Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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domingo, 22 de agosto de 2010

La Huída



Corrió sin detenerse ni mirar hacia atrás al menos durante diez minutos. Su corazón latía con tanta violencia que parecía que su pecho estallaría irremediablemente. Cuando el aire que llegaba a sus pulmones ya no era el suficiente debió detenerse. Lo hizo en medio de dos sauces que derramaban sobre su cabeza un siniestro follaje ondulante. Reclinado hacia adelante, con sus manos apoyadas en ambas rodillas, respiró con desesperación. Tal era el ahogo y el agotamiento que por un segundo olvidó a su perseguidor. El estrépito de una rama seca que se quebró a sus espaldas lo devolvieron a la realidad. Se incorporó velozmente y volteó su cabeza tratando de ver a través de la brumosa frialdad de la noche. A pesar de que la niebla se empecinaba en ocultarlo todo, la luna, llena de plateada luminosidad, se esforzaba por romper la oscuridad asfixiante de la noche.

Entornó los ojos tratando de agudizar su vista, una figura amenazante se recortó entre dos troncos de pino. Su corazón, que había recuperado el ritmo normal, volvió a batir con fuerza. No había tiempo que perder, sin embargo no tenía una idea clara de por dónde debía seguir. Giró su cabeza con desesperación en todas direcciones. Hacia su derecha y unos quinientos metros ladera abajo se divisaban las luces de un pequeño pueblo. Descartó ese destino de inmediato, ese lugar, seguramente, estaría lleno de esas extrañas criaturas que no podrían sino empeorar su situación. Hacia adelante podía oírse el trepidar incesante de las aguas del río golpeando con fiereza las rocas, sería muy arriesgado intentar el cruce con tan poca luz, además podría ser un blanco fácil e indefenso. Entonces decidió zambullirse en las profundidades del bosque.

Aunque ese lugar le era familiar y se movía con soltura dentro de él, al recorrer los primeros metros sintió que las ramas que rozaban su cuerpo eran miles de brazos de un monstruo espantoso que trataba de impedirle el paso. La agilidad innata de sus pies y manos le permitió, sin embargo, moverse con velocidad y precisión. Luego de un largo rato de travesía a través del corazón del bosque creía haber logrado deshacerse de la amenaza que lo acechaba, aunque debía ser cuidadoso, esas malignas criaturas eran extremadamente inteligentes y siempre le había sido dificultoso desembarazarse de ellas. 

En una de las tantas paradas, a la que sus pulmones y corazón le obligaban, levantó la vista, y entre la oscura densidad del follaje apareció ese disco plateado que lo hipnotizaba pero que a la vez le generaba un odio intenso. Invariablemente cuando la luna brillaba en el cielo debía vérselas con esos seres que querían matarlo.

Otra vez el sonido de ramas quebradas, otra vez la carrera angustiosa. Las piernas empezaban a sentir el cansancio de toda una noche de persecución. Ahora, los sonidos del bosque, que en otro momento le hubiesen resultado normales, eran una tortura. De un momento a otro lo alcanzaría, aunque pudiera sacar fuerzas de su interior, ya no tenía lugar a donde escapar. La respiración se había tornado entrecortada, se le hacía dificultoso pensar, el miedo le endurecía los músculos fatigados y le helaba la sangre.

Las hojas secas crujieron pisoteadas por una silueta que se movió a veinte metros detrás de él y desapareció tan rápido como había aparecido. Con movimientos frenéticos, girando hacia todas las direcciones, ya se daba cuenta que no podría escapar. Eso lo enfurecía y lo paralizaba a la vez. Sin embargo, considerándose ya perdido, surgió ardiendo en sus entrañas, el instinto de supervivencia. Cuando vio la figura frente a él, apuntándole con un arma, lanzó un feroz rugido que rompió el frío silencio de la madrugada.

—No intentes nada —dijo el extraño— no puedes escapar. No sé si me entiendes, pero sería mejor que reces una plegaria, hoy dormirás en el infierno.

Entendía muy bien, no sabía cómo pero entendía a la perfección cada una de las palabras de su enemigo. Volvió a rugir mostrando sus colmillos afilados y largando vapor por la nariz. Las manos se crisparon y las uñas relampaguearon a la luz de la luna. Todos los músculos se tensaron. El combate era de vida o muerte. 

Por un instante, en medio de un silencio angustioso, se miraron desafiantes e inmóviles. Quería vivir. Ese deseo que ardía dentro de él hizo que olvidara el cansancio y sus poco probables posibilidades de lograrlo. Con la rapidez de una liebre y la furia de un toro, arremetió contra el hombre que lo apuntaba directo a su cabeza. Corrió furioso unos diez metros y cuando ya estaba a su alcance, con un salto titánico y un aullido ensordecedor, se abalanzó sobre su oponente. 

Un disparó resonó en la noche y el eco del estrépito se replicó infinitas veces entre los árboles del bosque. El gigante de cuerpo peludo y orejas puntiagudas cayó inerte frente al hombre del rifle.

Un segundo hombre, alertado por el ruido del disparo, llegó corriendo apenas unos segundos después.
—Está muerto —dijo el hombre del rifle.
—Este nos dio más trabajo.
—Es verdad, los hombres lobos han evolucionado.

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domingo, 18 de julio de 2010

EL FANTASMA DEL DESCENSO



Las personas no son recordadas por el número de veces que fracasan, sino por el número de veces que tienen éxito.
Thomas Alva Edison.


Dicen que los partidos decisivos son los que hacen de los jugadores grandes estrellas o simples pechos fríos, elevan a los hombres hasta la condición de dioses o los hunden en la más terrible de las pesadillas. Cuanto más responsabilidad tiene en su equipo, tanto más caerá o será ensalzado. La prensa ha sido astuta utilizando estos ánimos extremistas, y yo que soy un lector compulsivo de todas las crónicas, críticas o comentarios que se publican sobre fútbol en los diarios y revistas de deportes, sucumbí ante esta prédica falaz. Por eso sentía más presión, mucha más de la que había soportado durante tantos años.
Ahí estaba sentado en el vestuario, solo, escondido al amparo de las sombras. Miles de veces había jugado en mi imaginación esa final. Sueños de goles mágicos y gestas épicas que harían justicia con Eliseo Marchese. Batallas gloriosas que le devolverían a Defensores su lugar en la primera del regional entrerriano, lugar que nunca debía haber perdido. Buscando concentración, me había acurrucado en un rincón mortecino y húmedo, sin embargo el amasijo que tenía en el estómago se empecinaba en demostrarme que la cosa no era tan fácil. La verdad que en ese momento tenía más ganas de agarrar mi bolsito y enfilar para la casa de mi vieja, que salir a comerme la cancha y cumplir con la promesa que desde niño pesaba sobre mis espaldas.


Los muchachos ocultaban su nerviosismo haciendo chistes o jodas a los desprevenidos, el cuerpo técnico estaba reunido en una habitación contigua repasando la táctica, los utileros dejaban un surco en el piso de tanto ir y venir con la ropa. Ni uno solo de los que estaban en ese vestuario podía escapar a la tensión que generaba el match decisivo. Porque una cosa es jugarse el ascenso en un partido, pero otra muy distinta es hacerlo de visitante (y ser visitante en la liga regional es como ir a Vietnam), jugando el clásico contra el rival de toda la vida, el más odiado. Imaginate el oprobio de ver que te dan la vuelta olímpica en la cara, pisoteando tus ilusiones; cientos de desorbitados hinchas gritándote en tu cara desconsolada.
Sin embargo, en ese momento mis pensamientos estaban quince años atrás. Con Carlitos, Pelusa y el Gordo habíamos quedado en que nos juntaríamos a tomar la leche en casa y que luego iríamos al terrenito de la vuelta a jugar un picadito contra los pibes de la esquina. Mi vieja me preguntaba cada cinco minutos si nos servía la chocolatada, «Pará un poco que falta Carlitos» le rogaba yo, «Ya son las cinco y en un rato se va hacer de noche —argumentaba enojada—. Si quieren ir a jugar a la pelota tienen que apurarse». Al fin llegó nuestro jugador más habilidoso, nos bajamos de un solo trago la leche, nos comimos las vainillas y salimos rajando.
—¿Le avisaste a Raulito que jugábamos, Gordo? —le preguntó Pelusa.
—Sí, hablamos a la mañana. Cinco y media quedamos. Ya deben estar por venir.
Por suerte la pelota la habíamos llevado nosotros, y mientras esperábamos nos hicimos unos tiritos al arco. Ya estaba cansado de decirle a Carlitos que no armemos la cancha de esa manera, que poner el arco de espaldas a la casa abandonada era un problema, que si la pelota se caía del otro lado nadie quería ir a buscarla. Contaban los valientes que habían trepado por la pared y que cada vez eran menos, que cuando estaban en el patio de esa casa escuchaban ruidos extraños. «No te hagás problema, si se cae voy yo», fanfarroneaba Carlitos.
A los quince minutos de estar probando las dudosas dotes de arquero del Gordo sobrevino el suceso tan temido. Desde el arco, nuestro guardavalla entrado en kilos le pasó la pelota con la mano a Carlitos que la recibió con la puntita del pie, le dio un golpe magistralmente seco y se la dejo picando a Pelusa, a la altura justa para pegarle de volea y clavarla en el ángulo. Parece que la agarró un poco abajo, porque con las ganas que le había pegado, la pelota pasó a unos cinco metros por encima de la pared del fondo. Al grito mío de «La cagaste, Pelusa» siguió un ruido de vidrios rotos.
—Voy yo —sacó pecho Carlitos.
—Dale apurate, que está por oscurecer —le dije.
Carlitos se trepó sin ninguna dificultad, desapareció detrás de la pared y un par de minutos después se asomó con la preocupación abollándole la cara.
—No la veo, me parece que cayó adentro de la casa —dijo con la voz estrujada y la valentía perdida.
—Te dije, Carlitos —le reproché inútilmente—. Ahora andá a buscarla.
—Ni en pedo, Juanito.
Estábamos en un verdadero problema. Ninguno de nosotros se atrevería a entrar en la casa. Si nadie quería saltar al patio, menos que menos habría alguien que quisiese entrar en la casa. Pero tampoco era cuestión de perder la pelota que me había regalado mi tío Enrique, que para colmo era una número cinco de cuero y con apenas dos días de rodaje. Cómo le explicaría a mi vieja que volvía sin la pelota por la que había hinchado tanto.
—Vamos a entrar todos juntos —decidí, preso de la responsabilidad ante mi familia.
—Yo no voy —se atajó Pelusa.
—El que no viene, no juega más en este equipo —amenacé.
El ultimátum fue determinante. El equipito de la cuadra había logrado un considerable prestigio en el barrio, tanto es así que venían de hasta de quince cuadras para hacernos partido. De cada diez ganábamos nueve. Ninguno de nosotros habría querido quedarse afuera. Me trepé primero yo, me siguió Pelusa y por último tuvimos que ayudar al Gordo que no alcanzaba a llegar hasta arriba de todo.
Reunidos los cuatro en torno a la ventana que tenía el vidrio herido por el chumbazo de Pelusa, comprobamos que nos sería imposible entrar por el agujero o abrir la ventana, que además de estar cerrada tenía la manija fuera del alcance de nuestros brazos. El Gordo que era el menos ágil pero el más inteligente sugirió probar si la puerta estaba abierta. Carlitos que hasta ese momento era el más valiente pero el más perverso le tiró: «Si, claro, seguramente están las llaves colgando del lado de afuera», aunque sólo un instante después tuvo que tragarse sus palabras. Como nadie se animaba, puse mi mano temblorosa sobre la manija de bronce y luego de notar que estaba inexplicablemente tibia, la giré con temor y empujé muy despacio mientras un chirrido nos helaba la sangre.
La casa era de esas típicas construcciones de pueblo de principios de siglo, «Tipo colonial» decía mi viejo. El piso de pinotea, una mesa redonda medio destartalada, un sillón enorme que alguna vez fuera de tela blanca, alguna que otra silla apolillada, todo estaba bañado por una gruesa capa de polvo que brillaba siniestra, iluminada por la poca luz que entraba por las ventanas. Las telarañas no hacían más que construir un escenario tétrico, tal como nos imaginábamos las casas embrujadas de los cuentos que nos leían nuestros padres. Pelusa se había quedado atornillado en el umbral de la puerta, el Gordo miraba con asco, Carlitos se había parado disimuladamente un pasito detrás de mí, y yo que a esa altura era el más valiente tenía un cagazo de Padre y Señor nuestro.
Una vez logramos convencer a Pelusa, nos adentramos en la gran sala de estar. El piso de madera se quejaba, reseco, al compás de nuestros pasos. Por más que dimos vuelta por toda la habitación no encontramos por ningún lado la pelota. Después de un rato el miedo se transformó en decepción. Acostumbrados al ruinoso salón, y sin ningún ruido o señal que nos hiciese presumir que algo extraño habría en la casa, decidimos continuar nuestra búsqueda en el comedor. El gordo esgrimió la teoría de que como la puerta estaba abierta, y teniendo en cuenta que además se encontraba en la trayectoria del disparo, el balón podría haber rodado hasta allí.
En el momento que estábamos entrando todos juntos —apiñados como defensores y delanteros esperando un córner— la puerta de entrada se cerró de golpe. Nos quedamos paralizados de espalda al portazo.
—¿Quién cerró la puerta? —preguntó con voz casi inaudible Pelusa.
—Debe haber sido el viento —contesté, tras mirar hacia atrás y no ver a nadie.
—Hacen como treinta grados y no corre una gota de viento —dijo el Gordo.
No había terminado todavía de hablar cuando escuchamos un ruido en la cocina, me pareció como que alguien estaba moviendo vajilla. El primero en llegar a la puerta fue, por supuesto, Pelusa, al segundo Carlitos se le estampó en la espalda, más atrás llegamos el Gordo y yo.
—¡Está cerrada con llave! —gritó Pelusa con el rostro desfigurado por el pánico.
—¡No puede ser, no puede ser! —se lamentó Carlitos al borde de un ataque de nervios.
—Pará, calmate, se debe haber trabado con el golpe —le dije—. Salgamos por la ventana.

Ese fue el peor momento, los postigos de chapa de las ventanas también se cerraron de golpe y nos quedamos completamente a oscuras. Aunque no podía verlos sentía el castañeteo de los dientes de Pelusa, el temblor de las manos de Carlitos apoyadas sobre mis hombros, la respiración agitada del Gordo. Pasaron unos cuantos segundos interminables en los que ninguno atinó a decir o hacer nada.
Mi corazón, que parecía un motor gasolero encajado en mi pecho, se detuvo súbitamente cuando las velas del candelabro que estaba sobre la mesa se encendieron y pudo verse a un hombre sentado a su lado. Pelusa quiso gritar, pero el grito murió ahogado en su garganta anudada, Carlitos pegó el culo contra la puerta, el Gordo y yo nos quedamos inmóviles.
—No tengan miedo —dijo la figura espectral.
¡Cómo mierda no íbamos a tener miedo!, si estábamos solos y a oscuras en una casa abandonada; encerrados con un hombre vestido con ropa deportiva que brillaba en la oscuridad como si fuera fluorescente; estábamos frente a un rostro demacrado, pálido como el de un cadáver; escuchando una voz que sonaba lejana, con la resonancia propia de una caverna. ¡Cómo mierda no íbamos a tener miedo si estábamos hablando con un fan-tas-ma!
—Tiene la pelota —me susurró al oído el Gordo.
Era verdad, era mi pelota. La sostenía con su mano lívida y huesuda apoyada sobre el muslo derecho. Cuando lo vi con la pelota en su poder le volví a mirar la cara desmejorada y triste. Me pareció que lo había visto en algún lado, aunque no en la casa, que cuando nos mudamos al barrio ya estaba abandonada.
—¿De quién es la pelota? —dijo.
—Mi… mi… mía —dije.
—Muy bien —sonrió—. ¿Sabés por qué la tengo en mis manos?
Negué con la cabeza.
—Es muy largo de explicar, ¿tienen tiempo de escuchar la historia? —rió con ironía. Ironía que a nosotros no nos causó ninguna gracia—. Bueno, no me respondieron.
Sin más remedio, asentimos con otro gesto.
—Hace cinco años, Defensores Unidos y nuestro archirrival Bellavista Sporting, disputamos un partido que definía uno de los descensos a la B zonal. Ese año habíamos tenido innumerables inconvenientes para armar el equipo. A los desgarros de Benítez y Razzoti, se le agregaban la hepatitis del Mono García que lo había alejado dos meses de la actividad. Además, se habían ido por distintas razones tres jugadores: Colgate Rodríguez, un morocho número siete que había vuelto a su país natal, Panamá; Heriberto Sarli, que había decidido abandonar el fútbol después de la muerte de su padre; y por último, el Gato Andrada, que con novecientos treinta en el sorteo y las lágrimas de su vieja, partió con destino a Comodoro, a cumplir con el servicio militar —se detuvo un instante. Hubiera jurado que en su mirada había una cierta ternura—. ¿Los estoy aburriendo?
—No, no, está muy interesante —mintió el Gordo—. Continúe por favor.
—Sí, sí, gracias. La cosa es que llegamos a la última fecha, justo un punto abajo de Bellavista. Estábamos obligados a ganar para evitar el humillante y doloroso descenso, encima teníamos que jugar con ellos de visitante. El primer tiempo, como era de esperarse para un clásico de esas características, se desarrollo con tantas precauciones de ambos lados, que cuando alguno lograba pasar la mitad de la cancha las hinchadas festejaban como si fuera un gol.
Promediando un segundo tiempo más aburrido que el primero, los nervios empezaron a hacer su trabajo silencioso: el Gringo Fuentes llegó tarde a un cruce en un contragolpe, después que el dos de ellos sacara las papas calientes del área con un pelotazo a cualquier parte. El problema fue que justo por “cualquier parte” venía corriendo como un Fórmula 1 el Chueco Carbajal, un siete veloz, habilidoso y goleador. La mató en su empeine con calidad y cuando llegó el Gringo desesperado, la levantó hasta la cintura y nuestro rústico zaguero se deslizó hasta la tribuna. El Chueco lo encaró al arquero, lo dejó en ridículo, sentado de culo y definió solo frente al arco, suave, con elegancia —hizo una nueva pausa.
A esa altura Carlitos y Pelusa habían dejado de temblar y de hacer ruido con los dientes. Yo me había tranquilizado, si al que estábamos viendo y escuchando era realmente un fantasma, por lo menos era uno amigable. Ahora que estaba más distendido y me había metido en el relato, me molestó la pausa del espectro.
—Señor… —dije, estirando la o y haciendo un gesto hacia él con mi mano para que nos informara su nombre.
—Eliseo, muchachito —contestó cortés—, Eliseo Marchese.
—Señor Eliseo, ¿sería tan amable de continuar su historia?
—Por supuesto. La situación se había puesto complicada, teníamos que hacer dos goles en quince minutos. Aunque lo peor era que el equipo estaba desbastado por el golazo del Chueco. Entonces me rebelé al destino que nos golpeaba cruel. Agarré la pelota y con cara de furia le grité a cada uno de mis compañeros que podíamos darlo vuelta, que me importaba un carajo que la gente nos puteara y se burlara de nosotros, que habíamos sufrido muchos contratiempos durante el año y que esta era la oportunidad de salir a flote, que seríamos recordados como héroes. La verdad es que mis palabras, la decisión tatuada en mi rostro o no sé qué causaron el efecto deseado. Con muchos huevos los metimos en un arco. Después de un mal despeje de un centro, faltando cinco minutos, al Cabezón Portela le quedó una pelota picando, le dio un roscazo y la mandó a inflar los piolines. Se podía, claro que se podía. Seguimos atacando con rabia, con la convicción de que no habría dios que pudiera evitar que ganásemos. Entonces pasó lo increíble, lo inesperado: el árbitro nos dio un penal, sí un penal. ¿Saben lo que significa que te cobren un penal de visitante, con el tiempo cumplido y con la posibilidad de definir un descenso? —nos preguntó incrédulo, con los ojos abierto de par en par—. Era una señal, una señal del cielo, una señal de que teníamos que salvarnos. Por fin Dios se había acordado de nosotros. Sin embargo la pelota, en ese momento, era como una bola de acero incandescente, algunos salían caminando con disimulo hacia otro lado, otros relojeaban el banco para ver si daban la orden de quién lo pateaba, nadie quería siquiera mirarla. Entonces por segunda vez en el partido, demostré que la responsabilidad no me pesaba, que el miedo no era el camino por el que transitaban los ídolos, que estaba dispuesto a llevar a mi equipo a la gloriosa permanencia en primera…
Los ojos del fantasma estaban encendidos. Literalmente encendidos, eran dos esferas en llamas. Tenía la pelota atrapada bajo su brazo y el puño de la otra mano apretado con tal vehemencia que las venas de su antebrazo se habían hinchado amenazando con explotar. Su fisonomía había adquirido un aspecto terrible, tan terrible que volví a tener miedo.
—Agarré la pelota, la puse sobre el punto del penal, caminé cuatro pasos hacia atrás y esperé el pitazo del juez, que ya nos había advertido que no había más tiempo, que se tiraba el penal y se terminaba el partido. Al sonido del silbato, corrí hacia la epopeya inevitable, decidido a terminar el sufrimiento de mi equipo y mi hinchada, dispuesto a entrar en los anales de la historia. Llegué hasta el balón con furor, lo agarré de lleno, salió como un misil buscando su destino de gloria, el arquero se adelantó un paso y voló inútilmente siguiendo la trayectoria de la pelota…
Eliseo se quedó callado, su mirada quedó suspendida en el recuerdo. El Gordo me miró como sorprendido por la pausa y ansioso por el resultado de la anécdota.
—¿Y qué pasó? —gritó atrás mío Pelusa.
—La tiré afuera, le pegué como el culo y la mandé a la mierda. Perdimos el partido y nos fuimos al descenso —dijo con la tristeza aplastándole la espalda y la mirada clavada en el piso. Carlitos me dijo después que le pareció haber escuchado que lloraba. Estuvo inmóvil como cinco minutos. Ninguno se atrevió a preguntarle nada. Ninguno excepto yo:
—¿Y cómo llegó a convertirse en fantasma, don?
—¿Cómo llegué a ser fantasma? Ni en la cancha, ni en el vestuario, ni en la calle se atrevieron a decirme nada. Creo que eso fue peor, hubiera querido que me putearan para agarrarme a piñas y sacarme la angustia que tenía adentro. El único que trató de consolar fue el técnico, que me dijo: «No te calentés, el fútbol da revancha». Me colgué el bolso al hombro y me fui caminando solo hasta la estación, repasando una y otra vez si la carrera hasta la pelota había sido muy corta, pensando en qué lugar exacto le había pegado, reprochándome por qué no había intentado un tiro menos jugado y no sé cuántas otras boludeces. Estaba tan absorto en mis reflexiones que cuando crucé la avenida San Luis no miré y un camión de soda me levantó por el aire y caí muerto. Estaba ahí tirado mirando mi cadáver desde un costado y de pronto apareció una rampa de luz que bajaba desde el cielo. Una voz hermosa me llamaba, pero yo tenía tanta bronca conmigo mismo que me quise quedar, no me podía ir hasta no ver a Defensores Unidos jugando otra vez en primera. Y así fue como volví a mi casa pero transformado en un espectro.
Carlitos, Pelusa, el Gordo y yo estábamos tan apenados como Eliseo. Nos habíamos quedado sin palabras mirando la figura fantasmagórica que había perdido su brillo fosforescente y su presencia intimidante. En eso me acordé de la hora, miré el reloj y eran las siete. Mi vieja me iba a matar. Sería difícil que creyera la historia del fantasma por más testigos que le llevase.
—Eeeeh… ¿Nos podemos ir, don Eliseo? Se nos hizo tarde —le pregunté tímidamente.
—Sí, claro —dijo, para mi tranquilidad—. Aunque primero me tienen que hacer una promesa.
—¿Una promesa? —preguntó Carlitos.
—Sí. Uno de ustedes cuatro, y no me pregunten quién porque no lo sé, cuando sea grande va a jugar en Defensores. Entonces llegará un día en que tendrán que jugar un partido por el ascenso a primera. Quiero que me prometan que ese día dejarán la vida para que nuestro equipo recupere la categoría que perdió por mi culpa. ¿Lo prometen? —imploró.
Los cuatro respondimos con un sí al unísono. No es que nos quisiéramos librar de nuestra prisión, no fue por eso. Verdaderamente nos sentíamos con la obligación de ayudar a esa pobre alma en pena. Cuando el fantasma nos hubo liberado, en el terrenito y con la pelota mía cómo testigo y garantía, nos juramentamos no hablar con nadie de la increíble aventura que habíamos vivido.
Estaba pensando sobre todos estos acontecimientos cuando el técnico llamó para la charla antes del partido. Cuando salimos a la cancha sentí que el fantasma me empujaba hacia la victoria. El partido había sido muy bueno, con llegadas para los dos equipos, sin embargo el marcador no había sido roto. Faltaban dos minutos y la historia se repetía, el juez cobraba un penal después que el cinco de ellos lo bajara a Gutiérrez en el área.
Ahí recordé la promesa, pero lejos de sentir miedo, el corazón se me inflamó de fervor. Me puse la pelota abajo del brazo, disuadí con una mirada ácida al Pulga que quería patearlo él y la acomodé en el punto del penal. Levanté la vista y atrás del arco estaban Carlitos, Pelusa y el Gordo agarrados del alambrado gritándome cosas que no podía escuchar. Finalmente había llegado la hora de la verdad. La gloria o Devoto, cumplir con el juramento o vivir penando eternamente como Marchese, la fama o el olvido doloroso.
Corrí hacia la pelota, un segundo antes del impacto levanté la vista, el arquero se movió hacia su izquierda y con un toque suave de mi botín derecho le cambié el palo. La pelota viajó lenta, con el guardameta inexorablemente caído a un costado y estrelló mi sueño, mi promesa y mi futuro contra el poste. Pero el fantasma me había pedido que dejara la vida, entonces cuando el balón volvía tan lento como había llegado, me tiré hacia adelante, casi igual que el Matador Mario Alberto Kempes en el ’78, para quebrar la valla de nuestro clásico enemigo, quebrar el maleficio del descenso y librar a Eliseo Marchese de su sufrimiento eterno. La fiesta no se demoró, mis compañeros y los pocos hinchas que habían ido me levantaron en andas para dar la vuelta olímpica que nos fue esquiva durante veinte años.
Cuando volvíamos al pueblo con Carlitos, Pelusa y el Gordo, para festejar la victoria con algunas muzas y unas cuantas birras, nos cruzamos con el fantasma del descenso. Estaba feliz, nos agradeció por cumplir con nuestra promesa. Dijo que ya estaba en paz y que iba en busca de la luz. Fue la última vez que lo vimos.

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viernes, 16 de julio de 2010

EL BARRILETE



Los pibes cuando se les mete algo en la cabeza son jodidos. Pasan, en instantes, de ser tiernas criaturas a erigirse en despiadados agentes especialistas en el arte de la persuasión, fríos negociadores que utilizan la tortura psicológica para obligar a los adultos a ceder a sus perentorios antojos. Los niños, con más piernas y pulmones que un clásico cinco Xeneise, van a hacer una asfixiante marcación hombre a hombre, no te van a dejar respirar ni un segundo. Probablemente, en estos casos, los padres prefieran descender hasta el más abrasante de los infiernos antes que soportar un segundo más de sus caprichosos reclamos. Aunque previamente intentarán encontrar alguna solución transitoria, algo que, al menos, restablezca el orden en forma temporal, lo que en futbol se llama tirar la pelota afuera, algo así como: «Un día te lo compro»; «Después vamos»; «Preguntale a tu vieja»; «No tengo plata, cuando cobre…». Pero más temprano que tarde, van a tener que acceder a sus demandas arbitrarias, porque aunque un inminente choque de planetas o una tercera guerra mundial amenace con acabar con la vida sobre la tierra, estos pequeños neuróticos los someterán al dulce suplicio del llanto antojadizo. «Un niño que cree demasiado en sus privilegios, en su poder, que logra atemorizar con sus amenazas y sus caprichos —me ilustraba Diana, un amiga psicóloga— no tardará en tener a sus padres, y luego a todos los que lo rodean, como súbditos».


En todos estos menesteres me destacaba yo, de chico. Ostentaba, sin ningún prurito, dotes de rey. Imaginate: hijo único, padres jovencitos, abuelos consentidores. Y como dicen: «Para muestra basta un botón» tengo una anécdota que me pinta de cuerpo entero.

La cosa es que para el mundial ’86 yo tenía seis años. Se me había metido en la cabeza, y no había Cristo que me la sacase, que quería un barrilete. Mi viejo, me había prometido que el fin de semana me iba a comprar uno. «¿El fin de semana?, ¿esperar hasta el fin de semana? ¡Ni loco, no puedo esperar tanto!», pensé. Entonces, haciendo uso y abuso de una soberbia actuación, digna del más renombrado de los actores de novela, les empapé la cama y el piyama a mis viejos con una tormenta de lágrimas de cocodrilo. Por supuesto que mi papel dramático hubiera sido incompleto sin la cuota necesaria de estridentes alaridos. Tan compenetrado estaba con el papel, que los gritos, más propios de un espécimen porcino que de una inocente criatura, amenazaban con hacer estallar los vidrios de la habitación y los tímpanos de mi papá. «No llores más, hoy te lo voy a conseguir» suplicó mi viejo, capitulando y aceptando condiciones para deponer armas.

El problema era que a mi viejo, pobre, lo había metido en un aprieto. Eran la dos de la tarde y ese día, a eso de las cuatro, jugaba Argentina contra Inglaterra. No era un partido más. Los ánimos estaban exacerbados. En los días previos, en la radio, en la televisión y en los bares, se había hablado hasta el hartazgo: que aunque fuera en un partido de fútbol, estaba en juego el honor herido cinco años atrás; que no podíamos dejar que nos pisoteasen la bandera otra vez, que si nos poníamos a hacer un poco de memoria ya en el mundial en el que los enfrentamos en su propia casa y con la reina en el palco, nos habían metido la mano en el bolsillo con la expulsión de Ratín —tan injusta como sospechosa—, y mirá que el Rata no era lo que se dice un santo de altar, pero que en esta no tenía culpa alguna. Mi papá, que no escapaba a la vorágine del ambiente general, había estado elaborando con Carlos, el verdulero, distintas teorías que justificasen la imprescindible necesidad de un triunfo aleccionador.

Ante el deseo impostergable que significaba ser testigo de aquella gesta heroica, que prometía el bronce eterno para nuestros once gladiadores, mi viejo, desesperado ya, se jugó su última carta: recordó que el kiosco de la vuelta de mi casa también era librería y que en las librerías suelen tener barriletes y aviones de telgopor, y partió raudo en busca de la solución salvadora. Por desgracia, para mi angustiado papá, no era el caso de este negocio. Con el doloroso y decepcionante «no me quedan más» estallándole en su cara ilusionada pensó que hubiese sido mejor que ahí nunca los hubiesen vendido. Sólo recuperó un poco de su ánimo después que Manuel, el kiosquero, le ofreciera unos materiales y una Billiken, que traía planos para armar unos cuantos modelos distintos de barriletes.

Con una bolsa llena de rollos de papel y varillas de madera en una mano y la revista en la otra, con la felicidad del deber cumplido bosquejándole una sonrisa en el rostro, entró al grito de «Javiercito, vení que vamos a hacer el mejor barrilete de mundo». Mi papá disfrutaba de estos momentos en que parecíamos dos chicos retozando, dos amigos íntimos inventando algún nuevo y apasionante juego. Pero ese día me parece que estaba cumpliendo un trámite de rigor, una improrrogable tarea de padre. Quería sacarse de encima lo más rápido posible, ese potencial dolor de cabeza que significaban mis reclamos insatisfechos y que podrían conspirar con su momento sagrado, ese estado sublime, casi religioso, en el que su mundo se reducía a un sillón, una mesita ratona para apoyar los pies, alguna que otra vitualla y un partido de fútbol tiñendo de verde el televisor color. Aquel Gründig que tanto había soñado desde el ‘78 y que había comprado con mucho esfuerzo, a pagar en no sé cuántas pequeñas cuotas, era uno de sus orgullos, de esas cosas que nos llenan de felicidad con sólo verlas.

Revisamos detenidamente los modelos que ofrecía la Billiken. Me decidí por uno simple, en el que dos cuadrados girados formaban una estrella de ocho puntas, tenía además tres colas: dos cortas a los costados y una bien larga abajo. Cuando iniciamos las tareas de construcción serían las dos y media de la tarde. Noté una cierta preocupación en su expresión cada vez que miraba el reloj. Parecía tan fácil de armar mirando los dibujitos de la revista... Algunos de los insultos dirigidos a los editores y todos sus familiares, me hicieron presumir que la cuestión se estaba complicando y la paciencia de mi viejo resquebrajando. Por suerte había comprado unas cuantas hojas de papel. Sólo sobrevivieron las que quedaron colocadas en el barrilete y dos pedacitos más de color rojo.

La cola larga hecha de una vieja venda de color naranja —que mi papá usaba para protegerse los tobillos maltrechos por los partidos ásperos de los martes, rito impostergable de cada semana—, fue el broche de oro para la fabricación del cometa. Noventa minutos se interponían entre mi antojo y el vuelo de bautismo barriletero. El esfuerzo por complacerme y la angustia por la proximidad del partido que le brotaban por los poros, me conmovieron tanto que decidí no forzar un desenlace inmediato. Claro que, para desgracia de mi viejo, no iban a ser mis desplantes los que le impedirían ver el partido en el que se jugaba el honor de nuestra patria. Exactamente un minuto antes de que empezara, un inoportuno corte de luz nos sorprendió sentados frente al televisor.

«¡No te puedo creer, no te puedo creer!» gritó desconsolado mi viejo. Añadió unos cuantos insultos irreproducibles mientras bajaba al sótano a verificar si los tapones habían causado la falla eléctrica. La lividez del rostro con la que volvió de abajo fue reveladora: el corte era general y había afectado al barrio por completo o al menos unas cuantas manzanas. Después de corroborar con dolor y estupor que la cuestión era grave, no dudó un instante más, corrió hasta la cocina en busca de la radio portátil. Esos pocos pasos debe haberlos recorrido con el temor de encontrarse con una radio de pilas agotadas. Esta vez el destino quiso —y las pilas que había comprado mi vieja—, que la radio no impidiese seguir, aunque más no fuera de oídas, el desarrollo de lo que a la postre sería un día histórico para el fútbol argentino y mundial.

Por suerte para mí, la mejor performance de la radio se obtenía en el patio del fondo. Eso me permitiría adelantar el consabido debut al mando de un barrilete.
Mi viejo ubicó con cuidado el receptor sobre el umbral de la ventana de la cocina. Después de descartar varias radios con la, varias veces aludida y poco creíble, frase: «Esta es yeta», sintonizó a Víctor Hugo, aunque, claro, no era eterna la confianza que se le daba a un relator o una emisora determinada, un gol en contra podría condenarlos a perder el lugar en el dial de nuestra radio.

—Cinco minutos del primer tiempo y ¡Argentina va! —cantó el relator uruguayo al amparo de la sombra del ficus.

El sol se mostraba persistente en su combate contra la baja temperatura que había dominado todo el mes de junio. El día, vanidoso, lucía un cielo diáfano. El viento y las nubes, ausentes sin aviso. Recuerdo el júbilo que sentí al escuchar el: «A ver, Javi, traé el barrilete que vamos a remontarlo mientras escuchamos la radio» que dijo papá mientras ajustaba la sintonía. Sus esfuerzos, en el intento por sacar la fritura que ensuciaba la voz clara que sostenía un relato lúcido y vibrante, eran denodados. Unos cuantos segundos después volví al patio librando una lucha sin concesiones con el pabilo, que se mostraba remiso a mantenerse enrollado en el palito y se anudaba en una galleta indescifrable.

Un primer tiempo parejo y trabado colaboró en los ánimos de mi viejo y el orden de nuestro carretel se restableció. Los esfuerzos iniciales por poner en el cielo la estrella de ocho puntas no tuvieron mayor premio que dos o tres elevaciones a la altura de los cables de teléfono que terminaron en un brusco giro hacia el suelo con aterrizaje forzoso incluido.

—Hay poco viento, va a ser difícil de remontarlo— conjeturó papá.

—Si Argentina no tiene la pelota, si Maradona no puede agarrarla, va a ser difícil que podamos llegar al arco de Inglaterra —argumentó el comentarista Apo, preocupado por el poco volumen de juego de la selección nacional.

Un repentino movimiento de nuestro cometa, nervioso y ascendente, nos anunció la llegada del viento que necesitábamos. Por fin podríamos hacer que vuele de verdad. Papá sostenía con firmeza el hilo, con pequeños pero veloces movimientos daba tironcitos que parecían hacer que el barrilete flotase más alto. Desde la radio Víctor Hugo también anunció que soplaban vientos de cambio:

—Argentina y la pelota, Argentina y el partido. ¿Para cuándo Argentina y el gol? ¡Vamos, muchachos! La pelota viene para Batista, Batista para Enrique, Enrique cambia para el Vasco. Allá vino para Olarticoechea, que lo tiene a Diego como número diez, a Giusti como número nueve, a Burruchaga de ocho y Valdano de siete. La pelota va para Maradona….

Mi viejo al escuchar el entusiasmo con que salía la voz del relator se quedo petrificado intuyendo, como sólo pueden hacerlo los futboleros de ley, que algo habría de ocurrir.

—Maradona puede tocar para Enrique, siempre Maradona, hace un dribling, se va, se va entre tres, siempre Diego… ¡Genial, genial, genial!... ¡Tocó para Valdano. Entró Maradona… Saltó frente a Shilton… Cabeceoooó… mano… Goooooool, goooooool, goooooool, goooooool, arrrrrrgentino. Diegol, Diego Armando Maradona, entro a buscar después de una jugada maravillosa. Un rechazo para atrás. Saltó con la mano, para mí. Para convertir el gol, mandando la pelota por arriba de Peter Shilton. El línea no lo advirtió, el árbitro lo miró desesperadamente, mientras los ingleses entregaban todo tipo de justificadas protestas, para mí. El gol fue con la mano, lo grito con el alma, pero tengo que decirles lo que pienso. Solo espero que me digan de Buenos Aires, si están mirando el partido en televisión ahora mismo, por favor, si fue válido el gol de Maradona, aunque el árbitro lo dio. Argentina está ganando por uno a cero. Que Dios me perdone lo que voy a decir: contra Inglaterra, hoy, aún así, con un gol con la mano, que quiere que le diga.

Recuerdo ver como, mientras sonaba la música del “tatata” y el barrilete caía en picada y se estrellaba de forma inevitable contra el piso de mosaicos, mi viejo yacía arrodillado en el piso, con la vista húmeda perdida en el firmamento, los puños apretados y los brazos extendidos elevando una acción de gracias, la cara enrojecida, la boca dibujada en una “o” interminable. Recuerdo, como si fuese hoy, el grito de gol ronco, calcado en infinitas gargantas, perforando el silencio templario que bañaba la ciudad.

El desencanto fugaz de Víctor Hugo por la ilegítima convalidación de la jugada y mi frustración hecha barrilete caído, se disolvieron con la exultante imagen de mi viejo y su festejo, los alaridos que llegaban de las casas vecinas y los estruendos de miles de cohetes. Por primera vez en mi vida sentí esa sensación incomparable, irracional, regocijante. No estaba preparado, no tenía la gimnasia ni los reflejos necesarios para unirme al relator en el preciso instante en que uno percibe que ese «tiroooó» y que esa “o” extendida no terminará en un frustrante «Balas que pican cerca», sino que se eternizará en el canto más esperado por un hincha. Grité dando chillidos y saltitos nerviosos. Por muy gracioso que me viera era un momento fundacional, ¡me estaba recibiendo de hincha! Ya no había vuelta atrás, ya nunca un partido de mi equipo o de mi selección volvería a serme indiferente.

Mi viejo, agotado por la explosión emocional, se sentó en el piso, debajo de la ventana de la cocina y la sombra del ficus. Yo, en cambio, con entusiasmo renovado, inflamado por el gol argentino, decidí intentar poner en vuelo mi nuevo artefacto. Acomodé prolijamente el barrilete sobre las baldosas que estaban junto a la pared que separa nuestra casa de la del vecino de atrás; con sumo cuidado, caminando hacia mi papá, fui desenrollando el pabilo, en ese instante, una pequeña brisa que acarició mi rostro, me presagió que algo estaba por ocurrir.

De pronto, la voz de Víctor Hugo cobró ánimo:

—Balón para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota, Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…

Cómo si el soplo emotivo del relato tuviese algo que ver, la suave brisa se transformó en viento impetuoso. Tiré del cordel y el barrilete se elevó como un corcel brioso.

—Puede tocar para Burruchaga —anunció Víctor Hugo—. Siempre Maradona...

Mientras la radio expulsaba frenética el relato más épico de la historia del futbol argentino, la estrella de papel colorido se alzaba victoriosa, flotando más allá de los cables telefónicos, sus tres colas ondulantes, eludiéndolos de manera magistral, se burlaban de ellos.

—¡Genio, genio, genio! Ta, ta, ta, ta, ta… ¡Gooooooool gooooooool! —el grito del uruguayo precedió una estampida de palabras y emociones que quedarían colgadas en el éter por el resto de la eternidad— ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol, golaaaazo! ¡Diegoooool… Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona en un recorrido memorable, en la jugada de todos los tiempos… —mientras Víctor Hugo perdía sin complejos su habitual prestancia, mi conmoción se debatía entre el éxtasis de mi viejo y el triunfal vuelo de bautismo—. ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina. Argentina 2 - Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol!, Diego Armando Maradona, gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0.

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miércoles, 2 de junio de 2010

Los traidores

Un cuento de Eduardo Sacheri sobre el amor y el fútbol

Que nadie se haga cargo de esta historia,
ni de sus apellidos ni de sus equipos.
Lo único cierto es Ella.


¿Qué decís, pibe? Llegaste temprano. Vení, acomodáte. «¡Hey, jefe: Dos cafés!» Dejáte de jorobar, pibe, yo invito. El sábado pasado convidaste vos. ¿Y qué tiene que ver que hoy sea el clásico? El café sale lo mismo. Van uno a cero. Mirálo bien al petisito que juega de nueve. Lo vi en el entrenamiento del jueves, no sabés cómo la lleva. Se mezcló bárbaro con la Primera. Lo acaban de traer. De Merlo, creo. Una maravilla. Aparte ahora que nos cagó Zabala nos hacen falta delanteros. Es una fija, pibe. La única que nos queda es sacar pibes de abajo. Y sacarlos como si fueran chorizos, ¿eh? Si no, te pasa como con Zabala. El club se rompe el alma para retenerlo cuatro, cinco años, y a la primera de cambio cuando le ofrecen dos mangos se te pianta a cualquier lado y te desarma el plantel. Sí, seguro. Si no les importa nada. ¿La camiseta? No pibe, ésa te calienta a vos o a mí, pero ¿a éstos? ¿No fue el imbécil éste y firmó para Chicago? Ya sé que es un traidor, pero fijáte lo que le importa.


Se muda al Centro y listo. si te he visto no me acuerdo. Igual no te preocupés. Hoy no la va a tocar. A ese matungo no le da el cuero para amargarnos la vida. Ya sé que con Chicago la cosa se puede poner fulera. Clásicos son clásicos. Pero quedáte tranquilo. Es un amargo y no se va a destapar ahora.

Si vos hubieras vivido en la época de Gatorra sí que te hubieses chupado un veneno de aquéllos. Vos no habías nacido, ¿no? Si fue hace una pila de años... ¿Y cómo sabés tanto del asunto? Ah, tu viejo estuvo en la cancha. Bueno, entonces no tengo que recordarte mucho. Fue algo como lo de Zabala pero peor. Porque Gatorra era nuestro, pero nuestro, nuestro. Desde purrete había jugado con los colores gloriosos. Pero resulta que en el pináculo de su carrera, cuando nos dejó a tres puntos del ascenso en una campaña de novela, va y firma con Chicago. Fue el acabose, pibe, el acabose. No lo lincharon porque en esa época la gente se tomaba las cosas con más calma. Porque en Chicago la siguió rompiendo. Y para peor, en el primer clásico en el que jugó contra nosotros, con ese harapo bicolor puesto en el lugar donde hasta entonces había estado «la gloriosa», nos metió tres goles y nos los gritó como un loco. Así, pibe, sin ponerse colorado. Lo putearon de lo lindo, pero el resentido parece que cuanto más lo insultaban más se enchufaba. Escucháme un poco: el tercer gol lo metió de taco, con las manos en la cintura, sonriendo para el lado en que estaba la hinchada del Gallo. Ni te imaginás, pibe.

Así que tu viejo lo vio, fijáte un poco. Si hubieses estado, nene. No sabés lo que fue aquello. Pero 10 mejor, lo mejor...


¿Te cuento una historia rara? ¿Seguro? Tiempo tenemos: van cinco minutos del segundo tiempo. Falta como una hora para que empiece. Bueno, entonces te cuento: ¿qué me decís si te digo que ese partido de los tres goles de Gatorra con la camiseta de Chicago yo lo vi en medio de la tribuna de ellos, rodeado por esos ignorantes que gritaban como enajenados? ¿Qué me dirías si te digo que los dos primeros goles hasta tuve que alzar los brazos y sonreír como si estuviera chocho de la vida?

¿Sabés qué pasa, pibe? La verdad es que Gatorra no era el único traidor de aquella tarde: yo también estaba del lado equivocado. Sí, flaco, como te cuento. Y todo, ¿sabés por qué?: por una mina. Todo por una mina, ¿te das cuenta? No, ya sé que no entendés ni jota. No te apurés. Dejáme que te explique.


A veces la vida es así, pibe, te pone en lugares extraños. La cosa vino más o menos de este modo: un año antes más o menos de ese partido de la traición de Gatorra, les ganamos en Mataderos, encima con un gol de él, fijáte un poco. A la salida me desencontré con los muchachos de la barra, así que entré a caminar por ahí, cerca de la cancha, pero me desorienté feo. Muy tranquilo no andaba, qué querés que te diga. Ya era de tardecita, y terminar a oscuras rodeado de gente de Chicago no me hacía ninguna gracia, sabés. Pero en una de ésas doy vuelta una esquina y la veo. No te das una idea, pibe. Era la piba más linda que había visto en mi vida. Llevaba un trajecito sastre color grisesito. Y zapatitos negros. Mirá si me habrá impactado: jamás de los jamases me fijaba en la pilcha de las minas. Y de ésta al segundo de verla ya le tenía hasta la cantidad de botones del chaleco. Era menudita pero, ¡qué cinturita, mama mía, y qué piernas! Bueno, pibe, no te quiero poner nervioso. Y cuando le vi la cara... ¡Qué ojos, Dios Santo! No sabés los ojos que tenía. Cuando me miró yo sentí que me acababa de perforar los míos, y que el cerebro me chorreaba por la nuca. Qué cosa, la pucha. Estaba apoyada contra un auto, con un par de fulanos a cada lado. Dudé un momento. Si me paraba ahí y la seguía mirando capaz que esos tipos me terminaban surtiendo. Pero, ¿si me iba? ¿Cómo iba a verla de nuevo? No tenía ni idea de dónde cuernos estaba. Era entonces o nunca. Así que enfilé para donde estaban. Sí, como lo oís. Mirá que me he acordado veces, pibe. ¿Cómo me animé a encarar hacia el grupito ése, de nochecita, en Mataderos, después de llenarles la canasta? Y fue por amor, pibe. No hay otra explicación posible ¿Qué vas a hacerle?


Cuando me acerqué medio que entre dos de los fulanos me salieron al paso. Ahí un poco me quedé: los medí y me avivé de que me llevaban como una cabeza. Atorado, voy y les pregunto para dónde queda Avenida de los Corrales. Apenas hablé me quise morir. Ahí nomás se iban a apiolar: ¿qué hacía un tarado caminando solo por Mataderos el sábado a la nochecita, preguntando por Avenida de los Corrales, si no era un hincha de Morón que venía de llenarles la canasta y no tenía ni idea de dónde estaba parado? Tranquilo, Nicanor, me dije. Capaz que estos tipos ni bola con el fútbol. Pero la esperanza me duró poco. Uno de los tipos me encara y me pregunta de mal modo: «¿Vos no serás uno de esos negros de Morón, no?». Yo me quedé helado. Iba a empezar a tartamudear una excusa cuando la oí a ella: «Alberto, cuidá tus modales, querés». Dijo cinco palabras, pibe. Cinco. Pero bastó para que yo supiera que tenía la voz más dulce del planeta Tierra. Casi me la quedo mirando de nuevo como un bobo, pero el instinto de conservación pudo más y me encaré con el tal Alberto. Yo sé que ahora te lo cuento, cuarenta años después, y parece imperdonable. Pero ubicáte en el momento. La piba ésta. Yo con el amor quemándome las tripas. Y esos cuatro camorreros listos para llenarme la cara de dedos. La boca puede caminarte más rápido que la mente, sabés: «¿Qué decís? ¿De Morón? Ni loco, enteráte». Y volví a mirarla. A esa altura ya me quería casar, sabés. Así que no se me movió un pelo cuando seguí: «De Chicago hasta la muerte».


Los tipos sonrieron, y a mí me pareció que ella se aflojaba en una expresión tierna. El único que siguió mirándome con dudas fue el tal Alberto: «Y decíme, si sos de Chicago, ¿cómo cuernos no sabés dónde queda la Avenida de los Corrales?». Era vivo, el muy turro. Los demás me clavaron los ojos, repentinamente apiolados del dilema. Pero yo andaba inspirado. Y la miraba de vez en cuando a la piba y el verso me salía como de una fuente: «Resulta... -me hice el que dudaba si exponer semejante confidencia-, resulta que es la primera vez que puedo venir a la cancha». Los tipos me miraron extrañados. Yo ya andaba por los treinta, así que no se entendía mucho semejante retraso. «Yo vivo en Morón -seguí-, es cierto, pero...-los tipos me clavaban los ojos-, pero volví a caminar recién hace cuatro meses».


Te la hago corta, pibe. Arranqué para donde pude, y lo que se me ocurrió fue eso. Supongo que fue por los nervios. Pero no vayas a creer. Después fui hilvanando una mentira con otra, y terminó tan linda que hasta yo terminé emocionado. Les dije que de chiquito me había dado la polio y había quedado paralítico. Y que por eso nunca había podido ir a la cancha. Agregué que me hice fanático de Chicago por un amigo que me visitaba y que después murió en la guerra (no se en qué carajo de guerra, dicho sea de paso, pero les dije que en la guerra). Y que me había enterado de que en Estados Unidos había un doctor que hacía una operación milagrosa para casos como el mío. Y que había vendido todo lo que tenía para pagarme el tratamiento. Terminé diciendo que había sido todo un éxito. Que había vuelto hacía dos semanas, después de la rehabilitación, y que apenas había podido me había lanzado a Mataderos a ver al Chicago de mis amores. Tan poseído del papel estaba que cuando conté mi tristeza por los dos goles recibidos en la tarde se me quebró la voz y se me humedecieron los ojos. Cuando terminé los cuatro energúmenos me rodeaban y el tal Alberto me apoyaba una mano en el hombro.

«Me llamo Mercedes, encantada.» Me alargó la diestra, y mientras se la estrechaba pensé que cuando llegara a casa me iba a cortar la mano y la iba a poner de recuerdo sobre la repisa. Tenía la piel suave, y me dejó en los dedos un aroma de flores que me duró hasta la mañana siguiente. Después se presentaron los tipos. Tres eran hermanos de ella, «gracias a Dios», pensé. Y el coso ése, Alberto, era un amigo. «Me cacho en diez, será posible, el muy maldito», me lamenté.


Estaban en la vereda de la casa de ella. Y acababan de volver del partido. El corazón me dio un vuelco cuando me enteré de que el papá de ella era miembro de la comisión directiva, y que el más grande de los hermanos era vocal de la asamblea. No sólo eran de Chicago: ya era una cosa como Romeo y Julieta, ¿viste?

Resulta que iban todos los sábados a ver a Chicago, pero Mercedes iba sólo cuando jugaban de locales. Y al palco, junto con el padre. Los hermanos y el otro tarado iban a la popular, con algunos amigos. Se ofrecieron a llevarme a casa. Traté de disuadirlos, diciéndoles que en Morón tal vez no fueran bien recibidos, pero insistieron. «Tendrás que descansar», decían.


Yo fui rezando todo el viaje para no cruzarme con ninguno de los vagos de mis amigos. Llegué sano y salvo. Tuve el cuidado de cojear levemente al bajar delante del portón de casa. Los saludé efusivamente. Ellos se dijeron algo mientras yo me alejaba. «¡Nicanor!», me llamó el hermano grande. «¿Querés venir el sábado con nosotros?» Mi alma estaba vendida definitivamente al diablo. Me di vuelta. Y algo vi en los ojos de ella que me decidió. «Seguro -contesté-. Pero no se molesten hasta acá. Los veo en la sede.» Los miré alejarse creyendo entender a San Pedro cuando escuchó cantar al gallo el Viernes Santo.

Cuando entré a casa la encaré a mi vieja y le di rápido el resumen de mi nueva vida. Pobre viejita, no entendía nada. Cuando le dije que me habían traído unos hinchas de Chicago rajó para la heladera para prepararme unos paños fríos. «Vos te insolaste», diagnosticó. Pero la seguí hasta la cocina y con paciencia

le expliqué varias veces el asunto. «¿Tan rica es esa chica, Nicanor?», me preguntó. «No me pregunte, mamita». contesté turbado. Se ve que entendió, porque nunca más me dijo nada.


Con los muchachos la cosa iba a ser distinta. ¿Cómo explicarles semejante agachada? No me animé a hablar. Tuve que apilar una mentira sobre la otra, y sobre la otra, y así hasta formar una torre interminable. En el barrio dije que me había salido un laburito de contabilidad en una empresa de colectivos, los sábados. Y los muchachos, lógicamente, se quejaron. Decían: «¿Para qué lo querés Nicanor? Si con el sueldo del banco para vos y tu vieja te alcanza y te sobra». Y yo que «no, sabés que pasa, que quiero ahorrar unos manguitos», y toda esa sanata. La vieja resultó de fierro. Tan entregado me veía a mí que hasta colaboró con alguna mentirita menor para darme más coartada. Cuando salía a hacer las compras comentaba que el pobre Nicanor estaba deslomándose con dos trabajos, para comprarle los remedios para el asma. «¿Y desde cuándo tiene asma, Doña Rita?» «Es `asma muda', por eso», contestaba. Pobre viejita, se ve que en la familia nunca fuimos demasiado brillantes para el verso.


El asunto es que en ese año emprendí una doble vida de Padre y Señor nuestro. Durante la semana hacía mi vida normal: después del banco pasaba por la sede del Deportivo a tomar una copita y jugar naipes con los muchachos. Cara de póker, como si nada. Una vez sola estuve a punto de pisar el palito. Se habían trenzado en una discusión de las habituales, pero ese día se les había dado por lucirse citando equipos en cuya formación se repitieran ciertos nombres de pila. No sé, Carlos, Artemio, el que fuera. Y voy yo como un pelotudo y digo que en la primera de Chicago juegan cuatro tipos que se llaman Roberto. Me miraron como si fuera un extraterrestre. Salí del paso levantando el dedo y con voz solemne: «Y, viejo, conoce a tu enemigo» o alguna imbecilidad por el estilo. Pero transpiré la gota gorda. ¿Qué querés? Pasaba lo evidente. Todos los sábados a ver a Chicago. Chicago para acá, Chicago para allá, como si fuese el hincha más fiel del planeta. Ya me conocía hasta las mañas del aguatero suplente. Pero ¿cómo no iba a ir? Si a la vuelta los hermanos me insistían para que me quedara a un vermouth en casa de Mercedes. Por supuesto me los tenía que bancar al viejo y a los hermanitos, pero también estaba ella, que se prendía a las conversaciones futboleras con elegancia pero sin remilgos.


Todo tenía sus ventajas: si perdía Chicago yo disfrutaba como un príncipe heredero las caras de culo de mis acompañantes, mientras fingía certeras pala bras de consuelo y pronosticaba futuras abundancias. Si ganaban, la algarabía del papá solía redundar en una invitación para comer afuera, todos juntos, Merceditas incluida. Así que no podía quejarme. Es cierto que la conciencia a veces me remordía mientras saboreaba la picada con el Gancia rodeado de mis enemigos de sangre. Pero de inmediato se acercaba Mercedes, precedida por su sonrisa de arco iris y su mirada de incendio; Mercedes rodeada por su fragancia de mujer inolvidable, ofreciéndome la última aceituna antes de que se la deglutieran aquellos mastodontes, y la sensación de culpa se disolvía en una egoísta gratitud a Dios y a la creación en general.


Pero lo bueno dura poco, pibe. Ese es el asunto. Ya iba para un año de mi traición inconfesa cuando se me vino encima el choque del siglo. Morón versus Chicago, con el malparido de Gatorra estrenando los trapos verdinegros luego de venderse a Lucifer por unos pocos pesos. Yo ya tenía decidido enfermarme de algo incurable ese fin de semana y ver el clásico desde la tribuna correcta de la vida. Ya había anunciado en la sede del Deportivo que en la empresa de colectivos había pedido un adelanto de vacaciones para disfrutar de esa tarde impostergable, en la cual con justa razón los simpatizantes del Gallo harían naufragar al «vendido en un océano de insultos que perseguiría su memoria por el resto de la eternidad. Los muchachos habían recibido mi anuncio con alborozo. En el campamento enemigo abrí el paraguas aludiendo a cierta enfermedad incurable de una cierta tía mía residente en Formosa (que súbitamente se agravaría y me llamaría a su lado para no despedirse del mundo en soledad).


El problema surgió el martes anterior al partido. Debo confesar que para ese entonces yo asistía los martes a la nochecita á un vermouth en la sede de Mataderos. No me mirés así, pibe. Yo estaba compenetrado de mi papel, y Mercedes me tenía totalmente enajenado. Pero los cuatro brutos ésos me la marcaban de cerca. De alguna manera tenía que verla entre semana, aunque fuera de pasadita. Además, estaba ese fulano Alberto, el «amigo», que no la dejaba ni a sol ni a sombra. En verdad, nunca los había visto en actitud de noviecitos. Nada que ver. Pero el tipo se la comía con los ojos. Y al viejo de ella lo seguía como un perro, el muy guacho. Le chupaba las medias que daba asco: le llevaba los papeles, le hacía de chofer, le tenía la puerta vaivén de la sede. Lástima que yo siempre fui tan bueno. Porque si no, en algún amontonamiento en la popular lo empujo y termina veinte escalones más abajo con cuarenta huesos rotos, viste. Pero siempre fui un romántico bobalicón, qué le vas a hacer.


Pero ese martes anterior al clásico se me vino el mundo abajo. El muy imbécil va y anuncia en la mesa de café que el viejo de Merceditas lo ha autorizado a llevarla al cine el sábado a la noche, como festejo especial del previsible triunfo de Chicago en el clásico vespertino. Los hermanos de Mercedes lo palmearon complacidos; y yo tuve que fingir algo parecido a una sonrisa aprobatoria.

Ahora no tenía salida. O lo mataba el sábado en la cancha o el tipo me ganaba definitivamente de mano. Justo ahora, que Mercedes prolongaba las miradas que cruzábamos furtivas en el vermouth de la nochecita, y me buscaba tema de conversación cuando nos encontrábamos a la salida del palco y caminábamos todos juntos hasta el auto. ¿O era una impresión mía, inducida por el embotamiento del amor que le tenía? El hecho, pibe, es que tuve que dar media vuelta en el aire y cambiar de planes.

A los muchachos les dije que en la empresa de colectivos me habían denegado el permiso, bajo amenaza de echarme. Ellos ofrecieron quemar la terminal con mis jefes adentro, pero los disuadí entre sonrisas, convenciéndolos de que no era para tanto. A los hermanos de Mercedes les dije que mi tía la que se estaba muriendo en Formosa se había curado de repente.


Celebraron y brindaron a mi salud y a la de mi tía. Al único que se lo vio medio arisco fue al tal Alberto, como si sospechara algo turbio, o como si lo hubiese desilusionado mi permanencia en Buenos Aires. Por supuesto que verlo así me llenó de alegría.

Con todas esas complicaciones de última hora no tuve tiempo de detenerme a pensar seriamente en las dificultades de presenciar ese clásico histórico en la tribuna visitante. ¿Entendés, chiquilín? Primera dificultad: que me reconociera la gente del Gallo. Solución: anteojos negros, cuatro días sin afeitarme y un amplio sombrero para protegerme del sol. Segundo problema: llegar en medio de los visitantes y ser reconocido pese a mis camuflajes. Solución: entrar a primera hora, solo, y esperar en las gradas la llegada de la tribu de Merceditas, bien escondido en el extremo de la popular opuesto a la zona de plateas. Quedaba un tercer problema, pero éste no tenía solución posible: soportar noventa minutos en nuestra cancha en silencio, o moviendo los labios acompañando a los energúmenos éstos, mientras del otro lado del césped los nuestros descargaban su justo rosario contra esos malparidos y sobre todo contra Gatorra, su más pérfida y reciente adquisición. Y mientras tanto rezar, rezar para que nadie se diera cuenta de la impostura, para que Gatorra estuviese en una mala tarde, para que ganáramos el clásico, para que la derrota le torciese el humor al padre de Mercedes y cancelara la salida al cine de la noche en el auto del tarado de Alberto. Demasiados pedidos para un solo Dios en un solo rezo. Pero, ¿qué iba a hacer, pibe?


Cumplí mi plan a la perfección. Llegué a la una en punto, recién abiertas las puertas. Completé mi atuendo con un piloto verde y amplio que había sido de mi difunto tío. No sabés la facha, pibe: sombrero ancho, anteojos negros, capote militar y barba de varios días. Cuando me vio salir de casa a la viejita casi le da un soponcio. Tuve que sacarme todo de raje para mostrarle y convencerla de que no era una aparición de San La Muerte.

¿Qué te contaba, pibe? Ah, sí. Que llegué temprano y me acomodé bien arriba en las gradas a esperar. Cuando fueron llegando los de Chicago no hablaban de otra cosa: jorobaban con cuántos goles nos iba a meter Gatorra, practicaban los cantitos alusivos, hacían gestos, no sabés, pibe. Una tortura. A eso de las dos cayeron los hermanos de Mercedes. Tuve que hacerles señas mientras me acercaba a ellos para que me reconocieran. Aduje una extraña reacción cutánea que me obligaba a protegerme del sol. «¿Qué sol, si en cualquier momento llueve?» No podía faltar el inoportuno de Alberto para buscarle la quinta pata al gato. «Secuela de la operación, por la anestesia, sabés. Los otros lo codearon, enternecidos por mi sufrimiento, y lo obligaron a callar.


Cuando faltaban quince minutos, en la tribuna visitante no cabía un alfiler. La verdad, ellos habían traído a todo el mundo. Y a la luz de cómo fueron los hechos hicieron bien, ¿no? Imagináte pibe: ser testigo de una goleada bárbara con tres tantos de un tipo que traicionó a tus enemigos y ahora juega para vos. ¿No parece un cuento de hadas, pibe?

A Merceditas la ubiqué enseguida gracias al enorme paraguas negro que el viejo de ella abrió cuando empezó a chispear, faltando cuatro minutos. Levanté un brazo a modo de saludo, y ella me contestó con una sonrisa que me levantó la temperatura debajo del capote verde. ¿Cómo hizo para ubicarme con semejante indumentaria? En ese momento me dije que era el amor el que la guiaba con sus dictados. No pongás esa cara, pibe, ya sé que uno es cursi cuando habla de amor, pero qué querés. Si la hubieses visto como yo la vi. Nunca más volví a ver a una mina tan linda como estaba Merceditas esa tarde. Llevaba un vestidito verde con cartera y zapatitos negros (y qué querés, si la pobre no conoció otro cuadro) que le quedaba que ni pintado. Y el pelo recogido en un rodete. Y los labios rojos. Me hubiese quedado mirándola el resto de la tarde. Bah, el resto de la vida.


Pero cuando salieron a la cancha los ojos se me fueron a Gatorra. El muy guacho iba bien erguido, encabezando la fila. Recibía los insultos casi con gra cia, con elegancia. Cuando enfiló para el medio miró hacia la hinchada visitante que se vino abajo. En esa época los equipos no solían saludar desde el medio, pero el soberbio éste se tomó el tiempo de alzar los brazos en dirección a las vías del Sarmiento, para que a sus espaldas un rumor de rabia se alzara como un incendio desde la barra enfurecida. Yo rezaba debajo de mi disfraz para que lo partieran a la primera de cambio. Pero se ve que Dios andaba en otra cosa. Porque este malnacido, este traidor imperdonable, eludió a cuatro tipos y la tocó suavecita a la salida del arquero. Alrededor mío los fulanos se subían unos a otros, lloraban, gritaban como energúmenos, levantaban los brazos gesticulando obscenidades. Sintiéndome Judas tuve que alzar los brazos, para no botonearme tanto. En cuanto pude miré para el palco y la vi a Mercedes aplaudiendo con la carterita colgada del antebrazo izquierdo y sonriendo hacia donde yo estaba; y solté dos lagrimones de dolor que me corrieron bajo los lentes oscuros. La impotencia, ¿sabés?.


Veinte minutos más y ¡zas! Córner y un cabezazo del cornudo de Gatorra. Dos a cero y de nuevo el delirio. Ahí yo empecé a pensar que en realidad todo era un castigo por mi traición; y que la culpa de esa humillación colectiva la tenía yo, el Judas moderno del fútbol argentino. Decí que cuando terminó el primer tiempo y todos los tipos se apuraron a apoyar el trasero en algún huequito libre de los escalones, yo me hice el otario y me quedé parado. Me pasé los quince minutos hablando por gestos con Merceditas, a través de la distancia. Ya sé, flaco: alrededor mío tenía cinco mil tipos convencidos de que yo era un pelotudo. Pero qué querés, si era un primor la piba. Aparte, de vez en cuando, lo relojeaba de costadito al tal Alberto y estaba hecho una furia, no sabés.


En el segundo tiempo nos pegaron un peludo inolvidable, pero estaba por terminar y no nos habían vacunado de nuevo. Yo miraba el reloj cada veinticinco segundos, desesperado porque terminara de una vez por todas el suplicio chino. «Quedáte tranquilo, Nicanor, que están muertos», me tranquilizaban los hermanos. «Ya sé, ya sé», contestaba yo, en una mueca semisonriente, y con ganas de descuartizarlos con una sierra de calar. Yo los veía a los nuestros, al otro lado del océano verde, y el pecho se me hinchaba de orgullo. Seguían cantando e insultándolo a Gatorra en cuatro idiomas, indiferentes a las burlas y al oprobio. ¡Qué no hubiera dado por estar entonces del otro lado! Pero de inmediato giraba hacia mi derecha y la veía a ella, tomadita del brazo del viejo, indefensa, pura, increíblemente hermosa, y me decidía a tolerar unos minutos más.

Pero lo que pasó entonces fue demasiado. Faltaban cinco. Se escapa Gatorra y enfrenta al arquero. Le amaga y lo pasa. Se detiene. La hinchada visitante grita enloquecida. El arquero vuelve sobre sus pasos. El Traidor, con la sangre fría de un cirujano, vuelve a enganchar y el guardameta pasa como una tromba para el otro lado. A mi alrededor deliran. Pero falta. Porque el inmundo ése se da vuelta con las manos en jarra, observa parsimoniosamente a la heroica hinchada del Gallo, y le da a la bola un tacazo disciplicente en dirección al arco vencido. Para terminar de perpetrar su osadía, se acerca al alambrado y empieza a besarse el harapo verdinegro que los turros ésos usan de camiseta.


Uno de los hermanos de Mercedes me estampó tal apretón que casi me arranca el sombrero. Delante mío dos tipos lloraban abrazados. Yo miraba sin po der dar crédito a mis ojos. Enfrente, la hinchada de mis amores en un silencio de sepulcro. Alrededor estos fulanos con una chochera de mil demonios. Y al pie de las gradas Gatorra besuqueándose la casaca con cara de chico bueno y cumplidor. Es el día de hoy que aún recuerdo la sensación de fuego que empezó a subirme desde las tripas, y que terminó casi quemándome la piel de la cara. Y para colmo van los nuestros, primero sueltos, algunos pocos, luego más, por fin todos, dándole al «¡El que no salta, es de Chicago... el que no salta, es de Chicago!», y a mí se me empezó a dar vuelta el estómago como si me estuviesen mirando a mí a través de todo el largo de la cancha; como si ni el sombrero ni el capote ni los lentes oscuros hubiesen bastado para tapar la traición delante de los míos. Supongo que tratando de encontrar fuerzas para seguir corrompiéndome, miré hacia la platea para verla. Allí estaba, como siempre en todo ese año de mi perdición: bella, perfecta, inolvidable. Sonriendo hacia donde yo estaba, quemando el cemento desde su sitio hasta el mío con las chispas de sus ojos incandescentes. Le pedí a Dios que me hiciera nacer de nuevo. Que me cambiara de vida. Que me arrancara para siempre la memoria. Pero algo adentro mío, algo empezó a crecer mientras escuchaba los cantos del otro lado y las burlas de éste, una mezcla de vergüenza y de pudor y de rabia por saber al fin definitivamente que no podía, y que por más que quisiera y lo intentara nunca jamás de los jamases podría cambiar de vereda, aunque la perdiese a ella para siempre, aunque me pasase el resto de la vida lamentándome semejante cuestión de principios, porque tarde o temprano todo iba a saltar, porque un martes u otro les iba a terminar cantando las cuarenta en esa sede de mierda que tienen ellos, o un sábado del año del carajo me iba a pudrir de aplaudir castamente los goles de ellos, y porque aunque no les partiera una botella en la zabiola a todos los hermanos y al tal Alberto, tarde o temprano en la jeta se me iba a notar que no, que nunca jamás en la puta vida voy a ser de Chicago, porque mis viejos me hicieron derecho y no como al turro malparido de Gatorra. Y cuanto más me calentaba conmigo, más me calentaba con él, porque mientras se besaba la camiseta más y más yo sentía que me decía: «Vení, Nicanor, vení conmigo acá al pastito, dale vos también algunos chuponcitos a la camiseta, dale Nicanor, no te hagás rogar, si vos y yo somos iguales, si los dos somos un par de vendidos, yo por la guita y vos por la minita, pero somos iguales; dale Nicanor, qué te cuesta, dale, sacáte el disfraz y vení, que estamos cortados por la misma tijera, pero por lo menos yo no me ando escondiendo».


Cuando tuve a mis hijos me puse nervioso, es cierto. Pero nunca sufrí tanto como esos dos minutos de los festejos del tercer gol de Gatorra en cancha nuestra. Te lo juro. Volví a levantar los ojos. Todo seguía igual. Alrededor mío la hinchada de Chicago comenzaba a apaciguarse: se destrenzaban los abrazos, algunos se sentaban para reponer energías, otros se ajustaban la portátil a la oreja para escuchar los detalles. Enfrente bailaban las banderas rojiblancas. A mi derecha, Mercedes me acunaba en sus ojos. Abajo, el traidor prolongaba un poco más la burla hacia mi gente.

De ahí en más no pude controlarme. Miré por anteúltima vez a la platea e hice un gesto de adiós con la mano. Después me erguí en puntas de pie. Hice bocina con ambas manos. Respiré hondo. Entrecerré los ojos. Y cacareé con todas las fuerzas de mi alma renacida un: ¡¡¡¡¡GATORRA VENDIDO HIJO DE MIL PUTA!!!!! que se escuchó hasta en la Base Marambio.


No tuve ni tiempo de disfrutar la sensación de alivio que me sobrevino apenas lo mandé al carajo, porque en el instante en que me enfrié un poco tomé conciencia del sitio donde estaba: ahí solito con mi alma, en medio de los leones, listo para ser devorado. Cuando miré a las fieras, había por lo menos sesenta pares de ojos clavados en mi pobre persona, y por los cuchicheos se iba corriendo la voz gradas arriba y gradas abajo. «¿Qué dijiste?», me encaró de mal modo el tal Alberto, desde el escalón inferior al mío. Lo miré. A fin de cuentas yo estaba ahí por su culpa: ¿no estaba en ese antro en un intento desesperado por evitar su salida nocturna con Merceditas? El maldito no sólo iba a salir con ella: después de lo de hoy tendría el camino definitivamente libre de obstáculos. Sin pensarlo dos veces le mandé un directo a la mandíbula. El muy zopenco cayó hacia atrás organizando una pequeña avalancha en los tres o cuatro escalones subsiguientes.

Mi vida pendía de un hilo: no sólo acababa de deschavarme delante de cinco mil enemigos. Acababa también de surtirle una linda piña a un socio querido y respetado de la institución. Sin pensarlo dos veces, tomé la decisión que finalmente y pese a todo terminó salvándome la vida. Salí disparado escalones abajo, aprovechando el claro dejado por mi contrincante semidesvanecido. Llegué al alambrado y me prendí con ambas manos como si fueran tenazas. Ya detrás mío distinguía con claridad los primeros «atájenlo que es de la contra», «párenlo que es un vendido», «vení que te reviento la jeta a patadas». Con los mocasines me costó enganchar los pies en los rombos del alambre. Encima no faltaban los comedidos que sin saber muy bien del asunto igual trataban de atajarme por la ropa. Perdí el sombrero de una pedrada. Los anteojos se me cayeron forcejeando con un viejito sin dientes que no me soltaba la pierna derecha. Gracias a Dios, en esa época el alambrado era más bajo. Me pinché hasta el alma cuando llegué a la cúspide. Me arqueé hacia atrás para verla por última vez en mi vida. No fue fácil, pibe. ¿Sabés lo que fue saber que estaba renunciando a ella para siempre?


Para ese entonces ya me tiraban con serpentinas sin desenrollar. Igual me encaramé como pude en el alambrado y, en acto penitencial y al grito de «¡Sí, sí, señores, yo soy del Gallo» obsequié floridos cortes de manga a derecha e izquierda, hasta que me acertaron un cascote en plena frente, perdí el equilibrio y me fui de cabeza. Gracias al cielo, caí del lado de la cancha. Si no, estos tipos me cuelgan ya sabés de dónde.

El resto me lo contaron, porque permanecí inconsciente como cinco días. Mi vieja batió el récord de velas encendidas en la Catedral, pobrecita. Cuando abrí los ojos estaban todos. El Negro, Chuli, Tatito. Me habían cubierto con la bandera del Gallo. Primero pensé que estaba muerto y que me estaban velando; pero los muchachos me convencieron, en medio de mis lágrimas, de que estaba vivito y coleando. «La clavícula, tres costillas y cinco puntos en la zabiola -me decían-, la sacaste rebarata, Nicanor.»

Sí, pibe, como lo escuchás. Yo soy ese tipo del capote verde que se tiró desde la cabecera visitante a la cancha el día de ese clásico espantoso de los tres goles de Gatorra. Sí, capaz que lo hacés ahora y te pegan tres tiros y no contás el cuento. Yo qué sé, eran otros tiempos.


Yo era joven, y aparte no sabés. Si la hubieses visto a Mercedes... Nunca volví a conocer a otra mujer como ella. Pero, bueno, qué le vas a hacer, así es la vida. Igual sufrí como un condenado, no vayas a creer. Los muchachos me decían que no lo tomara así, que minas hay muchas pero Gallo hay uno solo, y todas esas cosas que son verdad, pero, qué querés, a mí esa piba me había pegado muy hondo, sabés. Eh, chiquilín, no te pongás triste. ¿Qué se le va a hacer? Hay cosas que podés hacer y cosas que no.

A ver, dejáme fijarme un poco. Sí, por acá ya se están parando. Me rajo que quedó un caminito. Dale, pibe. Ayudáme a levantarme. No, ya me tengo que ir, dale. ¿No ves que acaba de terminar el partido de reserva? Ya sé que ahora empieza el partido en serio. No flaco, en serio. Tengo que rajarme. No, pibe, ¿qué corazón, ni qué carajo? Del bobo ando hecho un poema.

Pero qué querés. Promesas son promesas. Y si me quedo capaz que no puedo contenerme y falto a mi palabra. El sábado que viene me contás. No, pibe, en serio. Tengo que irme. Permiso, permiso, gracias. Hasta el sábado.


Creéme, pibe. Te digo en serio. ¿Cómo qué promesa, pibe? «Vos juráme que nunca más gritás un gol de Morón contra Chicago. Nunca en la vida. Y yo le digo a papá que le guste o no le guste nos casamos igual.»

¡Chau, pibe!

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martes, 1 de junio de 2010

Como se salvó Wang-Fo

Un cuento maravilloso de Marguerite Yourcenar


El anciano pintor Wang-Fô y su dis­cípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente pues Wang-Fô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su dis­cípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosa­mente la espalda, como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.



Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apo­deraba de la aurora y apresaba el crepúscu­lo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las in­seguridades. Aquella existencia, cuidadosa­mente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cum­plió quince años, su padre le escogió una es­posa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo con­solaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos pro­tege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailari­nas y acróbatas.

Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borra­cho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel arte­sano taciturno, y aquella noche, Wang habla­ba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadur­narla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas ca­lientes, el esplendor tostado de las carnes la­midas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por el manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero pe­netró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang-Fô no tenía ni dinero ni mora­da, le ofreció humildemente un refugio. Hi­cieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma deli­cada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar va­cilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sen­tía por aquellos bichitos se desvaneció. Enton­ces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.

Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, pues­to que no era una mujer. Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven príncipe ten­sando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después, Wang-Fô la pintó vestida de hada entre las nubes del poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Des­de que Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô a ella misma, su rostro se marchi­taba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. Una mañana la en­contraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus escla­vos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púr­pura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maes­tro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

Su reputación los precedía por los pue­blos, en el umbral de los castillos fortifica­dos y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores que­rían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo.

Wang se alegraba de estas diferencias de opi­niones que le permitían estudiar a su alre­dedor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su avan­zada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.

Un día, al atardecer llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasi­llos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en du­da que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô a vadear el próximo río.

Entraron los soldados provistos de fa­roles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos.

Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupa­dos, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desespe­rado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.

Llegaron a la puerta del palacio impe­rial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pro­nunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. Final­mente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cor­tina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.

Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Ce­leste se viera turbada por los buenos olores. Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido ad­mitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.

El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque ape­nas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero im­pasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su iz­quierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no ten­go más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Em­perador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transforma­ban en glauca como una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Em­perador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fô hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arra­bales de las cortesanas y las tabernas del mue­lle en las que disputan los estibadores.

—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, in­clinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—. Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para poner­te en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colec­ción de tus pinturas en la estancia más es­condida del palacio, pues sustentaba la opi­nión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los pro­fanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contempla­ba, cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante el día, sentado en una al­fombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fa­tales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una pie­dra al caer no puede por menos de con­vertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años, vi abrirse las puer­tas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a lu­ciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me im­piden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis solda­dos me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las Mil Cur­vas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio he dispues­to que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fô?

Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mella­do y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se lleva­ron los restos y Wang-Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.

El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang-Fô.

—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben per­manecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto.

Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admi­rable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu obra maestra, no es más que un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pa­saba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pin­tura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan pró­ximas a caer, temblarán sobre la seda y el in­finito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos hu­manos. Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus espe­ranzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una conse­cuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hom­bre que va a morir.

A una seña del dedo meñique del Em­perador, dos eunucos trajeron respetuosamen­te la pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura del alma a la que ya Wang-Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había con­templado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos des­nudos, ni tampoco se había empapado lo su­ficiente de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô echó de menos a su dis­cípulo Ling.

Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singu­larmente húmedo, pero Wang-Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.

La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó sua­vemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el bra­sero del verdugo. Con el agua hasta los hom­bros, los cortesanos, inmovilizados por la eti­queta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón im­perial. El silencio era tan profundo que hu­biera podido oírse caer las lágrimas.

Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella ma­ñana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja.

Wang-Fô le dijo dulcemente, mientr­as continuaba pintando:

—Te creía muerto.

—Estando vos vivo —dijo respetuosa­mente Ling—, ¿cómo podría yo morir?

Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el in­terior de una gruta. Las trenzas de los cor­tesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Em­perador flotaba como un loto.

—Mira, discípulo mío —dijo melancó­licamente Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?

—No temas, Maestro— murmuró el discípulo. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Empera­dor conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están he­chas para perderse por el interior de una pintura. Y añadió:

—La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos —dijo el viejo pintor.

Wang-Fô cogió el timón y Ling se in­clinó sobre los remos. La cadencia de los mis­mos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresio­nes del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.

El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco dejando tras ella un del­gado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.

La pulsación de los remos fue debili­tándose y luego cesó, borrada por la distan­cia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha im­perceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borrose el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling desapare­cieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar.

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