Iré guardando en los en los anaqueles de este almacén, aquellos cuentos que llegaron a mis manos a través de un libro, o por sugerencia de algún lector amigo y que por una u otra razón me conmovieron
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sábado, 28 de agosto de 2021
De chilena
domingo, 22 de agosto de 2021
El Tano
Cuento de Fernando Murano
Un cuento que voy a llevar siempre, como a mi amigo, en mi memoria y en mi corazón.
Escrito en memoria de Daniel Menéndez.
El Tano por Fernando Murano se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en fernandomurano.blogspot.com.
martes, 3 de agosto de 2021
El pozo
de Fernando Murano
Ese día había amanecido con un frío insoportable. En el campo suele hacer frío a las cinco o seis de la mañana, pero ese día parecía que iban a congelárseme los huesos. Digo los huesos porque en la carne ya había perdido la sensibilidad.
No sé si eso tendría algo ver con lo que iba a pasar un rato
después. Los expertos dicen que podría tener alguna relación. Yo me pregunto algo
al respecto. Me refiero a los “expertos” y no al frío. ¿Por qué carajo les
dicen expertos a unos cuántos tipos que, básicamente nos explican las cosas que
no sabemos, diciéndonos que es prematuro hacer conjeturas sobre la cuestión? Si
sos experto tenés que saber, macho, sino sos uno más de los mortales que
ignoran el 99,99% de las cosas que ocurren en el universo.
La cuestión es que, como todos los días a las cuatro y media
en punto, sonó el despertador unos minutos antes de que cante Gardelito, el
gallo más viejo de la estancia. Puse la pava y preparé el mate con la técnica
ceremonial que me había enseñado mi viejo el mismo día que cumplí los doce.
“Vení, Gerardo, que hoy empezás a ser un hombre de campo” me dijo desde la
cocina sin mediar siquiera un “feliz cumpleaños”.
Cinco en punto estaba subiendo a la Juanita ‑así le había
puesto mi hermano a la chata.- para poner rumbo al pueblo a comprar las
semillas en la forrajera. Si no quería hacer patinaje en cuatro ruedas, tenía
que tener cuidado con los surcos llenos de agua que había dejado la lluvia del
día anterior porque se habían congelado.
Aún no había clareado y la visibilidad no era la mejor. Iba
concentrado en evitar todo posible punto resbaladizo cuando casi desaparezco de
la superficie de la tierra, literalmente. Fue casi como una premonición, de
otro modo no entiendo como clavé los frenos y después de derrapar en el barro
unos 30 metros quedé al borde del precipicio.
Vea usted, si hay algo que es raro encontrar en la pampa son
los precipicios pero más raro que eso es que un camino termine en uno.
La camioneta había quedado con dos ruedas mirando hacia el
fondo del pozo más grande que había visto en mi vida. Si no estuviese seguro de
que, por la distancia que había desde casa a ese lugar tendría que haber
escuchado el estruendo del impacto, pensaría que había caído un meteorito de 30
metros de diámetro. Además, si hubiera caído uno, estaría en el fondo del pozo.
Gracias a Dios la chata es 4 x 4 y pude retroceder en
seguida. No sé cuánto habría resistido el borde del pozo hasta desmoronarse
llevándome a la Juanita y a mí a una muerte segura. Me bajé y me acerqué con
mucho cuidado hasta el cráter que se abría frente a mí, en el mismo lugar donde
unas horas antes solo había tierra y pasto. Decirle precipicio a un pozo de
10 metros de profundidad y 30 metros de
diámetro es un poco exagerado, sin embargo, no es exagerado decir que encontrárselo
en el medio del camino es acojonante.
Incluso diría que lo más acojonante no es el tamaño, sino el
ponerse a pensar cómo apareció eso ahí. La respuesta más fácil, y la que
primero me vino a la cabeza, es echarle la culpa a los extraterrestres, hipótesis altamente incomprobable. La segunda
que se me ocurrió, y que quizás sea la más probable, es que haya sido una falla
tectónica. Todos alguna vez escuchamos en un noticiero o estudiamos en el
colegio sobre este tipo de fenómenos naturales.
Mientras le daba forma a esa segunda teoría me sentí como
embriagado por la idea de encontrar algún otro tipo de explicación que quedase
a mitad de camino entre el delirio y la lógica, entre la fantasía y la ciencia,
entre las habladurías y los estudios científicos.
Cuánto me habrá extasiado la posibilidad de encontrar una
respuesta a semejante suceso, fuese natural o no, que durante toda la noche no
pude pegar un ojo. En mi cabeza iban y venían como alocados los pensamientos
más delirantes. Ideas estúpidas que daban paso a especulaciones perspicaces, pero
enseguida eran devoradas por pensamientos místicos que perdían fuerza cuando
aparecían hipótesis sesudas. Un torbellino de genialidades y tonterías por
partes iguales.
Cosas de ciencia ficción como que se había abierto un portal
dimensional que al cerrarse había consumido la masa equivalente al volumen del
pozo o que se había producido una falla gravitacional localizada. Otras
científicas, como que el agujero monumental había sido provocado por un eructo de
gases provenientes del magma del centro de la tierra. Algunas más afiebradas
como las de una manada de topos gigantes voraces y otras conspirativas como las
de un rayo desintegrador disparado por una nave yanqui ultra secreta.
Debo decir que varias veces retomé como posibilidad la
hipótesis del meteorito, pues el agua del fondo del pozo podría estar
ocultándolo, y hasta me dije que si no había escuchado el estruendo era culpa
del profundo sueño en el que me había sumido el guiso de lentejas y los dos
vasos de vino antes dormir.
En mis ratos de lucidez rogaba para que al día siguiente,
luego de que les avisase sobre esta misteriosa aparición, el gobierno mandara
los expertos que había prometido.
En fin, los expertos vinieron, y como dijera antes, nada explicaron. Es así como llevo más de tres meses haciendo elucubraciones y jugándome la cordura noche tras noche. Si alguien cree saber cómo se ha producido este pozo a escala de dinosaurio, le pido encarecidamente que lo escriba aquí debajo en los comentarios.
Mi salud mental se lo agradecerá.
lunes, 5 de julio de 2021
La casa de los nonos
De Fernando Murano
Cuando Raúl me llamó y me pidió que nos encontremos en la casa de los nonos me fastidié un poco. Ya había hecho planes para plantificarme delante de la radio a escuchar la previa del domingo, enterarme de las novedades de la formación de Boca, posibles incorporaciones, si se iba el tronco de Belautti o si por fin me ganaría la camiseta firmada por los jugadores.
—A las tres —
dijo Raúl.
“¿A las tres?”
pensé con odio, pero le respondí— A las tres nos vemos.
Ya habían pasado
dos meses desde que murió el Nono. Le había costado los primeros tiempos
después de que la Nona se entregara y no quisiera luchar para salir adelante de
una infección renal que la había tenido postrada varios meses, pero con la
ayuda de los hijos y los nietos, Vicente la remó y salió de la depresión. Diez
años más estuvo con nosotros.
Mi viejo nos
pidió que nos hiciéramos cargo de repartir las cosas de la casa. Algunos
querían guardar algún recuerdo, a otros le venía bien algo para su casa. Era la
ley de la vida, mi viejo lo sabía, pero ahí había vivido hasta los treinta
años. Sólo tener que estar un rato en esa casa, ahora sin vida, era doloroso
para él.
El domingo
amaneció caluroso, la humedad era sofocante. Me arrepentí de haber caminado las
siete cuadras que hay desde mi casa hasta la de los nonos, tendría que haber
ido con el auto y el aire acondicionado al mango. Encima venía con la cabeza
llena de preocupaciones del negocio. ¿Quién me mandó a mí a ponerme una
ferretería en este país? Abrís un negocio y tenés que ser dueño, empleado, contador,
abogado, experto en habilitaciones y no sé cuántas especialidades más. Madre
mía.
Apenas la empujé,
la puertita de reja de la entrada cantó su chillido característico. Nada de
engrasar las bisagras, estaba muy bien que sonara, era como tocar el timbre
para avisar que habías llegado. Claro que en ese momento no había nadie para
escucharlas. Raúl, ni de casualidad, llegaba nunca menos de quince minutos
tarde.
Lo raro pasó
después. Apenas cerré la puerta de entrada y quedé a oscuras en el living
comedor sentí enseguida el fresco del lugar, ni siquiera en días como ese hacía
calor. Creo que era porque siempre estaba cerrado y solo se usaba para los
cumpleaños y las fiestas de fin de año.
Esa sensación
hizo que, de repente, mi cabeza se despejara de todas las preocupaciones que me
habían acompañado desde casa y volviera cuarenta años para atrás.
Por eso no me
extraño cuando me pareció escuchar la voz de la Nona.
—Jorgito, vení
que te preparé la leche.
Después de abrir
las persianas fui hasta la cocina. La taza con el Nesquik y las galletitas boca
de dama estaban sobre la vieja mesa de madera del comedor diario. De espaldas,
desde la cocina y mientras cortaba unas verduras para la cena la abuela me
dijo.
—Dale, pichón,
tomá la leche que se enfría.
"¿Se
enfría?" pensé. Es raro, no hacía calor ahora.
Mientras la
chocolatada iba dibujándome unos mostachos en la cara me quedé mirando la mesa.
Estaba llena de ñoquis. No los había visto cuando entré. En la otra punta
estaba el Nono Vicente meta enrular ñoquis con una tablita de madera. Uy, qué
rico vamos a cenar me dije.
—¿Terminaste la
leche, Jorgito? —preguntó el Nono.
—Sí, toda.
—Entonces, si
querés, anda un rato a jugar al patio.
No
me lo tuvo que decir dos veces. Salí corriendo.
Afuera sí que hacía
calor, las baldosas gastadas del patio estaban recalentadas por el sol de las
tarde, incluso las que estaban abajo de la parra. En un pestañear de ojos una
nube oscureció todo y se largó uno de esos chaparrones que te dejan hecho sopa.
No duró más de un par de minutos, pero fue suficiente para dejar las baldosas a
la temperatura ideal. Pero lo mejor de todo era el olor que subía desde el
piso. Era el aroma de la felicidad, de la inocencia, de la mente solo ocupada
en escribir el libreto de la próxima batalla de soldaditos o el de la carrera
de autitos.
Más atrás, en el
jardín, estaba el glorioso ciruelo. De sólo ver colgando esas ciruelas negras y
gigantes se me hizo agua a la boca. Salí corriendo para adentro, no había
porqué sufrir, en la vieja heladera Siam, la Nona guardaba, en una batea llena
de agua helada, unas cuantas de las ciruelas más ricas del mundo. ¡Qué disfrute
el morderla y que el jugo dulce y frío me chorree por las comisuras de la boca!
Cerré los ojos para deleitar más mis sentidos. Cuando los abrí, en la cocina y
el comedor no había nadie. Ese lugar era el corazón de la casa, era un espacio
enorme y único donde la familia pasaba el setenta por ciento de su vida.
—Pichón, vení a
dormir una siesta que te cuento unos cuentos –me llamó la nona desde la
habitación que había sido de mi viejo y de mi tío.
En la otra
seguramente estaría Vicente recostado. La abuela era piola, no quería que en
ese rato hiciera algún ruido que pudiera despertarlo.
Me acosté a su
lado y me contó los cuentos que ya había escuchado mil veces, pero mil veces me
gustaba que me los contara. Sin embargo lo mejor vino después, cuando me cantó
la canción de Mambrú, y después la de la blanca paloma. Cantaba lindo la Nona.
Mientras mis oídos se endulzaban con su voz melodiosa mis párpados se fueron
haciendo tan pesados que no pudieron mantenerse abiertos.
Después sólo
recuerdo escuchar la voz de Raúl a lo lejos.
—Jorge… Jorge… Jorge… Jorge… ¡JORGE!
Abrí
los ojos. Estaba parado en la cocina, con las manos en los bolsillos mirando
por la ventana hacia el patio.
—¿Qué
pasó? –pregunté sobresaltado.
—¿En
qué estabas pensando? –me preguntó.
Hice
un esfuerzo para recordar pero tenía la mente en blanco.
—En
nada, qué se yo –contesté para salir del paso.
Lo
miré fijo durante unos segundos y ahí me vino la pregunta a la cabeza.
—
¿Te parece que el Toto lo va a poner a Belautti?
martes, 22 de junio de 2021
Obdulio Varela - El reposo del centrojás
de Osvaldo Soriano
Y clavó sus ojos pardos, negros, blancos, brillantes, contra tanta luz, e irguió su torso cuadrado, y caminó apenas moviendo los pies, desafiante, sin una palabra para nadie y el mundo tuvo que esperarlo tres minutos para que llegara al medio de la cancha y espetara al juez diez palabras en incomprensible castellano. No tuvo oído para los brasileños que lo insultaban porque comprendían su maniobra genial: Obdulio enfriaba los ánimos, ponía distancia entre el gol y la reanudación para que, desde entonces, el partido -y el rival-, fueran otros.
Hubo un intérprete, una estirada charla -algo tediosa- entre el juez y el morocho. El estadio estaba en silencio. Brasil ganaba uno a cero, pero por primera vez los jóvenes uruguayos comprendieron que el adversario era vulnerable. Cuando movieron la pelota, los orientales sabían que el gigante tenía miedo.
lunes, 21 de junio de 2021
El día que Maradona se hizo D10S
Las cosas no iban bien, llegamos al mundial de México colgados del estribo. No sé si se acuerdan el final de las eliminatorias. El gol de Passarella a Perú, que en realidad fue de Gareca, que empujó un tiro cruzado del Káiser cuando sólo faltaban 8 minutos, nos salvó de quedarnos afuera del mundial.
Duramente cuestionado por la crítica, el Narigón se llevó al equipo a tierras aztecas antes de que ningún otro equipo del mundo ni siquiera hubiese reservado el hotel. Sabía que necesitaba compenetrar a los jugadores con sus ideas tácticas, aquello que no había podido hacer en los cuatro años previos. Tenía que convencer a Diego de que fuera el D10S del fútbol mundial, el Maradona eterno, aquel que sería recordado por siempre. El segundo objetivo era lograr que todos y cada uno de los jugadores estuviesen alineados hacia un mismo objetivo, compenetrados con su visión del fútbol. Creo que Carlos Salvador, su esposa y su mamá eran los únicos que estaban convencidos de que podía lograrlo.
El sueño argentino comenzó un 2 de junio de 1986 en el Estadio Olímpico de la Ciudad de México. Una débil Corea no fue problema para la Argentina que con autoridad le metió tres goles aunque los coreanos lograran descontar para decorar el resultado. Nadie quiso embarcarse aún en quimeras improbables, le habíamos ganado al equipo más débil del grupo.
Sólo tres días más tarde llegó la hora de la verdad, enfrente estaba el campeón del mundo, Italia. Y fue duro nomás. A los seis minutos perdíamos por un penal pateado por Altobelli. Más de uno pensó que se venía una catástrofe. Fue entonces cuando “Pelusa” dijo presente. Valdano, desde la media luna del área, inventó un pase mágico de emboquillada que encontró a Diego ganándole la espalda al defensor azzurro y, como si estuviera en el Colón, dibujando un paso de ballet, se suspendió en el aire para darle una cachetada al balón Azteca y vencer a un paralizado arquero italiano. Fue empate, pero las sensaciones empezaban a ser positivas.
Los octavos de final nos enfrentarían con los siempre difíciles charrúas. Cincuenta y seis años habían pasado desde la última vez que lo venciéramos en un mundial. Un partido de hacha y tiza, de cuchillo entre los dientes, no apto para timoratos ni pusilánimes. Lo que se dice un clásico. Trabado y con poco juego, Argentina se lo llevó por la mínima con el gol del “PePePe” (Pedro Pablo Pasculli). Tímidamente empezaban a encenderse las ilusiones.
El destino quiso que el siguiente partido fuera el del morbo.
El dolor de la guerra entre Argentina e Inglaterra estaba muy fresco. Y aunque sabíamos que sólo se enfrentarían 22 deportistas, nuestro ego chauvinista, herido de gravedad, o nuestro sufrimiento por los caídos, necesitaba una revancha, un premio consuelo, una caricia al alma. Y alguien estaba dispuesto a cumplirle el deseo a un país entero que estaba prendido a los televisores y las radios. La gloria eterna llamó a la puerta del capitán argentino y este no dudó, la arrebató para siempre. No dudó en usar la “mano de Dios” para empezar el trabajo y a los 51’ abrió el marcador. Y por si alguno se enojó por la picardía criolla, a tan sólo 3’ de la polémica jugada decidió esculpir la mayor obra de arte tallada en un mundial de fútbol.
Dijo el relator (calla el escritor): “…ahí la tiene Maradona… lo marcan dos… pisa la pelota Maradona… arranca por la derecha el genio del futbol mundial… y deja el tercero y va a tocar para Burruchaga... ¡Siempre Maradona!... “¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! ¡Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... Goooooool... Gooooool...! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego Maradona!… ¡Es para llorar perdónenme…! ¡Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos…! ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste, para dejar en el camino tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2… Inglaterra 0…¡Diegol…! Diegol…! ¡Diego Armando Maradona…! ¡Gracias, Dios…! ¡Por el fútbol…! ¡Por Maradona…! por estas lágrimas… por este… Argentina 2… Inglaterra 0...
¿Después de este éxtasis futbolero puede quedar alguna emoción más? Sólo te digo, antes de pasar al capítulo final de esta historia, que busques los dos goles de Diegol —relatados por Víctor Hugo— con los que dejamos en el camino a Bélgica.
Y el último capítulo era una parada brava. Había que enfrentar a los tanques alemanes. Por eso cuando de pronto nos encontramos ganando 2 a 0 los argentinos nos mirábamos incrédulos. ¿Tan fácil sería? No, no lo sería. Los germanos desplegaron la fuerza aérea sobre nuestra área y nos empataron el partido. Habría alargue. Alargue del sufrimiento, alargue de la agonía, alargue de las ilusiones. Y no fue hasta que faltaban 5’, en que Maradona frotó la lámpara una vez más y dejó sólo a al gran Burruchaga en una carrera eterna y memorable, hacia el segundo título mundial.
El doctor Bilardo, su esposa y su mamá tenían razón. ¡Argentina Campeón del Mundo! ¡Maradona eterno! ¡El D10S del fútbol que ahora nos mira desde el cielo!




