugar, hubiese estado sorprendido. Para ellos este milagro es el primero. Al fin y al cabo, ellos no vivieron aquel partido de epope¬ya. Y no le dieron la vuelta olímpica al Estudiantil en cancha de ellos, con el gol tuyo de chilena.

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domingo, 22 de agosto de 2021

El Tano

Cuento de Fernando Murano

Un cuento que voy a llevar siempre, como a mi amigo, en mi memoria y en mi corazón. 

Se lo digo a la Mari todo el tiempo, no puedo entender lo del Tano. Mirá que pienso y pienso y no me entra en la cabeza, es una locura, es una injusticia, qué se yo, hay tanto hijo de puta por ahí, viviendo lo más pancho… Y sí, a mí me afectó mucho lo del Tano.
¿Sabés lo qué pasa?, que desde que lo conocí en el almacén de don José fuimos muy unidos, es una cuestión de piel, nos dirigimos unas pocas palabras y ya sabíamos que seríamos grandes amigos. Él me lo confesó después, fue ese día que cerramos el almacén y nos tomamos el bondi para ir hasta Güerin a comer unas porciones de muza (porque el Tano jodía siempre con que la pizza esa era única y que no podía ser que yo no la haya probado). Mientras circulaban las porciones y la birra tirada, hablábamos de todo: de la vida, de la infancia, de fútbol, de Huracán, de minas, qué se yo, de todo. Ahí me lo dijo y me sorprendí, porque yo había sentido lo mismo, porque es como una especie de visión, como si hubiéramos sido amigos desde pendejos.
También me dijo que sólo le había pasado una vez cuando era pibe. Tenía trece y había conocido al Luisito en un veraneo, porque los viejos alquilaban siempre carpa en  el balneario Atlántico de San Clemente y ese año los viejos del Tano habían alquilado la carpa de al lado, y el mismo día que llegaron, ahí estaba el Luisito, haciendo jueguito con una pulpo, y apenas vio que se instalaba, lo invitó a jugar unos tiritos en la orilla. Y así, verano tras verano construyeron una amistad que llegó más allá de las vacaciones, tanto es así que hoy con el Luisito somos grandes amigos también. El quedó tan hecho mierda como yo, mirá que en tantos años nunca nos mamamos, que tomábamos mucho, no lo niego, pero nunca, nunca nos pusimos en pedo, y últimamente ya lo tuve que llevar a la casa dos veces totalmente escabiado. Pero lo entiendo, eh, porque si yo no me mamo es sólo porque me apolillo antes.
                Me acuerdo el primer día que entro a laburar en el almacén, yo estaba cortando fiambre para doña Rita y viene don José y me dice: “Pibe, te presento a Valentino, el hijo de la Rosina, te va a dar una mano para atender”, y el Tano de entrada nomás me hizo cagar de risa, mientras el viejo hablaba, él hacía que se desenroscaba una mano y me la daba. ¡Ay, qué hijo de puta, siempre jodiendo! Pero bien, eh, porque jodía todo el tiempo pero cuando tenía que laburar era una bestia. Cuando llegaban las fiestas y caían los camiones llenos de sidra, champán, pan dulce, turrones y qué sé yo cuántas otras boludeces, nos quedábamos hasta las once, las doce, dale que dale, hombro a hombro. Y aquella vez que a don José se le ocurrió que tenía que comprarle a un amigo toda la producción de naranjas de una quinta de San Pedro… ¡Cómo puteó el Tano cuando llegó el camión lleno de cajones! Pero al viejo no le dijo ni mu, puso el hombro y le metimos hasta las tres de la matina.
                ¿Y con las minas? ¡Ah, que recuerdos! ya habíamos salido con todas las pibas del barrio. Teníamos un código, si entraba una y uno de los dos le había echado el ojo decía: "me podés ir a buscar las latas de tomate al sótano", y mientras el otro desaparecía este se quedaba "atendiendo" a la minita. Claro, el problema era cuando nos gustaba a los dos, entonces prevalecía el más rápido, el más despierto. Igual, jamás nos peleamos por una mina, ni siquiera se nos pasó por la cabeza. Pero un día se nos acabó el jueguito... No me voy a olvidar más cuando conoció a la Rosita. Qué linda que estaba ese día, con esos faroles verdes, pollera roja, blusa y zapatos blancos y un moño rojo que le agarraba el pelo tirante. Apenas entró, el Tano cogoteó por encima de los quesos y se enamoró. Sí, amor a primera vista. Yo no creía mucho en eso del amor a primera vista pero el Tano quedó enloquecido, con decirte que estaba tan conmocionado que a la Rosita la tuve que atender yo, la piba se dio cuenta y se puso colorada. Al día siguiente cuando volvió la piba la atendió él, a los dos minutos la estaba haciendo reír como loca. A la semana ya la había invitado a salir y se habían puesto de novios, a los cinco meses se comprometieron y al año y medio se casaron por iglesia. El Tano era así, no andaba con vueltas, siempre a fondo.
                Cuando lo conocí al Tano no era muy creyente, como yo, bah. Siempre me decía: “y algo superior debe haber” pero no lo tenía muy claro, sus viejos eran católicos y él bautizado, pero no le venían muy bien los curas, les tenía bronca. Pero el día que se desbarrancó con el Fiat 600 en un camino de ripio de Córdoba todo cambió. Me contó que, mientras el auto daba vueltas como un lavarropas, lo único que se le cruzaba por la cabeza era pedirle a Dios que lo salve, y mientras los bomberos (que no podían creer que estuviese ileso) lo sacaban de entre la maraña de fierros juró que no faltaría a ni una sola misa. Y así lo hizo, che, encontró un grupo en la parroquia de acá a la vuelta y cumplió con su promesa. A partir de ahí, día por medio, me rompía los quinotos para que vaya. Pobre, siempre se preocupó por mí y yo lo único que hice fue sacarlo vendiendo almanaques, una y otra vez. Hasta que se enfermó. Mirá, digo “se enfermó” y ya se me humedecen los ojos, se me hace un nudo en la garganta.
                Cuando se enfermó —otra vez lo digo, la puchatenían cuatro pibes con la Rosita. Me acuerdo que se había hecho unos estudios porque andaba medio mareado, vino y me lo dijo así nomás, sin anestesia: “Flaco, tengo la papa”. ¡Ay, la puta madre, lo que lloré ese día! Con decirte que él terminó consolándome a mí, ¡él, que tenía que estar destruido! Ya desde ahí que mucho no entiendo. ¿Vos te crees que cambió su sentido del humor? Un carajo, siguió igual o peor, jodía con los clientes, con el pibe del reparto, conmigo y hasta lo hacía reír a don José, que ya es bastante decir. Eso sí, en ese tiempo, cuando se enteró de la enfermedad, no andaba muy bien con la Rosita, me contaba todos los días que discutían por cualquier boludez, que no se tiraban los platos porque no tenían plata para comprar otros, que si no se separaban era por los pibes. Pero apenas le dijo lo del cáncer  a su mujer, todo cambió. Me contaba que Rafael, el cura de la parroquia, los ayudó mucho, les decía —y esto la verdad que a mí no me entra en la cabeza— que la enfermedad era una gracia, que Dios la había permitido para que ellos pudieran amarse, reconstruir su matrimonio.  “¿Qué boludez es esa? ¿Cómo Dios se la va a agarrar con este pibe que es más bueno que el pan?” pensaba yo, aunque a él no le decía nada. La verdad es que, boludez o no, a partir de ese momento, su relación con Rosita cambió totalmente, no te voy a negar que al principio les fue difícil, que ella estaba preocupada y angustiada, pero de a poco la cosa fue cambiando, con decirte que ella  dos veces por día pasaba por el almacén para ver como andaba el Tano y le traía unas barritas de ese chocolate que lo volvía loco, le dejaban a los pibes a la vieja de ella y se iban al cine, a comer afuera, al teatro. ¿Qué carajo estaba pasando? Este tipo que tendría que tener el ánimo por el suelo, estaba tranquilo, contento cada día por estar vivo y disfrutando de una nueva luna de miel con su señora y de cada segundo compartido con sus hijos. Un día lo agarré y le pregunté si no estaba loco —porque hay que estar chiflado para tener cáncer y vivir como si nada—. “¿Vos te crees que no tengo miedo de morirme?... estoy cagado hasta las patas, pero todos los días, después que rezamos con la Rosita a la mañana y a la noche, no sé, es como que me vuelve el alma al cuerpo, pienso en el cielo y se me va el miedo”. Cuando vino y me contó que el doctor le dijo que había una remisión total del cáncer pensé que de verdad Dios existía y que el cura tenía razón, que todo había sido para que su matrimonio cambiara. Por eso cuando, seis meses después, le volvieron a dar mal los análisis se me vino la estantería abajo. En sólo un mes cayó en cama y no pudo volver al laburo.
                Le pedí permiso al pobre don José y casi que me quedé a vivir en el  hospital, un poco para estar con él y otro para darle una mano a la Rosita. Qué querés que te diga, yo estaba hecho mierda, y el médico nos decía que le digamos que ya está, que como mucho va a vivir un par de días más. Y no entiendo, ahí estaba tranquilo, mientras le contábamos que chau, que se terminaba, que no había nada más que hacer, y él sereno, y yo con una angustia que parecía que era yo el que se iba morir. Nunca voy a poder olvidarme de cuando la Rosita lloraba a moco tendido y él le preguntaba por qué lloraba y ella le decía que porque lo veía sufrir y él le contestaba que más había sufrido Jesucristo por él. Yo nunca entendí esto de la religión, pero si existió un hombre con fe, ese fue el Tano, si hasta se despidió de sus hijos diciéndoles que no se olviden nunca de Dios, que Dios era fiel.

                Como dije desde el principio, yo no entiendo por qué se me lo llevaron al Tano tan pronto, por qué un tipo tan bueno, tan compañero, tan fiel, tiene que dar las hurras sin haber vivido, ni siquiera, la mitad de una vida como la gente. Lo único que yo sé es que quiero ser feliz con mi familia como lo fue el Tano con la suya, vivir cada día como vivió el Tano los suyos y cuando me muera quiero morirme como se murió el Tano.  El Luisito me dice que no sea tan boludo, que me dé cuenta que el Tano era así porque creía en Dios, porque creía en que la vida no se termina con la muerte. Y no sé, puede ser, qué se yo… lo extraño tanto al Tano que soy capaz de creer que hay otra vida con tal de volverme a juntar con él y charlar de lo que vivimos juntos, y cagarnos de risa de boludeces y hacerle jodas a Don José y comer un cacho de pizza. Y no sé, soy capaz… con tal de volverlo a ver, soy capaz…

Escrito en memoria de Daniel Menéndez.



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El Tano por Fernando Murano se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en fernandomurano.blogspot.com.

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martes, 3 de agosto de 2021

El pozo

 de Fernando Murano

Ese día había amanecido con un frío insoportable. En el campo suele hacer frío a las cinco o seis de la mañana, pero ese día parecía que iban a congelárseme los huesos. Digo los huesos porque en la carne ya había perdido la sensibilidad.

No sé si eso tendría algo ver con lo que iba a pasar un rato después. Los expertos dicen que podría tener alguna relación. Yo me pregunto algo al respecto. Me refiero a los “expertos” y no al frío. ¿Por qué carajo les dicen expertos a unos cuántos tipos que, básicamente nos explican las cosas que no sabemos, diciéndonos que es prematuro hacer conjeturas sobre la cuestión? Si sos experto tenés que saber, macho, sino sos uno más de los mortales que ignoran el 99,99% de las cosas que ocurren en el universo.

La cuestión es que, como todos los días a las cuatro y media en punto, sonó el despertador unos minutos antes de que cante Gardelito, el gallo más viejo de la estancia. Puse la pava y preparé el mate con la técnica ceremonial que me había enseñado mi viejo el mismo día que cumplí los doce. “Vení, Gerardo, que hoy empezás a ser un hombre de campo” me dijo desde la cocina sin mediar siquiera un “feliz cumpleaños”.

Cinco en punto estaba subiendo a la Juanita ‑así le había puesto mi hermano a la chata.- para poner rumbo al pueblo a comprar las semillas en la forrajera. Si no quería hacer patinaje en cuatro ruedas, tenía que tener cuidado con los surcos llenos de agua que había dejado la lluvia del día anterior porque se habían congelado.

Aún no había clareado y la visibilidad no era la mejor. Iba concentrado en evitar todo posible punto resbaladizo cuando casi desaparezco de la superficie de la tierra, literalmente. Fue casi como una premonición, de otro modo no entiendo como clavé los frenos y después de derrapar en el barro unos 30 metros quedé al borde del precipicio.

Vea usted, si hay algo que es raro encontrar en la pampa son los precipicios pero más raro que eso es que un camino termine en uno.

La camioneta había quedado con dos ruedas mirando hacia el fondo del pozo más grande que había visto en mi vida. Si no estuviese seguro de que, por la distancia que había desde casa a ese lugar tendría que haber escuchado el estruendo del impacto, pensaría que había caído un meteorito de 30 metros de diámetro. Además, si hubiera caído uno, estaría en el fondo del pozo.

Gracias a Dios la chata es 4 x 4 y pude retroceder en seguida. No sé cuánto habría resistido el borde del pozo hasta desmoronarse llevándome a la Juanita y a mí a una muerte segura. Me bajé y me acerqué con mucho cuidado hasta el cráter que se abría frente a mí, en el mismo lugar donde unas horas antes solo había tierra y pasto. Decirle precipicio a un pozo de 10  metros de profundidad y 30 metros de diámetro es un poco exagerado, sin embargo, no es exagerado decir que encontrárselo en el medio del camino es acojonante.

Incluso diría que lo más acojonante no es el tamaño, sino el ponerse a pensar cómo apareció eso ahí. La respuesta más fácil, y la que primero me vino a la cabeza, es echarle la culpa a los extraterrestres,  hipótesis altamente incomprobable. La segunda que se me ocurrió, y que quizás sea la más probable, es que haya sido una falla tectónica. Todos alguna vez escuchamos en un noticiero o estudiamos en el colegio sobre este tipo de fenómenos naturales.

Mientras le daba forma a esa segunda teoría me sentí como embriagado por la idea de encontrar algún otro tipo de explicación que quedase a mitad de camino entre el delirio y la lógica, entre la fantasía y la ciencia, entre las habladurías y los estudios científicos.

Cuánto me habrá extasiado la posibilidad de encontrar una respuesta a semejante suceso, fuese natural o no, que durante toda la noche no pude pegar un ojo. En mi cabeza iban y venían como alocados los pensamientos más delirantes. Ideas estúpidas que daban paso a especulaciones perspicaces, pero enseguida eran devoradas por pensamientos místicos que perdían fuerza cuando aparecían hipótesis sesudas. Un torbellino de genialidades y tonterías por partes iguales.

Cosas de ciencia ficción como que se había abierto un portal dimensional que al cerrarse había consumido la masa equivalente al volumen del pozo o que se había producido una falla gravitacional localizada. Otras científicas, como que el agujero monumental había sido provocado por un eructo de gases provenientes del magma del centro de la tierra. Algunas más afiebradas como las de una manada de topos gigantes voraces y otras conspirativas como las de un rayo desintegrador disparado por una nave yanqui ultra secreta.

Debo decir que varias veces retomé como posibilidad la hipótesis del meteorito, pues el agua del fondo del pozo podría estar ocultándolo, y hasta me dije que si no había escuchado el estruendo era culpa del profundo sueño en el que me había sumido el guiso de lentejas y los dos vasos de vino antes dormir.

En mis ratos de lucidez rogaba para que al día siguiente, luego de que les avisase sobre esta misteriosa aparición, el gobierno mandara los expertos que había prometido.

En fin, los expertos vinieron, y como dijera antes, nada explicaron. Es así como llevo más de tres meses haciendo elucubraciones y jugándome la cordura noche tras noche. Si alguien cree saber cómo se ha producido este pozo a escala de dinosaurio, le pido encarecidamente que lo escriba aquí debajo en los comentarios. 

Mi salud mental se lo agradecerá.


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lunes, 5 de julio de 2021

La casa de los nonos

   De Fernando Murano

Cuando Raúl me llamó y me pidió que nos encontremos en la casa de los nonos me fastidié un poco. Ya había hecho planes para plantificarme delante de la radio a escuchar la previa del domingo, enterarme de las novedades de la formación de Boca, posibles incorporaciones, si se iba el tronco de Belautti o si por fin me ganaría la camiseta firmada por los jugadores.

—A las tres — dijo Raúl.

“¿A las tres?” pensé con odio, pero le respondí— A las tres nos vemos.

Ya habían pasado dos meses desde que murió el Nono. Le había costado los primeros tiempos después de que la Nona se entregara y no quisiera luchar para salir adelante de una infección renal que la había tenido postrada varios meses, pero con la ayuda de los hijos y los nietos, Vicente la remó y salió de la depresión. Diez años más estuvo con nosotros.

Mi viejo nos pidió que nos hiciéramos cargo de repartir las cosas de la casa. Algunos querían guardar algún recuerdo, a otros le venía bien algo para su casa. Era la ley de la vida, mi viejo lo sabía, pero ahí había vivido hasta los treinta años. Sólo tener que estar un rato en esa casa, ahora sin vida, era doloroso para él.

El domingo amaneció caluroso, la humedad era sofocante. Me arrepentí de haber caminado las siete cuadras que hay desde mi casa hasta la de los nonos, tendría que haber ido con el auto y el aire acondicionado al mango. Encima venía con la cabeza llena de preocupaciones del negocio. ¿Quién me mandó a mí a ponerme una ferretería en este país? Abrís un negocio y tenés que ser dueño, empleado, contador, abogado, experto en habilitaciones y no sé cuántas especialidades más. Madre mía.

Apenas la empujé, la puertita de reja de la entrada cantó su chillido característico. Nada de engrasar las bisagras, estaba muy bien que sonara, era como tocar el timbre para avisar que habías llegado. Claro que en ese momento no había nadie para escucharlas. Raúl, ni de casualidad, llegaba nunca menos de quince minutos tarde.

Lo raro pasó después. Apenas cerré la puerta de entrada y quedé a oscuras en el living comedor sentí enseguida el fresco del lugar, ni siquiera en días como ese hacía calor. Creo que era porque siempre estaba cerrado y solo se usaba para los cumpleaños y las fiestas de fin de año.

Esa sensación hizo que, de repente, mi cabeza se despejara de todas las preocupaciones que me habían acompañado desde casa y volviera cuarenta años para atrás.

Por eso no me extraño cuando me pareció escuchar la voz de la Nona.

—Jorgito, vení que te preparé la leche.

Después de abrir las persianas fui hasta la cocina. La taza con el Nesquik y las galletitas boca de dama estaban sobre la vieja mesa de madera del comedor diario. De espaldas, desde la cocina y mientras cortaba unas verduras para la cena la abuela me dijo.

—Dale, pichón, tomá la leche que se enfría.

"¿Se enfría?" pensé. Es raro, no hacía calor ahora.

Mientras la chocolatada iba dibujándome unos mostachos en la cara me quedé mirando la mesa. Estaba llena de ñoquis. No los había visto cuando entré. En la otra punta estaba el Nono Vicente meta enrular ñoquis con una tablita de madera. Uy, qué rico vamos a cenar me dije.

—¿Terminaste la leche, Jorgito? —preguntó el Nono.

—Sí, toda.

—Entonces, si querés, anda un rato a jugar al patio.

            No me lo tuvo que decir dos veces. Salí corriendo.

Afuera sí que hacía calor, las baldosas gastadas del patio estaban recalentadas por el sol de las tarde, incluso las que estaban abajo de la parra. En un pestañear de ojos una nube oscureció todo y se largó uno de esos chaparrones que te dejan hecho sopa. No duró más de un par de minutos, pero fue suficiente para dejar las baldosas a la temperatura ideal. Pero lo mejor de todo era el olor que subía desde el piso. Era el aroma de la felicidad, de la inocencia, de la mente solo ocupada en escribir el libreto de la próxima batalla de soldaditos o el de la carrera de autitos.

Más atrás, en el jardín, estaba el glorioso ciruelo. De sólo ver colgando esas ciruelas negras y gigantes se me hizo agua a la boca. Salí corriendo para adentro, no había porqué sufrir, en la vieja heladera Siam, la Nona guardaba, en una batea llena de agua helada, unas cuantas de las ciruelas más ricas del mundo. ¡Qué disfrute el morderla y que el jugo dulce y frío me chorree por las comisuras de la boca! Cerré los ojos para deleitar más mis sentidos. Cuando los abrí, en la cocina y el comedor no había nadie. Ese lugar era el corazón de la casa, era un espacio enorme y único donde la familia pasaba el setenta por ciento de su vida.

—Pichón, vení a dormir una siesta que te cuento unos cuentos –me llamó la nona desde la habitación que había sido de mi viejo y de mi tío.

En la otra seguramente estaría Vicente recostado. La abuela era piola, no quería que en ese rato hiciera algún ruido que pudiera despertarlo.

Me acosté a su lado y me contó los cuentos que ya había escuchado mil veces, pero mil veces me gustaba que me los contara. Sin embargo lo mejor vino después, cuando me cantó la canción de Mambrú, y después la de la blanca paloma. Cantaba lindo la Nona. Mientras mis oídos se endulzaban con su voz melodiosa mis párpados se fueron haciendo tan pesados que no pudieron mantenerse abiertos.

Después sólo recuerdo escuchar la voz de Raúl a lo lejos.

Jorge… Jorge… Jorge… Jorge… ¡JORGE!

Abrí los ojos. Estaba parado en la cocina, con las manos en los bolsillos mirando por la ventana hacia el patio.

—¿Qué pasó? –pregunté sobresaltado.

—¿En qué estabas pensando? –me preguntó.

Hice un esfuerzo para recordar pero tenía la mente en blanco.

—En nada, qué se yo –contesté para salir del paso.

Lo miré fijo durante unos segundos y ahí me vino la pregunta a la cabeza.

— ¿Te parece que el Toto lo va a poner a Belautti?


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martes, 22 de junio de 2021

Obdulio Varela - El reposo del centrojás

de Osvaldo Soriano

Introducción

Y clavó sus ojos pardos, negros, blancos, brillantes, contra tanta luz, e irguió su torso cuadrado, y caminó apenas moviendo los pies, desafiante, sin una palabra para nadie y el mundo tuvo que esperarlo tres minutos para que llegara al medio de la cancha y espetara al juez diez palabras en incomprensible castellano. No tuvo oído para los brasileños que lo insultaban porque comprendían su maniobra genial: Obdulio enfriaba los ánimos, ponía distancia entre el gol y la reanudación para que, desde entonces, el partido -y el rival-, fueran otros.

Hubo un intérprete, una estirada charla -algo tediosa- entre el juez y el morocho. El estadio estaba en silencio. Brasil ganaba uno a cero, pero por primera vez los jóvenes uruguayos comprendieron que el adversario era vulnerable. Cuando movieron la pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo.

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