Encontré en el cuento una vía para expresar mis fantasías, mis sueños y mis inquietudes. El cuento nos da la posibilidad de vivir, compartir, describir, sufrir y disfrutar situaciones que la vida real no nos otorga.

Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron

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domingo, 22 de agosto de 2021

El Tano

Cuento de Fernando Murano

Un cuento que voy a llevar siempre, como a mi amigo, en mi memoria y en mi corazón. 

Se lo digo a la Mari todo el tiempo, no puedo entender lo del Tano. Mirá que pienso y pienso y no me entra en la cabeza, es una locura, es una injusticia, qué se yo, hay tanto hijo de puta por ahí, viviendo lo más pancho… Y sí, a mí me afectó mucho lo del Tano.
¿Sabés lo qué pasa?, que desde que lo conocí en el almacén de don José fuimos muy unidos, es una cuestión de piel, nos dirigimos unas pocas palabras y ya sabíamos que seríamos grandes amigos. Él me lo confesó después, fue ese día que cerramos el almacén y nos tomamos el bondi para ir hasta Güerin a comer unas porciones de muza (porque el Tano jodía siempre con que la pizza esa era única y que no podía ser que yo no la haya probado). Mientras circulaban las porciones y la birra tirada, hablábamos de todo: de la vida, de la infancia, de fútbol, de Huracán, de minas, qué se yo, de todo. Ahí me lo dijo y me sorprendí, porque yo había sentido lo mismo, porque es como una especie de visión, como si hubiéramos sido amigos desde pendejos.
También me dijo que sólo le había pasado una vez cuando era pibe. Tenía trece y había conocido al Luisito en un veraneo, porque los viejos alquilaban siempre carpa en  el balneario Atlántico de San Clemente y ese año los viejos del Tano habían alquilado la carpa de al lado, y el mismo día que llegaron, ahí estaba el Luisito, haciendo jueguito con una pulpo, y apenas vio que se instalaba, lo invitó a jugar unos tiritos en la orilla. Y así, verano tras verano construyeron una amistad que llegó más allá de las vacaciones, tanto es así que hoy con el Luisito somos grandes amigos también. El quedó tan hecho mierda como yo, mirá que en tantos años nunca nos mamamos, que tomábamos mucho, no lo niego, pero nunca, nunca nos pusimos en pedo, y últimamente ya lo tuve que llevar a la casa dos veces totalmente escabiado. Pero lo entiendo, eh, porque si yo no me mamo es sólo porque me apolillo antes.
                Me acuerdo el primer día que entro a laburar en el almacén, yo estaba cortando fiambre para doña Rita y viene don José y me dice: “Pibe, te presento a Valentino, el hijo de la Rosina, te va a dar una mano para atender”, y el Tano de entrada nomás me hizo cagar de risa, mientras el viejo hablaba, él hacía que se desenroscaba una mano y me la daba. ¡Ay, qué hijo de puta, siempre jodiendo! Pero bien, eh, porque jodía todo el tiempo pero cuando tenía que laburar era una bestia. Cuando llegaban las fiestas y caían los camiones llenos de sidra, champán, pan dulce, turrones y qué sé yo cuántas otras boludeces, nos quedábamos hasta las once, las doce, dale que dale, hombro a hombro. Y aquella vez que a don José se le ocurrió que tenía que comprarle a un amigo toda la producción de naranjas de una quinta de San Pedro… ¡Cómo puteó el Tano cuando llegó el camión lleno de cajones! Pero al viejo no le dijo ni mu, puso el hombro y le metimos hasta las tres de la matina.
                ¿Y con las minas? ¡Ah, que recuerdos! ya habíamos salido con todas las pibas del barrio. Teníamos un código, si entraba una y uno de los dos le había echado el ojo decía: "me podés ir a buscar las latas de tomate al sótano", y mientras el otro desaparecía este se quedaba "atendiendo" a la minita. Claro, el problema era cuando nos gustaba a los dos, entonces prevalecía el más rápido, el más despierto. Igual, jamás nos peleamos por una mina, ni siquiera se nos pasó por la cabeza. Pero un día se nos acabó el jueguito... No me voy a olvidar más cuando conoció a la Rosita. Qué linda que estaba ese día, con esos faroles verdes, pollera roja, blusa y zapatos blancos y un moño rojo que le agarraba el pelo tirante. Apenas entró, el Tano cogoteó por encima de los quesos y se enamoró. Sí, amor a primera vista. Yo no creía mucho en eso del amor a primera vista pero el Tano quedó enloquecido, con decirte que estaba tan conmocionado que a la Rosita la tuve que atender yo, la piba se dio cuenta y se puso colorada. Al día siguiente cuando volvió la piba la atendió él, a los dos minutos la estaba haciendo reír como loca. A la semana ya la había invitado a salir y se habían puesto de novios, a los cinco meses se comprometieron y al año y medio se casaron por iglesia. El Tano era así, no andaba con vueltas, siempre a fondo.
                Cuando lo conocí al Tano no era muy creyente, como yo, bah. Siempre me decía: “y algo superior debe haber” pero no lo tenía muy claro, sus viejos eran católicos y él bautizado, pero no le venían muy bien los curas, les tenía bronca. Pero el día que se desbarrancó con el Fiat 600 en un camino de ripio de Córdoba todo cambió. Me contó que, mientras el auto daba vueltas como un lavarropas, lo único que se le cruzaba por la cabeza era pedirle a Dios que lo salve, y mientras los bomberos (que no podían creer que estuviese ileso) lo sacaban de entre la maraña de fierros juró que no faltaría a ni una sola misa. Y así lo hizo, che, encontró un grupo en la parroquia de acá a la vuelta y cumplió con su promesa. A partir de ahí, día por medio, me rompía los quinotos para que vaya. Pobre, siempre se preocupó por mí y yo lo único que hice fue sacarlo vendiendo almanaques, una y otra vez. Hasta que se enfermó. Mirá, digo “se enfermó” y ya se me humedecen los ojos, se me hace un nudo en la garganta.
                Cuando se enfermó —otra vez lo digo, la pucha— tenían cuatro pibes con la Rosita. Me acuerdo que se había hecho unos estudios porque andaba medio mareado, vino y me lo dijo así nomás, sin anestesia: “Flaco, tengo la papa”. ¡Ay, la puta madre, lo que lloré ese día! Con decirte que él terminó consolándome a mí, ¡él, que tenía que estar destruido! Ya desde ahí que mucho no entiendo. ¿Vos te crees que cambió su sentido del humor? Un carajo, siguió igual o peor, jodía con los clientes, con el pibe del reparto, conmigo y hasta lo hacía reír a don José, que ya es bastante decir. Eso sí, en ese tiempo, cuando se enteró de la enfermedad, no andaba muy bien con la Rosita, me contaba todos los días que discutían por cualquier boludez, que no se tiraban los platos porque no tenían plata para comprar otros, que si no se separaban era por los pibes. Pero apenas le dijo lo del cáncer  a su mujer, todo cambió. Me contaba que Rafael, el cura de la parroquia, los ayudó mucho, les decía —y esto la verdad que a mí no me entra en la cabeza— que la enfermedad era una gracia, que Dios la había permitido para que ellos pudieran amarse, reconstruir su matrimonio.  “¿Qué boludez es esa? ¿Cómo Dios se la va a agarrar con este pibe que es más bueno que el pan?” pensaba yo, aunque a él no le decía nada. La verdad es que, boludez o no, a partir de ese momento, su relación con Rosita cambió totalmente, no te voy a negar que al principio les fue difícil, que ella estaba preocupada y angustiada, pero de a poco la cosa fue cambiando, con decirte que ella  dos veces por día pasaba por el almacén para ver como andaba el Tano y le traía unas barritas de ese chocolate que lo volvía loco, le dejaban a los pibes a la vieja de ella y se iban al cine, a comer afuera, al teatro. ¿Qué carajo estaba pasando? Este tipo que tendría que tener el ánimo por el suelo, estaba tranquilo, contento cada día por estar vivo y disfrutando de una nueva luna de miel con su señora y de cada segundo compartido con sus hijos. Un día lo agarré y le pregunté si no estaba loco —porque hay que estar chiflado para tener cáncer y vivir como si nada—. “¿Vos te crees que no tengo miedo de morirme?... estoy cagado hasta las patas, pero todos los días, después que rezamos con la Rosita a la mañana y a la noche, no sé, es como que me vuelve el alma al cuerpo, pienso en el cielo y se me va el miedo”. Cuando vino y me contó que el doctor le dijo que había una remisión total del cáncer pensé que de verdad Dios existía y que el cura tenía razón, que todo había sido para que su matrimonio cambiara. Por eso cuando, seis meses después, le volvieron a dar mal los análisis se me vino la estantería abajo. En sólo un mes cayó en cama y no pudo volver al laburo.
                Le pedí permiso al pobre don José y casi que me quedé a vivir en el  hospital, un poco para estar con él y otro para darle una mano a la Rosita. Qué querés que te diga, yo estaba hecho mierda, y el médico nos decía que le digamos que ya está, que como mucho va a vivir un par de días más. Y no entiendo, ahí estaba tranquilo, mientras le contábamos que chau, que se terminaba, que no había nada más que hacer, y él sereno, y yo con una angustia que parecía que era yo el que se iba morir. Nunca voy a poder olvidarme de cuando la Rosita lloraba a moco tendido y él le preguntaba por qué lloraba y ella le decía que porque lo veía sufrir y él le contestaba que más había sufrido Jesucristo por él. Yo nunca entendí esto de la religión, pero si existió un hombre con fe, ese fue el Tano, si hasta se despidió de sus hijos diciéndoles que no se olviden nunca de Dios, que Dios era fiel.

                Como dije desde el principio, yo no entiendo por qué se me lo llevaron al Tano tan pronto, por qué un tipo tan bueno, tan compañero, tan fiel, tiene que dar las hurras sin haber vivido, ni siquiera, la mitad de una vida como la gente. Lo único que yo sé es que quiero ser feliz con mi familia como lo fue el Tano con la suya, vivir cada día como vivió el Tano los suyos y cuando me muera quiero morirme como se murió el Tano.  El Luisito me dice que no sea tan boludo, que me dé cuenta que el Tano era así porque creía en Dios, porque creía en que la vida no se termina con la muerte. Y no sé, puede ser, qué se yo… lo extraño tanto al Tano que soy capaz de creer que hay otra vida con tal de volverme a juntar con él y charlar de lo que vivimos juntos, y cagarnos de risa de boludeces y hacerle jodas a Don José y comer un cacho de pizza. Y no sé, soy capaz… con tal de volverlo a ver, soy capaz…

Escrito en memoria de Daniel Menéndez.



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El Tano por Fernando Murano se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en fernandomurano.blogspot.com.

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martes, 3 de agosto de 2021

El pozo

 de Fernando Murano

Ese día había amanecido con un frío insoportable. En el campo suele hacer frío a las cinco o seis de la mañana, pero ese día parecía que iban a congelárseme los huesos. Digo los huesos porque en la carne ya había perdido la sensibilidad.

No sé si eso tendría algo ver con lo que iba a pasar un rato después. Los expertos dicen que podría tener alguna relación. Yo me pregunto algo al respecto. Me refiero a los “expertos” y no al frío. ¿Por qué carajo les dicen expertos a unos cuántos tipos que, básicamente nos explican las cosas que no sabemos, diciéndonos que es prematuro hacer conjeturas sobre la cuestión? Si sos experto tenés que saber, macho, sino sos uno más de los mortales que ignoran el 99,99% de las cosas que ocurren en el universo.

La cuestión es que, como todos los días a las cuatro y media en punto, sonó el despertador unos minutos antes de que cante Gardelito, el gallo más viejo de la estancia. Puse la pava y preparé el mate con la técnica ceremonial que me había enseñado mi viejo el mismo día que cumplí los doce. “Vení, Gerardo, que hoy empezás a ser un hombre de campo” me dijo desde la cocina sin mediar siquiera un “feliz cumpleaños”.

Cinco en punto estaba subiendo a la Juanita ‑así le había puesto mi hermano a la chata.- para poner rumbo al pueblo a comprar las semillas en la forrajera. Si no quería hacer patinaje en cuatro ruedas, tenía que tener cuidado con los surcos llenos de agua que había dejado la lluvia del día anterior porque se habían congelado.

Aún no había clareado y la visibilidad no era la mejor. Iba concentrado en evitar todo posible punto resbaladizo cuando casi desaparezco de la superficie de la tierra, literalmente. Fue casi como una premonición, de otro modo no entiendo como clavé los frenos y después de derrapar en el barro unos 30 metros quedé al borde del precipicio.

Vea usted, si hay algo que es raro encontrar en la pampa son los precipicios pero más raro que eso es que un camino termine en uno.

La camioneta había quedado con dos ruedas mirando hacia el fondo del pozo más grande que había visto en mi vida. Si no estuviese seguro de que, por la distancia que había desde casa a ese lugar tendría que haber escuchado el estruendo del impacto, pensaría que había caído un meteorito de 30 metros de diámetro. Además, si hubiera caído uno, estaría en el fondo del pozo.

Gracias a Dios la chata es 4 x 4 y pude retroceder en seguida. No sé cuánto habría resistido el borde del pozo hasta desmoronarse llevándome a la Juanita y a mí a una muerte segura. Me bajé y me acerqué con mucho cuidado hasta el cráter que se abría frente a mí, en el mismo lugar donde unas horas antes solo había tierra y pasto. Decirle precipicio a un pozo de 10  metros de profundidad y 30 metros de diámetro es un poco exagerado, sin embargo, no es exagerado decir que encontrárselo en el medio del camino es acojonante.

Incluso diría que lo más acojonante no es el tamaño, sino el ponerse a pensar cómo apareció eso ahí. La respuesta más fácil, y la que primero me vino a la cabeza, es echarle la culpa a los extraterrestres,  hipótesis altamente incomprobable. La segunda que se me ocurrió, y que quizás sea la más probable, es que haya sido una falla tectónica. Todos alguna vez escuchamos en un noticiero o estudiamos en el colegio sobre este tipo de fenómenos naturales.

Mientras le daba forma a esa segunda teoría me sentí como embriagado por la idea de encontrar algún otro tipo de explicación que quedase a mitad de camino entre el delirio y la lógica, entre la fantasía y la ciencia, entre las habladurías y los estudios científicos.

Cuánto me habrá extasiado la posibilidad de encontrar una respuesta a semejante suceso, fuese natural o no, que durante toda la noche no pude pegar un ojo. En mi cabeza iban y venían como alocados los pensamientos más delirantes. Ideas estúpidas que daban paso a especulaciones perspicaces, pero enseguida eran devoradas por pensamientos místicos que perdían fuerza cuando aparecían hipótesis sesudas. Un torbellino de genialidades y tonterías por partes iguales.

Cosas de ciencia ficción como que se había abierto un portal dimensional que al cerrarse había consumido la masa equivalente al volumen del pozo o que se había producido una falla gravitacional localizada. Otras científicas, como que el agujero monumental había sido provocado por un eructo de gases provenientes del magma del centro de la tierra. Algunas más afiebradas como las de una manada de topos gigantes voraces y otras conspirativas como las de un rayo desintegrador disparado por una nave yanqui ultra secreta.

Debo decir que varias veces retomé como posibilidad la hipótesis del meteorito, pues el agua del fondo del pozo podría estar ocultándolo, y hasta me dije que si no había escuchado el estruendo era culpa del profundo sueño en el que me había sumido el guiso de lentejas y los dos vasos de vino antes dormir.

En mis ratos de lucidez rogaba para que al día siguiente, luego de que les avisase sobre esta misteriosa aparición, el gobierno mandara los expertos que había prometido.

En fin, los expertos vinieron, y como dijera antes, nada explicaron. Es así como llevo más de tres meses haciendo elucubraciones y jugándome la cordura noche tras noche. Si alguien cree saber cómo se ha producido este pozo a escala de dinosaurio, le pido encarecidamente que lo escriba aquí debajo en los comentarios. 

Mi salud mental se lo agradecerá.


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lunes, 5 de julio de 2021

La casa de los nonos

   De Fernando Murano

Cuando Raúl me llamó y me pidió que nos encontremos en la casa de los nonos me fastidié un poco. Ya había hecho planes para plantificarme delante de la radio a escuchar la previa del domingo, enterarme de las novedades de la formación de Boca, posibles incorporaciones, si se iba el tronco de Belautti o si por fin me ganaría la camiseta firmada por los jugadores.

—A las tres — dijo Raúl.

“¿A las tres?” pensé con odio, pero le respondí— A las tres nos vemos.

Ya habían pasado dos meses desde que murió el Nono. Le había costado los primeros tiempos después de que la Nona se entregara y no quisiera luchar para salir adelante de una infección renal que la había tenido postrada varios meses, pero con la ayuda de los hijos y los nietos, Vicente la remó y salió de la depresión. Diez años más estuvo con nosotros.

Mi viejo nos pidió que nos hiciéramos cargo de repartir las cosas de la casa. Algunos querían guardar algún recuerdo, a otros le venía bien algo para su casa. Era la ley de la vida, mi viejo lo sabía, pero ahí había vivido hasta los treinta años. Sólo tener que estar un rato en esa casa, ahora sin vida, era doloroso para él.

El domingo amaneció caluroso, la humedad era sofocante. Me arrepentí de haber caminado las siete cuadras que hay desde mi casa hasta la de los nonos, tendría que haber ido con el auto y el aire acondicionado al mango. Encima venía con la cabeza llena de preocupaciones del negocio. ¿Quién me mandó a mí a ponerme una ferretería en este país? Abrís un negocio y tenés que ser dueño, empleado, contador, abogado, experto en habilitaciones y no sé cuántas especialidades más. Madre mía.

Apenas la empujé, la puertita de reja de la entrada cantó su chillido característico. Nada de engrasar las bisagras, estaba muy bien que sonara, era como tocar el timbre para avisar que habías llegado. Claro que en ese momento no había nadie para escucharlas. Raúl, ni de casualidad, llegaba nunca menos de quince minutos tarde.

Lo raro pasó después. Apenas cerré la puerta de entrada y quedé a oscuras en el living comedor sentí enseguida el fresco del lugar, ni siquiera en días como ese hacía calor. Creo que era porque siempre estaba cerrado y solo se usaba para los cumpleaños y las fiestas de fin de año.

Esa sensación hizo que, de repente, mi cabeza se despejara de todas las preocupaciones que me habían acompañado desde casa y volviera cuarenta años para atrás.

Por eso no me extraño cuando me pareció escuchar la voz de la Nona.

—Jorgito, vení que te preparé la leche.

Después de abrir las persianas fui hasta la cocina. La taza con el Nesquik y las galletitas boca de dama estaban sobre la vieja mesa de madera del comedor diario. De espaldas, desde la cocina y mientras cortaba unas verduras para la cena la abuela me dijo.

—Dale, pichón, tomá la leche que se enfría.

"¿Se enfría?" pensé. Es raro, no hacía calor ahora.

Mientras la chocolatada iba dibujándome unos mostachos en la cara me quedé mirando la mesa. Estaba llena de ñoquis. No los había visto cuando entré. En la otra punta estaba el Nono Vicente meta enrular ñoquis con una tablita de madera. Uy, qué rico vamos a cenar me dije.

—¿Terminaste la leche, Jorgito? —preguntó el Nono.

—Sí, toda.

—Entonces, si querés, anda un rato a jugar al patio.

            No me lo tuvo que decir dos veces. Salí corriendo.

Afuera sí que hacía calor, las baldosas gastadas del patio estaban recalentadas por el sol de las tarde, incluso las que estaban abajo de la parra. En un pestañear de ojos una nube oscureció todo y se largó uno de esos chaparrones que te dejan hecho sopa. No duró más de un par de minutos, pero fue suficiente para dejar las baldosas a la temperatura ideal. Pero lo mejor de todo era el olor que subía desde el piso. Era el aroma de la felicidad, de la inocencia, de la mente solo ocupada en escribir el libreto de la próxima batalla de soldaditos o el de la carrera de autitos.

Más atrás, en el jardín, estaba el glorioso ciruelo. De sólo ver colgando esas ciruelas negras y gigantes se me hizo agua a la boca. Salí corriendo para adentro, no había porqué sufrir, en la vieja heladera Siam, la Nona guardaba, en una batea llena de agua helada, unas cuantas de las ciruelas más ricas del mundo. ¡Qué disfrute el morderla y que el jugo dulce y frío me chorree por las comisuras de la boca! Cerré los ojos para deleitar más mis sentidos. Cuando los abrí, en la cocina y el comedor no había nadie. Ese lugar era el corazón de la casa, era un espacio enorme y único donde la familia pasaba el setenta por ciento de su vida.

—Pichón, vení a dormir una siesta que te cuento unos cuentos –me llamó la nona desde la habitación que había sido de mi viejo y de mi tío.

En la otra seguramente estaría Vicente recostado. La abuela era piola, no quería que en ese rato hiciera algún ruido que pudiera despertarlo.

Me acosté a su lado y me contó los cuentos que ya había escuchado mil veces, pero mil veces me gustaba que me los contara. Sin embargo lo mejor vino después, cuando me cantó la canción de Mambrú, y después la de la blanca paloma. Cantaba lindo la Nona. Mientras mis oídos se endulzaban con su voz melodiosa mis párpados se fueron haciendo tan pesados que no pudieron mantenerse abiertos.

Después sólo recuerdo escuchar la voz de Raúl a lo lejos.

—Jorge… Jorge… Jorge… Jorge… ¡JORGE!

Abrí los ojos. Estaba parado en la cocina, con las manos en los bolsillos mirando por la ventana hacia el patio.

—¿Qué pasó? –pregunté sobresaltado.

—¿En qué estabas pensando? –me preguntó.

Hice un esfuerzo para recordar pero tenía la mente en blanco.

—En nada, qué se yo –contesté para salir del paso.

Lo miré fijo durante unos segundos y ahí me vino la pregunta a la cabeza.

— ¿Te parece que el Toto lo va a poner a Belautti?


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martes, 22 de junio de 2021

Obdulio Varela - El reposo del centrojás

de Osvaldo Soriano

Introducción

Y clavó sus ojos pardos, negros, blancos, brillantes, contra tanta luz, e irguió su torso cuadrado, y caminó apenas moviendo los pies, desafiante, sin una palabra para nadie y el mundo tuvo que esperarlo tres minutos para que llegara al medio de la cancha y espetara al juez diez palabras en incomprensible castellano. No tuvo oído para los brasileños que lo insultaban porque comprendían su maniobra genial: Obdulio enfriaba los ánimos, ponía distancia entre el gol y la reanudación para que, desde entonces, el partido -y el rival-, fueran otros.

Hubo un intérprete, una estirada charla -algo tediosa- entre el juez y el morocho. El estadio estaba en silencio. Brasil ganaba uno a cero, pero por primera vez los jóvenes uruguayos comprendieron que el adversario era vulnerable. Cuando movieron la pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo.

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lunes, 21 de junio de 2021

El día que Maradona se hizo D10S

de Fernando Murano

    Las cosas no iban bien, llegamos al mundial de México colgados del estribo. No sé si se acuerdan el final de las eliminatorias. El gol de Passarella a Perú, que en realidad fue de Gareca, que empujó un tiro cruzado del Káiser cuando sólo faltaban 8 minutos, nos salvó de quedarnos afuera del mundial.

    Duramente cuestionado por la crítica, el Narigón se llevó al equipo a tierras aztecas antes de que ningún otro equipo del mundo ni siquiera hubiese reservado el hotel. Sabía que necesitaba compenetrar a los jugadores con sus ideas tácticas, aquello que no había podido hacer en los cuatro años previos. Tenía que convencer a Diego de que fuera el D10S del fútbol mundial, el Maradona eterno, aquel que sería recordado por siempre. El segundo objetivo era lograr que todos y cada uno de los jugadores estuviesen alineados hacia un mismo objetivo, compenetrados con su visión del fútbol. Creo que Carlos Salvador, su esposa y su mamá eran los únicos que estaban convencidos de que podía lograrlo.

    El sueño argentino comenzó un 2 de junio de 1986 en el Estadio Olímpico de la Ciudad de México. Una débil Corea no fue problema para la Argentina que con autoridad le metió tres goles aunque los coreanos lograran descontar para decorar el resultado. Nadie quiso embarcarse aún en quimeras improbables, le habíamos ganado al equipo más débil del grupo.

    Sólo tres días más tarde llegó la hora de la verdad, enfrente estaba el campeón del mundo, Italia. Y fue duro nomás. A los seis minutos perdíamos por un penal pateado por Altobelli. Más de uno pensó que se venía una catástrofe. Fue entonces cuando “Pelusa” dijo presente. Valdano, desde la media luna del área, inventó un pase mágico de emboquillada que encontró a Diego ganándole la espalda al defensor azzurro y, como si estuviera en el Colón, dibujando un paso de ballet, se suspendió en el aire para darle una cachetada al balón Azteca y vencer a un paralizado arquero italiano. Fue empate, pero las sensaciones empezaban a ser positivas.

     Argentina tenía que ganarle a Bulgaria para asegurarse el primer puesto del grupo y lo hizo con la autoridad que requería la ocasión. 2 a 0 y a otra cosa mariposa.

    Los octavos de final nos enfrentarían con los siempre difíciles charrúas. Cincuenta y seis años habían pasado desde la última vez que lo venciéramos en un mundial. Un partido de hacha y tiza, de cuchillo entre los dientes, no apto para timoratos ni pusilánimes. Lo que se dice un clásico. Trabado y con poco juego, Argentina se lo llevó por la mínima con el gol del “PePePe” (Pedro Pablo Pasculli). Tímidamente empezaban a encenderse las ilusiones.

    El destino quiso que el siguiente partido fuera el del morbo.

    El dolor de la guerra entre Argentina e Inglaterra estaba muy fresco. Y aunque sabíamos que sólo se enfrentarían 22 deportistas, nuestro ego chauvinista, herido de gravedad, o nuestro sufrimiento por los caídos, necesitaba una revancha, un premio consuelo, una caricia al alma. Y alguien estaba dispuesto a cumplirle el deseo a un país entero que estaba prendido a los televisores y las radios. La gloria eterna llamó a la puerta del capitán argentino y este no dudó, la arrebató para siempre. No dudó en usar la “mano de Dios” para empezar el trabajo y a los 51’ abrió el marcador. Y por si alguno se enojó por la picardía criolla, a tan sólo 3’ de la polémica jugada decidió esculpir la mayor obra de arte tallada en un mundial de fútbol.

    Dijo el relator (calla el escritor): “…ahí la tiene Maradona… lo marcan dos… pisa la pelota Maradona… arranca por la derecha el genio del futbol mundial… y deja el tercero y va a tocar para Burruchaga... ¡Siempre Maradona!... “¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ¡Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... Goooooool... Gooooool...! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego Maradona!… ¡Es para llorar perdónenme…! ¡Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos…! ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste, para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2… Inglaterra 0…¡Diegol…! Diegol…! ¡Diego Armando Maradona…! ¡Gracias, Dios…! ¡Por el fútbol…! ¡Por Maradona…! por estas lágrimas… por este… Argentina 2… Inglaterra 0...

    ¿Después de este éxtasis futbolero puede quedar alguna emoción más? Sólo te digo, antes de pasar al capítulo final de esta historia, que busques los dos goles de Diegol —relatados por Víctor Hugo— con los que dejamos en el camino a Bélgica.

    Y el último capítulo era una parada brava. Había que enfrentar a los tanques alemanes. Por eso cuando de pronto nos encontramos ganando 2 a 0 los argentinos nos mirábamos incrédulos. ¿Tan fácil sería? No, no lo sería. Los germanos desplegaron la fuerza aérea sobre nuestra área y nos empataron el partido. Habría alargue. Alargue del sufrimiento, alargue de la agonía, alargue de las ilusiones. Y no fue hasta que faltaban 5’, en que Maradona frotó la lámpara una vez más y dejó sólo a al gran Burruchaga en una carrera eterna y memorable, hacia el segundo título mundial.

    El doctor Bilardo, su esposa y su mamá tenían razón. ¡Argentina Campeón del Mundo! ¡Maradona eterno! ¡El D10S del fútbol que ahora nos mira desde el cielo!

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miércoles, 16 de enero de 2019

Antes de partir


de Fernando Murano

Antes de partir dejó el libro sobre la mesa. Una carta ensobrada marcaba una página. Una oración estaba subrayada: “Si ya no respiras amor no importa el por qué, sino cuándo partirás”. 
“No hay aquí razones, tan sólo hermosos e intensos recuerdos”. Estaba escrito en el sobre con letra prolija, casi dibujada.
Antes de partir esos recuerdos vivieron por última vez en su cabeza y luego volvieron al sobre para siempre. Cerró los ojos y tuvo una certeza: con el corazón vacío desde mucho antes y la mente, ahora liberada, estaba listo para respirar aire nuevo.

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